Giambattista Lulli

Nació el 29 de noviem­bre de 1632 en Florencia y murió el 22 de marzo de 1687 en París. Ya cuando niño reveló un gran talento. Frecuentó las com­pañías de cómicos, y aprendió a tocar la guitarra y el violín, así como a danzar y a recitar. Complacido por una de sus exhibi­ciones, el caballero de Guisa llevólo consigo a Francia. En París, y bajo la influencia de los músicos y cantantes italianos que el car­denal Mazarino había llamado, llegó a ser un hábil violinista e improvisador. La gracia de sus «ails de dance» le valió el ingreso en la corte, donde pronto colaboró en la composi­ción de algunos ballets; en 1661 Luis XIV nombróle superintendente real de música. Amigo de Molière, escribió para sus obras teatrales algunos intermedios («comédies- ballets») a veces muy animados y cómicos, como el del Burgués gentilhombre (v.). Su ambición y su diplomacia lograron excluir de la corte a cuantos pudieron hacerle som­bra.

Ya, con la nacionalidad francesa, «Monsieur de Luly», se vio seguro y preparóse para ejercer en el mundo musical un predo­minio absoluto, sancionado por un privilegio real del 13 de mayo de 1672 que le concedía la prerrogativa respecto de las representa­ciones teatrales y de los conciertos. Y, así, hizo construir, el mismo año 1672, un teatro en la rué Vaugirard, que inauguró con una obra bucólica, Les jetes de l’Amour et de Bacchus. Philippe Quinault le ofreció el texto de Cadmo y Hermión (v.), primera tragedia musical, representada el 27 de abril de 1673; en adelante, Quinault se con­virtió en el libretista habitual de Lulli, y los dramas sucediéronse con frecuencia y regu­laridad; Alcestes (1674, v.), Thésée (1675), Atys (1676), Isis (1677), Psyché (1678), Bellérophon (1679), Proserpine (1680), Persée (1682), Amadís de Gaula (1684, v.), Arrnida (1686, v.), etc. Aun cuando en el drama alcanzara a menudo excelentes efectos sono­ros, careció de un temperamento verdadera­mente trágico; lo mejor de su arte proviene de un gusto lírico-descriptivo, matizado a veces de sensualidad, que suele dar a la fábula mitológica relieve y color.

V. Terenzio