George Sand

Seudónimo de Amandine-Lucie- Aurore Dupin, que nació el 1. º de julio de 1804 en Nohant (Berry), donde murió el 8 de junio de 1876. Hija de un oficial de caballe­ría fallecido en el año 1808 y de una modista parisiense, se formó junto a su abuela, Mme. Dupin de Francueil, hija natural de Mauricio de Sajonia, el famoso mariscal de Francia. Creció libremente en el campo y dedicóse al estudio, a numerosas lecturas y a largos paseos a caballo, para los cuales adoptó aún muy joven la entonces escan­dalosa indumentaria masculina. Aficionada à ésta, la utilizó incluso posteriormente, y completó este hábito fumando pipas o gran­des cigarros puros. Luego de un trienio pasado en el Couvent des Anglaises de París a fin de perfeccionar su formación, volvió a Nohant, donde empezó a escribir por instinto, y contrajo matrimonio con el barón Dudevant, hombre, según parece, medio­cre y vulgar, con el cual estuvo muy pronto en desacuerdo. De él tuvo dos hijos, Mau­rice y Solange.

Tras la separación matrimo­nial, y habiendo reñido asimismo con su abuela, dirigióse en 1830 a París, donde pro­curó ganarse la vida escribiendo. Fue com­pañera de bohemia del literato Jules Sandeau, y, alcanzados los grandes éxitos de Indiana (1831, v.) —obra en la cual utilizó por vez primera el seudónimo, famoso poco después —, Valentina (1882, v.) y Lélia (1833, v.), inició su verdadera carrera lite­raria, caracterizada por la singularidad y abundancia de su producción y por la inde­pendencia de su vida y las vehementes y despreocupadas pasiones amorosas que vivió. Al período 1833-35 corresponde la que le unió a Alfred de Musset, a quien acompañó a Italia y traicionó en Venecia (aun cuando no sin cierta justificación) con el médico Pagello. En 1837 siguió el vínculo con Cho­pin, relacionado con la no menos legendaria permanencia en Mallorca; tal pasión, em­pero, fue transformándose luego paulatina­mente en un curioso sentimiento de protec­ción maternal.

Ello coincidió con la época desenfrenadamente romántica de la produc­ción de Sand (Jacques, Mauprat), en la cual la autora glorifica el ardor de las pasio­nes sinceras y se complace en .mostrar cómo sitúan al individuo por encima de las leyes de la sociedad. Influida por Lamen­nais, y singularmente por Pierre Leroux y Michel de Bourges, difundió sus nuevas ideas a través de novelas de inspiración místico-humanitaria y socialista, que le va­lieron otros tantos clamorosos éxitos. En este grupo destacan, sobre todo, El compa­ñero de la vuelta a Francia (1840, v.), Con­suelo (1842-43, v.), La comtesse de Rudolstadt y Le meunier d’Angibaúlt (1845). La escritora, sin embargo, iniciaba ya una serie de permanencias cada vez más prolon­gadas en Nohant.

Este renovado y profundo amor a su tierra natal, unido a los senti­mientos humanitarios, dio lugar a la serie de narraciones rústicas del «tercer perío­do» de la autora que constituyen lo mejor de su obra: El pantano del diablo (1846, v.), Francisco el expósito (1848, v.), La pequeña Fadette (1849, v.) y Les Maîtres sonneurs (1852). Ardiente defensora de la causa obre­ra en la doble revolución de 1848, llegó a comprometerse tanto que, cediendo a las presiones de los amigos, hubo de retirarse a Nohant y permanecer oculta durante algún tiempo. Finalmente, residió allí de manera fija, salvo en ocasión de rápidos y frecuentes viajes a París, donde partici­paba en los famosos «Dîners de la quinzai­ne» junto a su viejo amigo Sainte-Beuve, y con Flaubert, Taine, Renán, los Goncourt y, más tarde, Zola. Administradora pruden­te, ordenada y benéfica, y entregada a la vida familiar y, singularmente, al cuidado de los nietos, para quienes componía comedias destinadas a los espectáculos de títeres que su hijo Maurice dirigía, habíase convertido en «la bonne dame de Nohant»; los mali­ciosos, empero, le reprochan la presencia en su retiro, durante los primeros años del mismo, de un joven y arrogante secretario.

A partir de 1858 la producción literaria del «cuarto período» concretóse en agradables historias novelescas y sentimentales, gene­ralmente con un final feliz, y siembre situa­das en un ambiente campestre, aun cuando dentro de los medios señoriales; a esta fase pertenecen Les beaux messieurs de Bois- Doré (1858) y El marqués de Villemer (1861, v.), obras que la misma autora adaptó luego al teatro, como hiciera con otras produc­ciones suyas. Sand falleció plácidamente en Nohant, entre la aflicción de sus innumera­bles admiradores y amigos, que en ella veían no sólo un corazón generoso y esen­cialmente leal, firme en la amistad e ilu­minado por una viva inteligencia, sino asimismo a uno de los últimos adalides del glorioso y combativo período inicial del Ro­manticismo. Aún no resulta fácil un jui­cio acerca de su obra, tan íntimamente vinculada a su persona.

Ante la desdeñosa y casi cruel condena de Baudelaire respecto de la «femme Sand» se hallan el aprecio de Sainte-Beuve, quizá, empero, consciente­mente benévolo, y la devota admiración de Flaubert, quien solía llamarla en sus cartas «mon bon Maître». Aparte el seguro, aun cuando no muy considerable valor de las narraciones rústicas (que, junto con la obra de Balzac, inauguraron la auténtica lite­ratura campesina y regional) y la exacta significación documental de varias novelas de los períodos primero y segundo, anima­das a veces por fragmentos auténticamente poéticos, incluso dentro del énfasis y la típica hinchazón del estilo, causan todavía admiración la mordaz y doliente polémica de Ella y él (v.), historia de sus amores con Musset, publicada en 1859 y a la cual res­pondió con su maligno texto Él y ella (v.) Paul, de Musset, hermano del difunto poeta, y, singularmente, los Souvenirs de 1848, la Histoire de ma vie, las numerosas cartas y los Souvenirs et Idées, con el Journal intime, póstumos. El conjunto de las obras completas de la autora comprende ciento cinco tomos.

M. Bonfantini