Giacomo Leopardi

Nació en Recanati el 29 de junio de 1798 y murió en Nápoles el 14 del mismo mes de 1837. El ambiente fa­miliar y cultural que rodeó su formación tuvo en él una importancia mucho mayor que en otros poetas. Su padre, Monaldo Leopardi (v.), perteneciente a la nobleza provinciana, alentaba ideales que en la práctica apare­cieron como manías arrogantes y obstina­das; fue buen padre y culto, pero débil y ajeno a la realidad de la vida, por lo que, pésimo administrador de los bienes de la familia, hubo de entregar la dirección de ésta a su esposa Adelaida, del linaje marquesal de los Antici. El recuerdo más co­rriente de la madre de Leopardi es una estilización de egoísmo, frialdad y mojigatería; nota­ble resulta el «retrato de madre cristiana» (v. Miscelánea, noviembre de 1820), en la que Leopardi describe a la autora de sus días como mujer absolutamente insensible. La infancia del poeta viose alegrada por la compañía de sus hermanos algo menores Paulina y Carlos.

A los nueve años fue confiado por su padre al cuidado de un sacerdote, quien le instruyó hasta 1812, año en que declaró honradamente no tener ya nada más que enseñar al discípulo, cuya precocidad ates­tigua el soneto La morte di Ettore (1809), citado por el mismo Leopardi como la primera de sus composiciones en verso. De los estudios literarios, filológicos e históricos llevados a cabo por Leopardi durante este período nacieron obras de investigación y traducción, como las versiones del Arte poética de Horacio y de la Vida de Plotino de Porfirio, la Storia dell’Astronomía (1813) y el Ensayo sobre los errores populares de los antiguos (v.), de dos años después. Todo ello despertó una admiración que exaltó la importancia del autor como filólogo e ignoró casi su mérito en cuanto poeta. Entre las composiciones de libre invención pertenecientes a esta época figuran la tragedia Pompeo in Egitto, el esbozo de otra, Maria Antonietta, y mucho más notables, Le Rimembranze, el cán­tico Appressamento della morte — cuyo exordio, muy corregido, figuraría posterior­mente en la antología de los Cantos (v.) —, el soneto inspirado en la reciente lectura de la Vida de Alfieri (v.), y la Elegía I, llevada también luego a los Cantos con el nuevo título Primo Amore.

Cabe mencionar aquí un acontecimiento casual que tuvo gran importancia en el espíritu de Leopardi y disminuyó en éste la indiferencia ante los aconteci­mientos de la vida cotidiana: el sentimiento amoroso del poeta respecto de Gertrudis Cassi Lazzari, parienta suya que había lle­gado a Recanati como huésped de la familia. Ocurrió ello en diciembre de 1817; por vez primera, Giacomo, en las páginas tituladas luego por los editores Memorie del primo amore, aprendió a expresar en palabras los impulsos más íntimos de su alma. Nació así el gran poeta, circunstancia que dio un valor nuevo a toda su personalidad en cuanto hombre. Entre los años 1817 y 1819 compuso las dos primeras «canzoni», All’Italia y Sul Monumento di Dante, que publicó de­dicadas a Monti. En el último de estos dos años se produjo la manifestación inicial de una inquietud que daría lugar después a tantas otras: la huida frustrada del hogar paterno. Dos meses más tarde escribió El infinito (v.), que podría considerarse el más hermoso canto de un prisionero. Leopardi, aun cuando de momento se mostrara sumiso a la autoridad de su padre, seguía acariciando la idea de abandonar Recanati; y así, luego de haber buscado en vano un empleo en la Biblioteca Vaticana, marchó a Roma en no­viembre de 1822.

Mientras tanto había compuesto otras poesías, entre ellas las que más adelante denominaría «.Idilios», por el estilo de El infinito. Permaneció en la Ciu­dad Eterna cinco meses, y, en general, cuanto vio en ella le desengañó amargamente. Vuelto al hogar en mayo de 1823, echó de menos las ilusiones que le consola­ron antes de salir de su provincia, o sea cuanto la fantasía prometíale, fuera de los límites habituales, bienes y goces que se revelaban inexistentes. Fue éste el momento de mayor desolación de toda su vida. En 1824, en efecto, dedicóse casi exclusivamente a la composición de los Opúsculos morales (v.), de los que nació entonces el núcleo más extenso y característico. Estas prosas constituyen un retrato penoso del autor, que experimentaba la superioridad de su pesimismo respecto del optimismo ajeno; ello proporcionóle un orgullo que le indujo, más bien que a buscar consuelo, a agravar toda­vía el peso de las negaciones. En 1825 aban­donó de nuevo Recanati, sin grandes espe­ranzas de mejorar sus contactos con la vida práctica. En Milán llegó a un acuerdo con el editor Stella para la publicación de inte­resantes obras suyas proyectadas con afán de lucro: el comentario al cancionero de Petrarca (1826) y las dos Crestomatías de li­teratura italiana (1827-1828).

