Giacomo Puccini

Nació en Lucca el 22 de diciembre de 1858 y murió en Bruselas el 29 de noviembre de 1924. Descendía de una familia de músicos, todos maestros de ca­pilla en su tierra: Giacomo (1712-1781), su bisabuelo; Antonio, su abuelo (1775-1815); Michele, su padre (1813-1864). El último Giacomo pasó una infancia atribulada al morir su padre, cuando él tenía seis años; estudió con C. Angeloni, notable profesor, y fue alumno del Instituto musical Pacini, en el que se diplomó. Una representación de Aida en Pisa determinó su entusiasmo por el teatro y decidió marchar a Milán (en 1880), donde, ayudado con una pensión de la reina Margarita, se matriculó en aquel Conservatorio, en el que tuvo como maes­tros a A. Bazzini y a A. Ponchielli; allí obtuvo otro diploma de composición. No son numerosos los primeros trabajos suyos de que se tiene noticia: fueron ejecutados por él, en la iglesia de San Paulino de Lucca, un Motete y una Misa de gloria para tenor y bajo, coro mixto y orquesta, trabajos de escuela.

Pero la Misa (publicada hoy en Mills Music, Nueva York), que está desarro­llada con un sentido más teatral que litúrgico (por lo demás muy a la moda en aquel tiempo) revela ya una nota muy personal. Otros trabajos: Capriccio sinfonico, Elegia per archi, Crisantemi, todos de tendencia teatral, como lo demuestra el hecho de que el «Agnus Dei» de la Misa pasara de un modo natural al madrigal de Manon Les- caut; varios elementos del Capriccio a la Bohème; la Elegia, también a Manon, con pequeños retoques, óperas: Le Villi (1884), Edgar (1889), Manon Lescaut (1893, v.), La Bohème (1896, v.), Tosca (1900, v.), Mada­me Butterfly (1904, v.), La muchacha del Oeste (1910, v.), La golondrina (1917, v.), Tríptico (1918, v.; v. también El abrigo, Sor Angélica, Gianni Schicchi), Twrandot (1926, v.), representada pòstumamente, cuyo últi­mo cuadro fue realizado por F. Alfano. Desde Manon a Turandot, la obra de P. se desenvuelve de un modo coherente con el sentido de la poesía y la espontaneidad quemuestran, pues, un compositor moderno.

Dando un paso atrás, en Madame Butterfly, por ejemplo, se perciben modernas «corrien­tes» armonísticas francesas, pero la prota­gonista es el más pucciniano e italiano de los personajes de nuestro músico; canta con el corazón no solamente fragmentos exten­sos, sino otras brevísimas frases, frecuentes y conmovedoras en esta obra. Y se percibe en ella a la muchacha ingenua primero, a la madre y a la mujer enamorada y fiel después; y todo ello con aquel acento es­pecial tan pucciano, que mantiene su delicadeza aun en el dolor profundo. Pero si la figura de Butterfly es lograda, no pue­de decirse lo mismo de la de Pinkerton, no ya del dueto del primer acto, que es her­moso, sino en el último acto, cuando canta un lamento poco sincero y musicalmente convencional. P. tenía miedo del aburri­miento, de ningún modo quería perder el interés de los espectadores. Sabía establecer una estrecha ligazón entre sus personajes y su música; y poseía el don de crear am­bientes, como vemos sobre todo en Turan­dot, y en la buhardilla de La Bohéme y bajo los puentes del Sena en El abrigo.

En cuanto al llamado «verismo» podría expli­carse en este sentido: cuando P. compone, relata sus propios sueños, unos sueños que parecen realidad o, por lo menos, próximos a ella; así se manifiesta en contra de toda abstracción, en tanto que trata de llevar a su obra la poesía de la vida.

A. Bonaccorsi