Nació en Stuttgart el 27 de agosto de 1770 y m. del cólera el 14 de noviembre de 1831. Una singular coincidencia le llevó al mundo el mismo año del nacimiento de Hölderlin; aparecían así, pues, contemporáneamente en la Alemania romántica de fines del siglo XVIII, el poeta que había de ser su expresión extrema y su superación, y el filósofo que inspiró en el Romanticismo sus ideas más profundas, enmarcadas, sin embargo,, dentro de una concepción racional, ya ajena a la inquietud de los románticos. En vano, empero, cabría buscar en la primera juventud de H. las huellas o el fermento de un «Sturm und Drang». Nada más gris que la adolescencia del filósofo, hijo de un modesto empleado de la Administración ducal, que pasó sus primeros dieciocho años entre su casa y la escuela, modelo de diligencia y puntualidad, pero sin una inteligencia ni una fantasía destacadas. Leía mucho, y con increíble paciencia redactaba resúmenes de todas sus lecturas; aun hoy poseemos parte de esta pesada labor en sus cuadernos de apuntes. A los dieciocho años se matriculó en los cursos universitarios de Teología del Seminario de Tubinga.
La Revolución francesa era inminente. La edad, el nuevo ambiente y el momento político obraron en el joven el milagro que suponía al despertar de las energías intelectuales que hasta entonces había mantenido latentes. A la aparición de la personalidad de H., empero, contribuyeron también notablemente su relación con Hölderlin, asimismo alumno de Tubinga, y la ardiente amistad que al momento surgió entre ambos. El futuro filósofo empezó a escribir reflexiones, estudios e incluso una poesía, Eleusis, a imitación de su amigo poeta. Posiblemente aún más decisivo fue, empero, el encuentro, dos años después, con Schelling, quien contaba cinco menos pero era mucho más precoz y ya conocido en el mundo de la cultura, y también se había matriculado en los cursos de Tubinga. Ambos iniciaron un intenso intercambio de influencias culturales; Schelling poseía una formación romántica, en tanto la de H. era en esencia clásica: la relación, por tanto, fue abundante en estímulos especulativos. El «Stift» de Tubinga tenía una vida peculiar propia; puede considerársele una institución intermedia entre la universidad y el seminario. Los alumnos, en efecto, residían en el «Stif», donde eran vigilados en sus estudios por los «Repetenten», encargados de ello.
Existía allí una extraña mescolanza de rigor monacal y libertad universitaria; por un lado, la alimentación no era abundante y el frío se dejaba sentir, en tanto por otra parte los estudiantes disfrutaban de una gran tolerancia ideológica y no se hallaban sometidos a la rígida ortodoxia protestante. Estos dos elementos, el rigor en los estudios y la libertad de pensamiento, influyeron notablemente en el carácter del joven H. En otoño de 1793 el futuro filósofo se graduó en Teología, y fue considerado buen razonador, pero inhábil por naturaleza para la oratoria. A causa de ello renunció a la carrera de pastor y empezó a trabajar como preceptor privado, actividad pesada, y llena de dificultades y humillaciones. Obtuvo un primer encargo de profesor particular en Berna, en la familia de los Von Steiger, una de las más aristocráticas de la ciudad. Aunque tal puesto le pesara algo, la soledad de la población, tras la vida intensa de Tubinga, resultóle muy favorable para su formación espiritual. Allí leyó (o releyó) La religión dentro de los límites de la sola razón (v.) de Kant, obra que anteriormente desconocía o no había comprendido bastante. El texto en cuestión le transportó a un mundo nuevo para él, alejado del romántico que hasta entonces le dominara.
De tal suerte aproximóse pronto a la ética de Kant, leyó ávidamente a Lessing y Herder, y tendió en su interior a un racionalismo fundamental, que habría de ser la nota característica de su filosofía. El primer fruto de este cambio de orientación especulativa fue la famosa Vida de Jesús (v. Escritos teológicos de juventud, racionalista e inédita hasta nuestro siglo. En enero de 1797 se hallaba, también como preceptor particular en Francfort del Main. Aquí H. procuró conciliar las dos tendencias e influencias opuestas que se agitaban en su espíritu: por un lado, el romanticismo recibido plenamente en Tubinga, y, de otra parte, el racionalismo que se había desarrollado en su interior durante las solitarias reflexiones de Berna. Mientras tanto, el año siguiente ocurrió un hecho muy importante: su amigo Schelling era nombrado profesor extraordinario, tras las recomendaciones de Niethammer, Fichte y Goethe, de la famosa Universidad de Jena. Esta pequeña ciudad se había convertido en uno de los centros culturales más activos de toda Alemania, gracias singularmente a Reinhold y Fichte. En torno a éstos se agrupaban numerosos «Privatdozenten», algunos de ellos, como Fríes, Krause y otros, destinados a la celebridad. En 1779-1800, empero, se inició la notable «Atheismusstreit» (disputa sobre el ateísmo), y Fichte hubo de abandonar la Universidad de Jena, que entonces empezó a decaer.
