Friedrich Gottlieb Klopstock

Nació en Quedlinburg (Sajonia septentrional) el 2 de julio de 1724 y murió en Hamburgo el 14 de marzo de 1803. En Schulpfort, donde ini­ció los estudios, leyó El Paraíso perdido (v.), de Milton, que le sugirió, ya a los quince años de edad, la primera idea de una Mesíada, o sea de un poema donde apareciera exaltada la vida del Redentor. Pasado a Jena y luego a Leipzig, entró en contacto con el grupo de los «Bremer Beiträger» (Geliert, Rabeler, J. E. y W. A. Schlegel, F. W. Zachariae, Ebert, etc., colaboradores de la revista Neue Beiträge zum Vergnügen des Verstandes und des Witzes, 1744-1748), quienes, alejándose del estrecho clasicismo de Gottsched, defendían, contra la monoto­nía racionalista, la saludable necesidad de lo maravilloso — o sea de la fantasía y de lo patético, y, por ende, del sentimiento — en la poesía. En su periódico publicó en 1748 Klopstock los tres cantos iniciales de La Mesíada (v.), compuestos primeramente en prosa y luego en hexámetros.

Influido por el pietismo, que oponía a la desvinculada orto­doxia protestante un sentimiento religioso inmediato, y también por los intentos poé­ticos de Lange y Pyra, tendentes a la crea­ción de una poesía de fondo religioso-moral y formalmente ennoblecida por una métrica clásica en sustitución de los viejos alejan­drinos de Opitz, Klopstock se reveló súbitamente adversario natural del racionalismo de la Ilustración y uno de los predecesores del «Sturm und Drang». Fue el primero que entendió el carácter esencialmente senti­mental del arte y revistió la poesía, hasta entonces destinada sólo a deleitar o instruir, de una dignidad casi religiosa, como único elemento susceptible de educar y elevar el espíritu humano mediante los sentimientos más dignos y nobles. En ello residen la im­portancia histórica y la significación de Klopstock, quien, de tal suerte, supera definitivamente el barroco y el rococó en cuanto concepcio­nes generales de vida.

El gran éxito de los tres cantos de La Mesíada atrajo hacia el joven poeta la atención de Bodmer en pri­mer lugar, quien invitóle a Zurich en 1750 (sin que, por lo demás, ambos llegaran a una plena compenetración), y, luego, del rey Federico V de Dinamarca, el cual le llamó a Copenhague el año siguiente a fin de que, mediante un estipendio honorífico, pudiera dedicarse allí tranquilamente a la redacción del poema; ello supuso un reco­nocimiento sin precedentes del valor del poeta en sí y de la poesía. En Hamburgo, donde se detuvo en el curso de su viaje a Dinamarca, el literato, que ya había expe­rimentado un amor infeliz por su prima María Sofía Schmidt, cantada con el nombre de Fanny, enamoróse de Meta Moller, la Cidli de sus Odas (v.), que, unida a él en matrimonio en 1754, falleció cuatro años después. Klopstock permaneció en Copenhague hasta la muerte del rey; luego, vuelto en 1770 a la patria, establecióse en Hamburgo, donde compiló y publicó en 1771 la antolo­gía completa de las Odas, que a partir de 1747 habían ido apareciendo sueltas en diversas revistas.

Dichas composiciones cons­tituyen la más alta expresión de su poesía, y, al mismo tiempo, la obra poética más profunda y renovadora de la Alemania an­terior a Goethe. Al nuevo carácter grave y noble del contenido (el amor puro, la amis­tad, la religión, la patria, la naturaleza, y, asimismo, el deporte, como el patinaje sobre hielo, etc.) unen una dignidad formal que, dejando los complicados, vanos y afectados juegos de la tendencia anacreóntica, se ex­presa en metros clásicos procedentes de Horacio y de los poetas griegos, o bien, cuando tales formas podían aparecer de­masiado rígidas para un canto más elevado, en versos libres según el ejemplo de Pin­daro (cuya métrica, en realidad, no com­prendió Klopstock, ni tampoco ninguno de sus con­temporáneos). La edición completa de La Mesíada en veinte cantos, aparecida en 1773, no llenó las esperanzas iniciales; sin em­bargo, aun cuando en conjunto le perju­dique la absoluta carencia de ímpetu, de relieve plástico en los personajes y de una unidad en la estructura de la vasta com­posición, ésta resulta, empero, eficaz por su amplia escenografía y, sobre todo, por su musicalidad, y sugestivo por el sentimiento de lo divino que en él abunda y que lo eleva en ciertos momentos a niveles real­mente admirables.

Llamado en 1774 a Karlsruhe por el margrave Carlos Federico, dirigióse Klopstock a Gotinga para visitar a los entusiastas adeptos de la «Hainbund» y a Francfort del Main al encuentro de Goethe. El autor del Werther, en efecto, había inspi­rado la escena más patética de su novela en una famosa oda de Klopstock Al teatro, siquiera dentro de un tono épico y carente de acción dramática, dio nuestro autor algunos dra­mas bíblicos: La muerte de Adán, 1757 (v. Adán); Salomón 1764; David, 1772. Le debe también la escena una trilogía proce­dente de la historia germánica: La batalla de Hermann, 1769; Hermann y los príncipes, 1784; La muerte de Hermann, 1787 (v. Her­mann). Compuestos en versos aliterados, y no divididos en actos, estos últimos dramas, denominados «bárdicos» por su autor, pre­tenden ofrecer un oponente germánico a la tragedia griega y despertar los mismos sen­timientos patrióticos que habían inducido ya al poeta a escribir, según la tradición del movimiento ossiànico de Macpherson y el ejemplo directo de Gerstenberg, las odas bárbaras en las cuales introdujo la mitolo­gía nórdica.

Casado por segunda vez en 1791 con Juana Isabel von Winthem, sobrina de Meta, Klopstock pasó los últimos años de su vida en Hamburgo, envuelto en polémicas con Goethe, Kant y Federico el Grande, pero ajeno a un ambiente poético del que, sin embargo, había sido uno de los más in­fluyentes predecesores.

S. Lupi