Enfermo, sus dolencias se vieron acompañadas por las reacciones de su espíritu, en las que predo­minaban la angustia y el desconsuelo. Por aquel entonces estuvo también en Florencia, Bolonia y Pisa. En esta última ciudad reanu­dó, tras la aparente aridez, el cultivo de la poesía con el mismo ardor de otros tiempos; le gustó la población, y el clima y la gente pareciéronle maravillosos. En la primavera de 1828 escribió A Silvia (v.). El espectro de la jovencita desaparecida muchos años antes (Teresa Fattorini había muerto en 1818) constituía, indudablemente, un símbolo de las esperanzas juveniles perdidas. A fines de 1828 volvió a su casa. Compuso entonces los «grandes Idilios» (El sábado de la aldea, v.; La calma después de la tempestad, v.). Las aventuras reflexivas, las nuevas experiencias y la reaparición de las energías sentimentales permitieron al poeta la con­templación de los lugares de la infancia con la imparcialidad más favorable a un des­doblamiento: el Leopardi de entonces conside­raba al Leopardi de la juventud. Aparecieron, así, los Recuerdos (v.).

En abril de 1830 el poeta abandonó definitivamente el hogar paterno y marchó a Florencia; durante los años sucesivos tuvo lugar el duro episodio del amor hacia Fanny Targioni Tozzetti: Leopardi abrigó la ilusión de una correspondencia — cuando en realidad la joven estaba enamorada de A. Ranieri (v.) —, y, al percatarse de que aquélla ni tan sólo había advertido su pa­sión experimentó un amargo desengaño. El conjunto de las poesías inspiradas por este sentimiento — desde Consalvo« (v.) hasta A sí mismo — constituye un diario amoroso ideal que registra los momentos más in­tensos del drama interno vivido; durante los años que siguieron al ciclo Aspasia    así denominó a la mujer — su inspiración abrióse más libremente a la sensibilidad. Marchó a Nápoles, y allí compuso en 1835 las dos «Canciones fúnebres» (Sopra un basso rilievo, Sopra il ritratto di una bella donna), en las que la idea de la muerte resulta intensamente patética y está acompañada por un sentimiento nuevo en la obra del autor: la piedad fraterna y la consideración del dolor como estímulo de solidaridad entre los compañeros de infortunio. Tal actitud proporcionó a Leopardi los elementos del período intelectual y poéticamente más feliz de toda su actividad.

Retama (v.), de 1836, supone el momento cumbre de toda la producción leopardiana, y corona una serie de afanes poéticos que alcanzan finalmente un mara­villoso equilibrio en sus elementos ideoló­gicos fantásticos y musicalmente elegiacos, hasta entonces aparecidos sólo de una ma­nera aislada o bien superpuestos. Con la salud intensamente quebrantada, Leopardi vio llegar el fin de sus días en el curso de una epidemia de cólera. Discutible, pero suges­tiva fuente de información sobre el poeta, es la obra Siete años de amistad con G. L (v.), escrita por su amigo Ranieri en defensa de ciertas acusaciones respecto al desinterés de la hospitalidad que le ofreciera durante su permanencia en Nápoles. La influencia de nuestro autor en la cultura italiana ha sido objeto de juicios muy diversos y varia­bles: se le ha considerado inicialmente filó­logo y erudito, poeta del «Risorgimento» después, y, más tarde, filósofo precursor de los «herméticos» y progresistas. Tales cam­bios de opinión se deben, no solamente al natural desarrollo de los criterios histórico- críticos, sino también a la aparición póstuma y en fechas muy tardías de notables secto­res de su obra; así, por ejemplo, los Ciento once pensamientos (1845, v.), el Epistolario (v.), cuyo primer núcleo fue publicado en 1849, y, finalmente, la Miscelánea que vio la luz entre 1898 y 1900. Tal diversidad de juicios, confirma, con todo, la complejidad de una producción quizá aún no valorada suficiente y ponderadamente en sus diversos aspectos.

F. Giannessi