Giordano Bruno

Nació en Nola en 1548 y murió, quemado vivo, en Roma el 17 de fe­brero de 1600. Giordano es el nombre de religioso, y el de pila Felipe.

Se trata de uno de los personajes más trágicos de la histo­ria de Italia, donde, por espacio de dos si­glos, o sea hasta el «Risorgimento», quedó relegado, aun cuando sólo en apariencia, al olvido. A los catorce años fue enviado a Nápoles a estudiar, y en 1565 ingresó como novicio en el convento de Santo Domingo; ordenado sacerdote en 1572, doctoróse en teología en 1575.

En los cenobios, donde per­maneció hasta los veintiocho años, se inte­resó con pasión en problemas de exégesis bíblica, y, sobre todo, en la posibilidad de concordar la teología cristiana con el emanatismo neoplatónico. En este aspecto con­sideró a las tres «personas» de la Trinidad como otros tantos atributos — poder, sabi­duría y amor — del único Dios, el cual, en calidad de Mente, se halla sobre la natura­leza, pero como Intelecto es, en ella, sem­brador, y, en cuanto Espíritu, la misma alma universal.

Huido de Nápoles a causa de un proceso de herejía incoado contra él, y de Roma por temor a verse acusado de un asesinato en el que ninguna culpabili­dad tenía, llegó primeramente a Liguria; luego estuvo en Turín, después en Venecia, donde publicó su primer libro, actualmente perdido, y, sucesivamente, en Bérgamo, Saboya y Ginebra.

Acogido en esta ciudad por un adepto napolitano del calvinismo e inscrito en la universidad y la iglesia de esta secta, rebelóse muy pronto contra sus maestros, y fue privado de la Santa Cena. Al cabo de poco tiempo se dirigió a Fran­cia; aquí desempeñó una cátedra en Toulouse durante dos años, y luego trasladóse a París, donde ofreció al rey Enrique III De las sombras de las ideas (v.), uno de los textos de mnemotécnica que Bruno hizo impri­mir en la capital francesa durante esta pri­mera permanencia en ella.

Profesor extra­ordinario en París, la indocilidad de los es­tudiantes le indujo a seguir a Inglaterra al embajador de Francia en la corte de Isabel. Los dos años y medio pasados entre Oxford y Londres se cuentan entre los más impor­tantes de su vida, por cuanto entonces com­puso y publicó las dos trilogías de los Diá­logos italianos. La Cena del Miércoles de Ceniza (v.) resulta aún casi una comedia (lo había sido también El Candelero, v., obra aparecida anteriormente en París) y des­cribe una cena celebrada en la casa de un gentilhombre londinense la noche del Miér­coles de Ceniza.

De la causa, principio y uno (v.), hoy la obra más leída de Bruno, trata de fundar la nueva «filosofía nolana» pro­poniendo el concepto de una materia vi­viente que se da ella misma infinitas formas abandonadas luego paulatinamente. Del infi­nito universo y mundos (v.) critica la física y la cosmología aristotélicas, que sustituye por una idea del universo infinito en su extensión y el número de mundos (los as­tros) que lo integran.

La segunda trilo­gía, la Expulsión de la bestia triunfante (v.) es una comedia mitológica en la que los dioses resuelven hacer penitencia, ahu­yentan del cielo a osas y escorpiones y los reemplazan por los signos de las virtudes. En La cábala del caballo Pegaseo y del asno Cilémico (v.) se da una sátira de la «santa asnalidad», o sea de la humildad y la sen­cillez recomendadas por el cristianismo. Los Heroicos furores (v.) exaltan, en verso y prosa, el amor de la inteligencia para el objeto divino, que es la verdad.

Al regre­sar a Francia Bruno empezó a exponer y a criticar las obras de Aristóteles. Nuevos «tumultos» de estudiantes le llevaron a Ale­mania, donde publicó los tres poemas lati­nos compuestos mientras tanto y que inte­gran el segundo grupo de sus textos más ilustres. Del mínimo (v.) propone el con­cepto del mínimo físico, el átomo, y del matemático, el punto, entendido cual la esfera más pequeña posible. De la mónada (v.), semejante, hasta cierto punto, a los escritos mágicos del autor, muestra la con­versión de la unidad en dualidad y sus posteriores complicaciones que dan lugar a la tríada, la tétrada, etc., hasta llegar a la década.

De lo inmenso y de los innumera­bles (v.) reanuda el tema que se halla en Del infinito con una nueva conciencia de los progresos contemporáneos de la astro­nomía, campo en el cual destacaba Tycho Brahe (v.). Invitado por Juan Mocenigo, quien quería aprender de él la mnemotéc­nica y quizá también la magia, Bruno marchó a Venecia; pero aquél, no satisfecho de la enseñanza y molestado por los discursos he­réticos de su huésped, le denunció al Santo Oficio.

Conseguida por la Inquisición roma­na la extradición, Bruno fue encarcelado, inte­rrogado por los inquisidores y, finalmente, condenado a una muerte cruel. Se ha que­rido considerarle símbolo del pensamiento libre rebelado frente al dogma religioso: vuelve alegremente al naturalismo antiguo «renacido» en los nuevos tiempos, sostiene sus opiniones en todos los países de Europa y ante los poderosos y doctos, y, finalmen­te, luego de ocho años de cárcel, prefiere la muerte a la retractación. Bajo este aspecto, aparece cual héroe sublime de una huma­nidad resuelta a reivindicar y defender a costa de la vida el derecho a pensar de acuerdo con una razón autónoma y mera­mente filosófica.

En honor a la verdad, em­pero, debe tenerse en cuenta que Bruno se or­denó, según él mismo dijo a la Inquisición véneta, cuando ya su mente estaba inva­dida por muchas dudas acerca de los máxi­mos dogmas — Trinidad y Encamación — y se veía inclinada a una interpretación racio­nalista y naturalista de ellos; que nunca fue perseguido en los países católicos trans­alpinos por haber huido de un convento ni por sus ideas; y que al regresar a Italia proclamaba abiertamente no haber de temer nada de la Inquisición y estar resuelto a volver al «gremio de la Iglesia católica».

Los debates acerca de esta figura se hallan muy lejos de tocar a su fin; de todas for­mas, nadie puede discutir el valor del en­tusiasmo mental con que Bruno cantó como divina la infinita fecundidad de formas de la naturaleza.

A. Guzzo