Precisamente en estos años de luchas, en enero de 1801, H. fue nombrado profesor de Jena luego de una recomendación con Schelling. Esta fue la época de la mayor amistad y colaboración entre ambos. Uno de sus frutos son los célebres artículos escritos en el Kritisches Journal der Philosophie, dirigido por los dos, y en los cuales H. defiende la filosofía de Schelling frente a la de Fichte. Mientras tanto, iba elaborando su sistema en sus cuadernos de apuntes. El ambiente universitario de Jena, efectivamente, había contribuido a completar de una manera definitiva la formación espiritual de H. Las energías antes latentes en su interior se manifestaban y desarrollaban,’ y, en tanto Schelling, el niño prodigio mucho más joven que él, empezaba ya a decaer, su amigo aprestábase a la composición de sus mejores obras. Pronto apareció la primera de éstas: la famosa Fenomenología del espíritu (v.). El filósofo había prometido entregarla al editor en octubre de 1806; sin embargo, tuvo lugar entonces la ocupación de Jena por los franceses, y H. hubo de interrumpir el trabajo y terminarlo rápidamente el siguiente año. El texto fue publicado en Bamberg y Würzburg. El célebre prólogo de la obra señala el alejamiento definitivo de su autor de los románticos, y su ruptura con Schelling.
Caída Jena, H. conoció las dificultades económicas, y hubo de ganarse la vida mediante la ingrata profesión de redactor de un periódico provinciano, el Bamberger Zeitung. De esta suerte, hasta 1808 se vio forzado a permanecer en una pequeña ciudad carente de elementos de cultura, y desde la cual escribió amargas cartas a los amigos. Puede parecer extraño que tan convencido defensor de la filosofía en cuanto ciencia se aviniera a la nada científica labor de periodista. Además de otros motivos, empero, le indujo a ello la impaciencia de su situación de «viejo profesor libre», carente aún de un cargo oficial cuando ya todos sus colegas coetáneos se hallaban situados. En la carta del 29 de septiembre de 1804 dirigida a Goethe se quejaba precisamente de esta situación ingrata de perpetuo profesor libre. En Bamberg hubiera querido utilizar su periódico para dar una formación político-social (eine allgemeine Bürgerbildung) al pueblo. Sin embargo, las exigencias del público no correspondían a la mentalidad de H., a quien, por otra parte, la censura estatal no concedía la libertad deseada. Y, así, en 1808 escribía: «Anhelo cada vez más salir de la cárcel de mi periódico (Zeitungs- Galeere), porque dentro de poco me voy a encontrar con una nueva inquisición» (Briefe, I, 240).
Su sueño, empero, seguía siendo la cátedra universitaria: «Mi único y último objetivo es la enseñanza en una universidad» (Briefe, II, 5). No obstante, la etapa de Bamberg no resultó inútil para la formación espiritual del filósofo, por cuanto la necesidad de la reunión y la selección de noticias contemporáneas le puso en contacto directo con la realidad político- social. En esta experiencia hubo de apoyar ampliamente su producción del período berlinés. Ayudóle a salir de la difícil situación un amigo suyo y de Schelling, el poderoso Niethammer, quien precisamente entonces llevaba a la práctica un proyecto destinado a la reforma de los institutos de Baviera. H. fue invitado por él a aceptar en el liceo clásico de Nuremberg los cargos de profesor de Filosofía y director. Los años pasados aquí fueron posiblemente los más tranquilos y activos de toda la existencia del filósofo, quien contrajo matrimonio entonces (1811) con una joven perteneciente a la mejor nobleza de Nuremberg. A lo largo de esta etapa reunió los cursos de sus lecciones, que integran la Propedéutica filosófica [Philosophische Propädeutik]. Fue ésta la primera vez que H. ofreció al público el conjunto de su sistema.
