Nació en Granada en 1504, murió en Lisboa en diciembre de 1588. Sus padres, de oficios muy humildes — su madre, lavandera — fueron de los que por disposición de los Reyes Católicos poblaron las tierras granadinas conquistadas. Huérfano muy niño entró de monacillo en el convento de Santa Cruz de Granada de los dominicos, que habían amparado la viudez de su madre. Se dice que el conde de Tendilla, admirado de los razonamientos del muchacho en una disputa infantil bajo su balcón, decidió protegerle y le nombró paje de sus hijos, a quienes acompañó en sus estudios. También parece que en aquella ilustre casa compartió las enseñanzas del célebre maestro y humanista italiano Pietro Martire d’Anghiera. Ingresó en el convento dominico citado en 1524 y, al año siguiente, profesaba.
Estudió en el Colegio de San Gregorio de Valladolid y tuvo como maestros a famosos teólogos como Melchor Cano, Bartolomé Carranza y Diego de Astudillo, a quien años más tarde prologaría un libro. Volvió al convento granadino de su orden y años después al de Santo Domingo de Scala Dei en tierras cordobesas, del que fue nombrado vicario en 1541. Tuvo parte activa en la restauración de este monasterio, donde debió conocer al maestro Juan de Ávila, cuya biografía escribiría y bajo cuya influencia de escritor y orador se formó. Fue prior del convento de Palma de Río y capellán y confesor de los duques de Medina Sidonia y de Alba. También fue confesor de los reyes de Portugal (don Enrique y doña Catalina). Fue el orador sagrado de más fama de España y Portugal. Su orden le había autorizado a predicar libremente. Ya viejo y sin dientes llenó de admiración con sus sermones al rey Felipe II.
Parece que pasó a Portugal por orden de sus superiores para eludir las pesquisas de la Inquisición, que sospechaban en él — así como en otros ascetas ilustres — contagios de la reforma de Europa, tanto por sus sermones y escritos como por la austeridad de su vida. No obstante ser español, fue elegido provincial de su orden en Portugal y no quiso aceptar ni el obispado de Evora ni el arzobispado de Braga. Por su neutralidad en el pleito sucesorio del trono portugués, cuando el Papa le designó vicario general, Felipe II le desposeyó del cargo. Entre sus penas y errores — además de la persecución de los españolistas en Portugal por el citado motivo — estuvo el haber reconocido y defendido la superchería de una monja dominica milagrera de la Anunziata de Lisboa. Era ya muy anciano y casi no veía; pero, cuando se convenció de su equivocación, escribió, retractándose humildemente, su Sermón de las caídas públicas sobre el escándalo levantado por las falsas llagas y fingidos milagros.
Sus honras fúnebres y entierro constituyeron una exaltada manifestación de devoción popular a su persona. También contó con la admiración de las grandes personalidades de la vida religiosa de su época, empezando por el papa Gregorio XIII, que elogió su virtud y saber. Fray Luis de Granada ha de ser considerado como uno de los más grandes prosistas castellanos del siglo XVI. Sus obras fueron conocidas en Europa en los originales — él escribió en latín, castellano y portugués — y en numerosas traducciones a todas las lenguas europeas. Entre sus obras latinas ha de citarse Rhetorica Ecclesiastica (Lisboa, 1576) de verdadero mérito e interés para el orador sagrado, y entre las portuguesas el Compendio de doctrina christina (Lisboa, 1575-76). Como traductor, su versión de Escala Espiritual de San Juan Clímaco y, sobre todo, la de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, fueron elogiadas por el Papa. Entre sus obras cabe citar, además, Introducción del símbolo de la Fe (Salamanca, 1582-85), en cinco partes, su escrito más extenso, un tratado apologético sugerido por la contemplación de la naturaleza.
Tiene carácter filosófico desde la prueba ontológica y cosmológica de la existencia de Dios hasta la descripción del cuerpo humano siguiendo a los más famosos anatómicos de la época. Su elocuencia literaria y la profundidad emocionante de su fondo se centra también en la atención a las cosas humildes, esa especie de franciscanismo íntimo que encuentra en los objetos que quedan heridos por su ternura expresiva y su apasionado discurso como cuando nos dice del saber cazar sus presas las arañas: «¿Cuántas cosas hay aquí que considerar y en que ver el artificio de la Divina Providencia? ¡Qué red tan perfecta! ¡Qué hilos tan delicados! ¡Qué cerco tan proporcionado! ¡Qué puesto tan bien escogido para la caza! Mas todo esto a mí se me dice, conmigo habla, porque lo demás, poco caso había de hacer el Criador de las arañas… Dirá alguno, muy menudas son estas cosas que tratáis, habiendo tomado a cargo tratar de la creación del mundo… cuanto ellos son menores y más viles, tanto más declaran la omnipotencia y sabiduría de aquel Señor que en tan pequeños corpezuelos puso tan extrañas habilidades… Por donde entenderemos cuánto mayor cuidado tendrá de proveer a las cosas mayores quien tan grande lo tiene de las menores y tanto menores!».
Cuando describe las cosas más humildes, lo hace minuciosamente en un alarde de miniaturista de la palabra; Guía de pecadores (Lisboa, 1556, v.) es un tratado ético con los remedios contra los peligros del mundo y sus pecados y una copiosa erudición sagrada digna de un maestro de Teología. Con todo, por rozar en algunos pocos pasajes la doctrina de los iluminados, tan en auge en su época, la Inquisición ordenó algunas supresiones del texto de la primera edición; Libro de la oración y meditación (Salamanca, 1554), en el que expone las cinco partes y grados de oración en catorce meditaciones de gran valor ascético para la práctica de la virtud y para evitar los engaños mundanos; Memorial de la vida cristiana (Lisboa, 1561) y Adiciones al Memorial (1574) con las normas para un cristianismo práctico y una ascética de la voluntad, texto en el que llega a tan delicadas exaltaciones que puede considerarse místico en algunos pasajes.
En todas sus demás obras ascéticas que siempre podemos considerar importantes por su fondo, aunque menores por su extensión, tenemos importantes opúsculos como los cinco que forman su Compendio de la doctrina espiritual, sus sermones (Trece sermones en castellano), sus meditaciones (Meditaciones muy devotas), sus biografías (las de Juan de Ávila, fray Bartolomé de los Mártires, sor Ana de la Concepción, etc.), etc. Las obras completas de este fecundo escritor han conocido varias ediciones, pero en nuestro siglo destacó la iniciada en 1906 por el padre Cuervo, que es crítica y muy valiosa y consta de catorce tomos. La obra de Fray Luis de Granada representa por su forma una magnífica prosa retórica y por su fondo las más ricas cualidades de espiritualidad y dinamismo religioso que le muestran como una de las grandes figuras del ascetismo español. Este insigne orador y escritor ya en su época fue conocido con toda justicia como el «Cicerón de España».
A. del Saz

