Fray Luis De León

Nació en Belmonte (Cuenca) en 1527 y murió en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) el 14 de agosto de 1591. Era de noble familia — su padre era un abogado y consejero regio que residió en Madrid y Valladolid, ciudades donde él hizo estudios de niño —. A los catorce años ingresó en el convento de San Agustín de Salamanca, en cuya orden profesó el 29 de enero de 1544. En esta ciudad se doctoró en Teología y se graduó de maestro (1560). Le apadrinó como decano el maestro Do­mingo de Soto. Sus maestros más famosos habían sido fray Juan de Guevara, Melchor Cano, Cipriano de la Huerga (orientalista que le inició en la exégesis bíblica en la Universidad de Alcalá) y un tío suyo, profesor de la Universidad salmantina, que fue su primer orientador. Se dice que, des­de su graduación, entró de lleno en la vida universitaria y participó en las luchas que agravaban las rivalidades de las órdenes religiosas en la colación de grados y en la elección de catedráticos.

Parece que Luis de León hizo algún intento de conseguir una cá­tedra antes de su triunfo en las oposicio­nes, a la que había dejado vacante —la de Biblia — el maestro Juan Gallo, al ser nombrado para la diócesis de Orihuela. Nuestro autor había desempeñado interina­mente aquella cátedra. A este éxito siguió el del año siguiente — 1561 — en que ganó en reñidísimas oposiciones la de Santo To­más. Su más fuerte opositor fue el maestro Diego Rodríguez, candidato de los domi­nicos, que parece que dominaban la vida universitaria de Salamanca. Debido tal vez a su fuerte personalidad, que expresaba sus ideas y opiniones con franca violencia, tuvo la enemistad de personalidades intelec­tuales incluso dentro de su propia orden. Los antagonismos se agriaban especialmente en las discusiones de los teólogos sobre la Biblia. Su poderoso razonar en defensa del texto hebreo irritaba a sus oponentes, que se aliaban al celo inquisitorial. Entre los escolásticos intransigentes, sus más duros adversarios figuraban, León de Castro y el dominico fray Bartolomé Medina que, se cree, estaba resentido con él por algu­nos fracasos académicos.

Este último re­dactó unas célebres proposiciones que lle­varon a las prisiones de la Inquisición a fray Luis y a los maestros Grajal y Martí­nez Cantalapiedra, también hebraístas. So­bre nuestro autor caían acusaciones (ascen­dencia judía, desprecio de la Vulgata, tra­ducción al castellano del «Cantar de los Cantares» que, aunque no publicada, fue divulgada por los estudiantes así como su­puestas innovaciones en sus cursos teoló­gicos, etc.). El encono de sus enemigos llegó al extremo de pedir para él el tor­mento, pero la Inquisición fue menos cruel. Su cautiverio duró desde el 27 de marzo de 1572 hasta el 11 de diciembre de 1576, en que se le absolvió, y, para evitar dis­cusiones escandalosas, se prohibió revelar los incidentes del proceso. Fray Luis fue recibido triunfalmente y, como su cátedra estaba desempeñada por otro maestro y él no recurrió, se le encargó de otra no sin protestas de los dominicos. De su prisión y vuelta al ejercicio de su cátedra queda una famosa décima («Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado») y la no menos famosa frase «Decíamos ayer…» que se dice pronunció la primera vez que vol­vió a encontrarse con sus alumnos. Res­pectivamente representan su queja por el injusto cautiverio y penalidades y el olvido para ellas ante aquellos que esperaban las agrias protestas propias de su carácter.

No obstante sus decepciones y dolores, siguió con sus luchas académicas y ganó nuevas cátedras, la última en 1579, nuevamente la de Biblia, que explicó hasta su muerte. Al morir era provincial de su orden, pero no sin haber sido otra vez denunciado a la Inquisición sin más consecuencias que las amonestaciones benévolas del Gran Inqui­sidor (lo era el cardenal Quiroga, arzobispo de Toledo). Murió cuando preparaba una biografía de Santa Teresa y había revisado para su publicación las obras de la monja cuya reforma admiraba y había deseado para su propia orden. Defendió con pasión la lengua castellana como instrumento de cultura digno de los claustros universitarios frente a la tradición académica que prohi­bía a los estudiantes hasta cantar en una lengua que no fuese clásica. A su muerte sus restos fueron trasladados a Salamanca, en cuya Universidad ‘descansan. Fue un universitario auténtico y apasionado — ha­bía defendido a la Universidad ante la propia persona de Felipe II para obtener su favor en un pleito en que se veía envuelta — y la veneración estudiantil había acompa­ñado sus restos desde el convento agustino a la capilla universitaria en su entierro.

