Georges Maurice de Guérin

Nació el 15 de agosto de 1810 en el castillo de Cayla, cerca de Andillac (Torn), donde murió el 19 de julio de 1839. Su hermana Eugénie sus­tituyó a su madre, fallecida cuando el niño no había cumplido aún los seis años, e in­fluyó profundamente en su formación espi­ritual. Educado en él colegio Stanislas de París, conoció allí a Barbey d’Aurevilly, el inseparable amigo de su vida parisiense. Una de las primeras poesías juveniles de nuestro autor, Les siècles ont creusé…, inspirada en su amor infeliz por Louise de Bayne, una amiga de Eugénie, refleja ya la melancolía que habrá de caracterizar gran parte de las páginas del Diario y de las Cartas (v. Diario y cartas). A fines de 1832, poco después de la composición de estos versos, ingresó en «La Chênaie», cenáculo bretón del abate Lamennais; sin embargo, este contacto no tuvo gran importancia para G., de natural poco interesado en una profundización filosófica de los problemas religiosos: el poeta tendía a buscar la solu­ción de su torturado afán de infinito en la comunión del ser particular con la natu­raleza universal y eterna.

Abandonada «La Chênaie», luego de una breve estancia en Val d’Arguénon, alegrada por la amistad de Hippolyte y Marie de la Morvonnais, el poeta inició en París, el 1.° de febrero de 1834, una dura lucha para lograr una posición independiente. Entonces conoció más que nunca la estrechez de los límites impuestos por la sociedad al hombre. Con­solado por la amistad de Barbey d’Aure­villy, experimentó, además, el amor apa­sionado y ardiente en la breve relación pla­tónica con Henriette, esposa del barón de Maistre. Una visita al Musée des Antiques le inspiró la primera visión de su Centauro (v.), obra escrita probablemente en 1835 y en la cual transfiguró, superándolo en una admirable síntesis, el contraste entre la con­ciencia de los propios límites y su irrepri­mible anhelo de infinito. Ya enfermo del pecho, en noviembre de 1838 contrajo ma­trimonio con Caroline de Gervais, compa­ñera afectuosa de los últimos meses de su vida.

A. Vezzini