Nació en Düsseldorf el 25 de enero de 1743 y murió en Munich el 10 de marzo de 1819. Durante su infancia mostró ya acusadas inclinaciones que anunciaban los rasgos más característicos de su personalidad: el fuerte sentimiento religioso, la tendencia a la introspección y los abandonos afectivos. Vivía aislado y contemplativo; a los juegos con los muchachos de su misma edad prefería la lectura de la Biblia y de textos edificantes en compañía de una sirvienta; luego de la «Konfirmation» ingresó en una sociedad cuyo fin era la discusión de problemas religiosos. En el hogar, empero, sus facultades no fueron consideradas aptas para los estudios universitarios, a los que, en cambio, se destinó a su hermano mayor, el poeta Johann Georg (v.); su padre, comerciante, pensaba hacer de él un auxiliar y un sucesor en la dirección de su negocio, y, así envióle a Francfort, como aprendiz de una casa comercial, y luego a Ginebra. Esta ciudad era no solamente una población de burgueses activos y expertos, o sea el lugar más adecuado para aprender el establecimiento de un balance y la gestión de las exportaciones, sino también la patria de Bonnet y de Rousseau, quien transfiguróla en idílico ejemplo de localidad próxima a la naturaleza, un centro de polémicas y discusiones y la cuna de la sensibilidad moderna.
En Ginebra, donde el matemático Lesage le inició en la Filosofía, halló J. el acuerdo entre sus inclinaciones de muchacho solitario y el espíritu de la época, y en el Emilio (v.) las correspondencias más exactas a sus aspiraciones. La certidumbre del vicario saboyano que cree que el hombre existe porque siente y que el sentir es el testimonio más seguro de la realidad de un mundo externo, habría de constituir el punto de partida de su realismo gnoseológico. Vuelto a la patria en 1762, entregóse a la lectura de Spinoza, y fijó su atención en las soluciones de Kant y Mendelssohn al tema propuesto en 1763 por la Academia de Berlín: la evidencia en las ciencias metafísicas. La actividad práctica, aumentada luego que, en 1764, empezó a dirigir el negocio de su padre, no le hizo abandonar el estudio de la Filosofía. Este mismo año contrajo matrimonio con Betty Clermont, mujer rica e inteligente que a lo largo de veinte años sería para él una fiel esposa. En 1772, llamado a formar parte de la Cámara de Corte, dejó el comercio; su nueva ocupación llevóle a ocuparse de impuestos y aduanas y a viajar por Alemania, donde visitó fábricas y manufacturas.
Mientras tanto, había conocido a Wieland, con el cual publicaría el Deutsche Merkur, y su casa de campo de Pempelfort habíase convertido en centro de la intelectualidad alemana. El 21 de julio de 1774 pasó por ella Goethe, quien escribió lo siguiente acerca de su visita: «Los pensamientos que Jacobi me confió brotaban directamente de su sentir; ¡qué compenetración embargóme cuando me reveló con absoluta confianza las exigencias más profundas de su espíritu!… Los dos nos sentíamos animados por la más viva esperanza de una actividad en común, y yo le exhorté a que describiera, de cualquier forma, cuanto se movía y agitaba en él». Posteriormente, el juicio de Goethe resultaría menos entusiasta y más crítico: «Jacobi — decía a Eckermann en 1827 — era un diplomático nato, un hombre apuesto, de figura esbelta y modales distinguidos, que habría estado perfectamente en su sitio de embajador; en cuanto poeta y filósofo, empero, carecía de algo para serlo en realidad». A las incitaciones de Goethe respondió J. con la publicación de dos novelas filosóficas: Cartas a Alwill (1775-92, v.) y Woldemar (1777-92, v.), cuyos personajes intentan expresar la superación del «Sturm und Drang», del «genio original», en la búsqueda interior de la fe y del absoluto.