De su persona conservamos el retrato literario de Francisco Pacheco que nos lo describe con «el rostro más redondo que aguileño; trigueño el color; los ojos verdes y vivos» y en una aguda etopeya * nos lo presenta como «el hombre más callado que se ha conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos (…) de mucho secreto, verdad y fidelidad; puntual en palabras y en pro­mesas, compuesto, poco o nada risueño». Su personalidad física ha quedado perpetuada en la hermosa estatua que se levanta en el llamado Patio de las Escuelas de la Univer­sidad de Salamanca (erigida por suscripción pública, se descubrió en 1869). Fray Luis de León fue un típico hombre del Renacimiento. Po­seyó un saber enciclopédico. Como escritor no sólo dominaba con erudición las lenguas orientales y clásicas, sino que creaba en ellas. Fue un prosista eminente y a la vez uno de los más grandes poetas de su tiempo. En su obra hemos de distinguir la escrita en latín: In Cantico Canticorum explanatio Salamanca, 1580), In Psalmum vigesimum sextum explanatio (1580-82). De utriusque Agni typici atque inmolationis legitimo tempore (1590) y los tratados teológicos De Fide, De creationen rerum, etc.

También escribió en latín algunos comentarios a pasajes bíbli­cos (Eclesiastés, Abdías, etc.) y alguna pieza oratoria como la oración fúnebre del maes­tro Domingo de Soto. Como catedrático de Biblia sus traducciones y exégesis al texto bíblico serán siempre inolvidables. Su pri­mera labor fue la traducción en prosa del Cantar de los cantares (v.) de Salomón. La hizo hacia 1561 pero no se publicó hasta 1798 en Salamanca. Su técnica es traducir literalmente versículo a versículo y acom­pañar un detenido comentario en prosa de cada uno de ellos. Parece que había sido un trabajo de clase que luego se divulgó, con daño como hemos dicho anteriormente para su autor, en manuscritos estudiantiles. Tam­bién se ha dicho que se escribió exclusiva­mente para la monja Isabel Osorio y que de este manuscrito se hicieron varias copias furtivas. Para los exégetas religiosos el ale­górico sentido del desposorio que se describe en el Cantar es profético del de Cristo con su Iglesia. Si el poema es en sí brillante, la traducción constituye una verdadera crea­ción de fray Luis de León, digno exégeta del mis­ticismo que contiene y que conserva sus más puras esencias en la genial versión. En 1948, en el Boletín de la Academia Espa­ñola, el P. Muñoz Sendino publicó una ver­sión del texto de nuestro autor que descu­brió en Inglaterra (biblioteca del Wadham College).

A instancias de otra monja, car­melita descalza, escribió la Exposición del Libro de Job. Como en su versión bíblica anterior, traduce libremente, añade a con­tinuación un amplio comentario en prosa y termina con otro parafrástico en tercetos. Aquí llega a su estilo más depurado, a su prosa más elegante. A la vista de ella se comprende que, como ha advertido Menéndez Pidal, sea el que «empieza a tratar la lengua española como una lengua clásica». La lección para los cristianos del gran maes­tro de la adversidad gana fortaleza en la exposición de fray Luis que quedó inaca­bada (fray Diego González, de su orden, la terminó y la editó en Madrid, en 1779). También tienen inspiración bíblica dos obras maestras originales de fray Luis. La perfecta casada (Salamanca, 1583, v.), de­dicada a doña María Varela Osorio y en cuya introducción se lee «que se habla de las leyes y condiciones del estado del matri­monio y de la estrecha obligación que corre la casada de emplearse en el cumplimiento de ellas» y cuyos capítulos contienen cómo debe procurar ser perfecta la casada, có­mo no debe ser gastadora, cómo deben los casados descansarse mutuamente en los tra­bajos, cómo por rica y noble que sea debe ser trabajadora y hacendosa, ser casera, madru­gadora y se le persuade «con una hermosa descripción de las delicias que suele traer, consigo la mañana», para «arreglar a los criados y proveer a la familia», cómo fo­mentará la hacienda, cómo evitar el ocio y los vicios que de él nacen; será piadosa con los pobres, de buen trato y apacible condición, vestirá conforme a lo que piden la honestidad y la razón, amará el retiro y su casa, la obligación de criar por sí a los hijos, irá limpia y aseada y del «premio y galardón que tiene Dios aparejado para la perfecta casada no sólo en la otra vida, sino aun en este mundo».