La obra en cuestión comprende varios textos, entre los cuales destacan el esbozo de la Enciclopedia de 1808 y ss. y el compendio de la Fenomenología de 1809 y ss. Este último, siquiera no identificado todavía (como habría de serlo, en cambio, en el sistema de Heidelberg) con la segunda sección de lo que H. denomina «espíritu subjetivo», tiende, sin embargo, a adaptarse al sistema, porque en él desaparecen toda la segunda parte y su vinculación al mundo histórico. Surgía, mientras tanto, la obra más profunda y monumental del filósofo, la Ciencia de la lógica (v.) aparecida en dos tomos entre 1812 y 1816; precedíala un importante prólogo (se antepuso otro a la segunda edición de 1831), seguido de una introducción sobre la naturaleza de la lógica. La dirección de un instituto, empero, no podía ser tampoco una profesión adecuada al valor y a las ambiciones de H., quien seguía aspirando a la enseñanza universitaria; finalmente vio satisfecho su anhelo en 1816 con el nombramiento de profesor de Filosofía de la Universidad de Heidelberg. Allí empezó a formar su escuela; a su alrededor agrupóse un círculo de discípulos entre los cuales figuraban algunos muy fieles, que divulgarían su sistema filosófico por toda Alemania: Hinrichs, Rosenkranz, Erdmann. En aquella ciudad escribió también la obra que habría de hacerle más famoso: la Enciclopedia de las ciencias filosóficas (v.).
En adelante el nombre de H. circuló por todos los medios filosóficos, en los cuales suscitó ardientes aprobaciones y violentas reacciones. La celebridad creciente llevó al filósofo al punto culminante de su carrera de profesor a la Universidad de Berlín, a donde fue llamado en verano de 1818; en ella enseñó a lo largo de trece años, hasta el fin de sus días. Durante la fase de este profesorado berlinés, cuyos frutos principales son Líneas fundamentales de la filosofía del Derecho (v.), de 1818, y Lecciones sobre la filosofía de la historia (v.), H. conoció las mayores satisfacciones obtenidas jamás por ningún filósofo. Gentes de toda Alemania acudían a escuchar sus lecciones, y con él se relacionaron las personalidades literarias y científicas más importantes de la época, entre las cuales figuraban Cousin y Goethe. En 1827 fue a Weimar a visitar a este último, junto al cual permaneció tres días. Ya cuando era profesor libre de Jena había mantenido relaciones con Goethe, a quien procuró siempre atraerse; así, por ejemplo, manifestó gran interés por su teoría de los colores, tan grata al ilustre literato. Conoció a Cousin en Heidelberg, cuando en 1817-18 el filósofo francés había llegado a Alemania como preceptor de un hijo del duque de Montebello. En 1824 H. pudo ayudarle: Cousin, que desde 1820 se veía alejado de la enseñanza en Francia como políticamente sospechoso, volvió a Alemania, y, detenido en Dresde por motivos políticos, gracias, en parte, a la intervención de H. fue puesto en libertad.
Durante seis meses ambos filósofos convivieron en Berlín; luego mantuvieron siempre correspondencia, y en 1827 volvieron ,a verse, en ocasión de un viaje de H. a Francia. Durante el período final de su vida nuestro autor viajó mucho: en 1822 estuvo en Holanda, en 1824 visitó Viena, y en 1829 fue a Karlsbad y Praga. En 1829- 1830 se le nombró rector de la Universidad de Berlín. Poco a poco llegó casi a poseer la hegemonía sobre la cultura filosófica alemana; algunas universidades (típico ejemplo de ello fue la de Halle) quedaron incluso dominadas completamente por su doctrina. Se dice que en Berlín viose atacado por una especie de envejecimiento especulativo; en realidad, ello es absolutamente falso: en las lecciones berlinesas H. manifestó cuán vivo se hallaba todavía el vigor de su especulación; en ellas volvió a reflexionar acerca de su sistema y lo renovó con insospechada fuerza. A su muerte le fueron tributados grandes honores. El 24 de abril de 1930 quedó fundada en La Haya una Henel-Bund internacional, que celebra congresos cada dos años.
A. Plebe