En enero de 1779 nuestro autor se hallaba en Munich, a donde había sido llamado por el príncipe elector como consejero secreto y relator ministerial para las aduanas y el comercio; pero a causa de algunas divergencias provocadas por sus ideas «liberísticas» opuestas a la extensión de los impuestos, volvió a Düsseldorf en junio del mismo año. En Baierische Beiträge apareció un artículo suyo contra los impedimentos «direccionistas» en el comercio. Un coloquio con Lessing acerca de las teorías de Spinoza, en 1780, y la lectura de la Crítica de la razón ‘pura (v.) de Kant, le ayudaron a definir su posición filosófica. En 1784, mientras se hallaba en Bad Hofgeismar, abatido por la muerte de su esposa y de un hijo, tuvo un intercambio de correspondencia con Moses Mendelssohn acerca del spinozismo; y al aparecer al año siguiente las Morgenstunden de este autor, publicó sus Cartas a Mendelssohn sobre la doctrina de Spinoza (v.), que en la segunda edición (1789) llevarían como apéndice un compendio del diálogo de Bruno De la causa principio y uno (v.).
En esta obra se halla definido el núcleo central del pensamiento de J.: la exigencia que lleva a superar el conocimiento demostrable, el saber intelectual, del que precisamente el spinozismo es, según él, la expresión más rigurosa y orgánica para lograr una inteligencia inmediata del absoluto. «Mi meditación filosófica — había de escribir en el prólogo a la tercera edición de las Cartas— no careció jamás de finalidad; ésta se hallaba siempre ante mí de una manera determinada. Tal objetivo no era, empero, ni tan sólo el simple acuerdo conmigo mismo, que ajeno a su dirección, empieza ya aquí o bien allí y se inclina hacia uno u otro lado; yo pretendía aclarar con mi intelecto una cosa: mi devoción natural a un Dios desconocido. Si dicha autoconformidad me hubiese llevado a creer que toda convicción sobre la existencia de una divinidad a la cual se puede rogar — la piedad no conoce a otra — es una locura, yo habría aprendido esto a mis expensas, y hubiera dejado insatisfecho mi afán, o sea la necesidad de ver en Dios el primer fundamento de toda la ciencia y de hallarle por doquier.»
Más que etapas de una compleja evolución especulativa, las obras siguientes resultan confirmaciones o aclaraciones de la actitud mística e irracional de las Cartas, o, en algunos casos, fruto de polémicas («un filósofo sólo de naturaleza o de carácter; sólo un escritor ocasional poco más o menos», y, también, «acabo donde empecé», dice de sí mismo J.); así, David Hume y la fe, o idealismo y realismo [D. Hume über den Glauben, oder Idealismus und Realismus, 1779], texto ampliado con el apéndice Sobre el idealismo trascendental [über den trascendentalen Idealismus], Carta a Friedrich Nicolai [Schreiben an F. Nicolai, 1788], Carta enviada a Fichte [Sendschreiben an Fichte, 1799] y la memoria Acerca de la empresa del criticismo de trasmutar la razón en intelecto (1801, v.). Abandonada ya una primera vez Düsseldorf durante algún tiempo al aproximarse las tropas’ francesas en 1794, salió definitivamente de ella diez años después, cuando un revés financiero desposeyóle de las dos terceras partes de sus bienes.
Aceptó entonces la invitación a trasladarse a Munich para establecer allí la Academia de Ciencias, de la que fue presidente; en esta misma ciudad publicó su otro texto fundamental, De las cosas divinas y de su revelación (1811, v.), y dirigió la edición completa de sus obras. J. tuvo una acusada importancia en la historia del idealismo alemán: se le debe, incluso a pesar suyo, la resurrección de la filosofía de Spinoza; su crítica de Kant, y también sus polémicas con los racionalistas berlineses Fichte y Schelling, resultarían fecundas en estímulos. Hegel, quien fue, por otra parte, el crítico más radical de su pensamiento, habría de escribir que con J. y Kant iniciábase la nueva filosofía alemana.
M. Spagnol