Inspirado este libro en los «Proverbios» de Salomón, expone e ilus­tra el contenido del último capítulo desde el versículo 10. Fue traducido por fray Luis en tercetos encadenados cuyo primer verso dice: «El sabio Salomón aquí pusiera». Ade­más de estas fuentes bíblicas y las de sus expositores han de agregarse las clásicas. Aun pudo superar expresión y erudición en Los nombres de Cristo (Salamanca, 1583, v.), cuyos dos volúmenes se ampliaban a tres en la segunda edición (1585). Sus fuentes siguen siendo las bíblicas (especialmente los Salmos y las epístolas de San Pablo), los Santos Padres y algunos clásicos. En su dedicatoria a Pedro Portocarrero, consejero real e inquisitorial, señala como culpa de los fieles el «no ocuparse mucho en el estu­dio y lición de los libros divinos» y así se refiere a «la condición triste de nuestros siglos» que ha hecho que los que gobiernan la Iglesia hayan ordenado que los libros de la Sagrada Escritura no anden en lenguas vulgares y «como a gente animal o tosca que, o no conocen estas riquezas o si las conocen no usan bien de ellas, se las han quitado al vulgo de las manos» con el daño de que se han entregado «sin rienda a la lición de mil libros, no solamente vanos, sino señaladamente dañosos». Después de referirse al ocio en que la habían tenido «la injuria y mala voluntad de algunas perso­nas» se dedicaba a este trabajo que el Señor convertía en luz y salud.

Se lo propuso por recordar una conversación «de tres amigos míos y de mi orden, los dos dellos hombres de grandes letras e ingenio» acerca de los nombres con que es llamado Jesucristo en la Sagrada Escriptura». Y lo escribió porque «la propia y verdadera sabiduría del hom­bre es saber mucho de Cristo». Los tres amigos aparecen con nombres fingidos (Marcelo, Sabino y Juliano) platicando para su recreación en una solitaria granja que el monasterio agustino tiene en las riberas del Tormes (se refiere a «La Flecha» a la que hace referencia su oda «La vida reti­rada»). Entablaron su coloquio, después de pasear y gozar del fresco de la gran huerta; se sentaron «a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una pequeña fuente en ciertos assientos». Como guión tomaron un papel de Marcelo en que tenía apuntados los nombres de Cristo en la Sagrada Escri­tura y los lugares en que aparecen. Y, con este papel como «despertador», Sabino fue leyendo. Fue un deleite para sus vacaciones de universitarios salmantinos. Después de un previo y extenso discurrir sobre lo que llaman nombres en general, Sabino leyó sobre los diez nombres principales de Cristo en las Escrituras: Pimpollo, Faces de Dios, Camino, Pastor (que aparece por primera vez en la segunda edición), Monte, Padre del Siglo Futuro, Brazo de Dios, Rey de Dios, Príncipe de la Paz y Esposo. A partir de la sexta edición (Salamanca, 1605) lle­van un apéndice con el nombre de Cordero que hasta entonces había permanecido iné­dito.

Suprimiendo las interrupciones aparece como un sermón o como una serie de notas para varios de ellos. Para Menéndez Pelayo estos diálogos sólo tienen paralelo con los de Platón; y Federico de Onís los ha editado y estudiado modernamente. Esta obra de fray Luis es notabilísima por la perfección de su prosa y por la vigorosa lucidez de su pensamiento; pero en la literatura española su nombre como poeta ha alcanzado no menor altura. Como traductor de poesía hemos de citar las versiones del toscano como las que hace de Bembo; del griego como las de Píndaro; del latín como las de Virgilio y de Horacio (su versión de «Beatus ille» se considera de rara perfección); de la Biblia, como las versiones poéticas de los Salmos. De su poesía original, Menéndez Pelayo distinguió los primeros ensayos en los que predomina la imitación de Horacio. De ellos es el más brillante ejemplo Vida retirada («¡Qué descansada vida…!») (v. Poesías) inspirada directamente en el «Beatus ille».

Sin retoricismos y con la for­ma métrica de la lira de Garcilaso describe la «escondida senda (la granja «La Flecha» a que anteriormente nos hemos referido) frente al «mundanal ruido» de la corte; la «pobrecilla mesa» frente a la «vajilla de fino oro labrada»; y, siempre, la soledad y la libertad pura y alegre y un «no rompido sueño» en el seno de la Naturaleza: «Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo / a solas sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de re­celo». A la vista de este poema podemos apreciar lo que José Manuel Blecua afirma de que «la traducción a nuestra lengua de poetas extraños fue la gran escuela donde el poeta aprendió, no solamente, a vencer las dificultades de la técnica del verso, sino el latido poético más exquisito». Otras odas corresponden a estos primeros ensayos como A Santiago («Las selvas conmoviera / las fieras alimañas, como Orfeo…»), A Querinto («No te engañe el dorado / vaso, ni de la puesta al bebedero…») en la que su maes­tría y compenetración poética intercala en­tre las liras el canto traducido de las sire­nas de la «Odisea», etc.

Como incluidas en el «período de completo desarrollo del poeta» (algunos, como Blecua, no están conformes con estas etapas cronológicas porque creen que «seguramente fueron parejas en el tiempo») se citan las más brillantes poesías de fray Luis como A Felipe Ruiz («¿Cuándo será que pueda / libre desta prisión volar al cielo…?») en la que ansía contemplar la verdad pura libre de la prisión del cuerpo mortal; Noche serena, dedicada a Diego Olarte, es una de las más bellas en la que desarrolla la idea del «mortal desatino» de preciar «la bajeza de la tierra» y olvidar «los riquísimos mineros del cielo» y es una meditación sugerida por la contemplación del cielo en noche serena, en la que el sen­timiento de la naturaleza se una a un misti­cismo con ansias de eterna primavera: «¡ Oh campos verdaderos! / ¡Oh prados con ver­dad, frescos y amenos! / ¡ Riquísimos mine­ros! / ¡Oh deleitosos senos! / ¡Repuestos va­lles de mil bienes llenos!». «Noche serena» es la magnífica conjunción de la naturaleza que le conmueve con la elevación de su alma a Dios.

Majestuosas ideas que campean en otras odas como en la dedicada a Francisco Salinas (profesor de Música de la Universi­dad de Salamanca) en que aquéllas se con­centran en la armonía musical («El aire se serena y viste de hermosura y luz no usa­da»); La morada del cielo o De la vida del cielo, glosa con intenso lirismo al Buen Pas­tor con las ansias místicas de prado o paraíso donde «sestea» aquel «dulce esposo» o Cristo a cuyo lado correrá desde esta prisión del cuerpo («Alma región luciente, / prado de bienandanza…»); En la Ascensión («Y de­jas, Pastor santo,/tu grey en este valle hondo, oscuro») en que llena de interroga­ciones el poema para preguntarse qué po­drán encontrar grato sus sentidos privados de la hermosura del rostro divino; y tantas otras odas siempre impregnadas del espíritu religioso sabio y hondo de fray Luis como A Nuestra Señora, las dedicadas a Pedro Porto carrero, o a sus amigos y contertulios como la dirigida al Licenciado Juan de Grial en que las ideas predominantes en el poeta se manifiestan una vez más: «No cures si el perdido / error admira el oro y va sediento / en pos de un bien fingido; / que no ansí vuela el viento, / cuando es fugaz y vano aquel contento».

Como dice Ludwig Pfandl de la lírica de fray Luis, «arrebata el cora­zón y la inteligencia a la esfera sobreterrena de la mística añoranza de Dios y del más allá». Bajo Felipe II, en la segunda mitad del siglo XVI, las tendencias renacentistas en la lírica castellana, en su admiración a lo clásico, las representa el ambiente universi­tario de Salamanca, de exaltación de las literaturas y filologías clásicas. Constituye fray Luis la figura central y. jefe de la famosa escuela poética salmantina que tiene por características la sequedad y, a veces, desaliño de forma y la profundidad y ri­queza de pensamiento siempre. Poetas a la manera salmantina y seguidores de fray Luis fueron entre otros, los humanistas Arias Montano y el Brócense. Figura cum­bre de nuestra erudición clásica y de nues­tra mejor lírica, fray Luis de León es «un inge­nio que al mundo pone espanto», según la frase de Cervantes; y «el mejor blasón de la habla castellana», según Quevedo, que fue el primer editor de sus poesías, cua­renta años después de la muerte del poeta. Para fray Luis sus poemas eran «obrecillas» que se le cayeron «como de entre las manos», pues su voluntad la había aplicado, con fiero saber, a su obra sabia de erudito universitario. «Con una sola palabra—como dijo Menéndez Pelayo—nos abría los hori­zontes de lo infinito.»

A. del Saz