François Rabelais

Nació en la Devinière, cerca de Chinon (Turena) en 1494 y murió en París, en abril de 1553. De familia acomo­dada, hijo de un abogado, recibió una buena educación, marcada, como es natural, por el sello medieval y por los métodos escolás­ticos que el escritor demostrará que conoce bien, haciéndolos objeto de burla y de escarnio. Pasó la adolescencia en la ha­cienda de la Devinière, en Chinon y en Angers, ciudad de la familia de su madre, y su obra se encuentra llena de imágenes, recuerdos, usos y costumbres de aquellos lugares. Noticias menos imprecisas tenemos de 1520, cuando lo encontramos de novicio en un convento de franciscanos, cerca de Angers, de donde pasa el mismo año al convento de Puy-Saint-Martin, en Fontenay- le-Comte (Bajo Poitou). ¿Es acaso su amor a las buenas letras lo que le han inducido a buscar refugio en aquella Orden? Sea como fuera, se inicia la no breve experiencia de la vida monástica, sobre la que volverá después el escritor con descripciones minu­ciosas o sátiras desvergonzadas. En realidad el convento constituye para él un lugar de estudios humanísticos, donde aprende el griego y se prepara a entrar en la comuni­dad de los literatos.

Le sirve de guía un compañero, Pierre Amy, quien le pone en correspondencia con el ilustre Guillaume Budé. Fontenay-le-Comte le ofrece la ocasión de conversar con literatos y legistas como André Tiraqueau. Pero obedientes a la teo­lógica Sorbona, la cual recela del griego porque parecía encaminar al «evangelismo» y a la herejía, los monjes confiscan a los dos jóvenes los libros escritos en este idio­ma. Esto ocurre a finales de 1523. Rabelais obtiene entonces, con indulto papal, permiso para pasar a la Orden benedictina, en el conven­to de Saint-Pierre-de-Maizellais, no muy distante de Fontenay-le-Comte. Ha contado seguramente con el apoyo del abad del convento y obispo de Maizellais, que lo nombra secretario suyo y compañero de viajes a través de la diócesis, o a su prio­rato de Ligué, cerca de Poitiers, lo que le da ocasión de conocer y mantener doctas conversaciones con Jean Bouchet, con el que intercambia cartas versificadas en len­gua vulgar, y con Antoine Ardillon, agus­tino. Se ampliaba así su horizonte y los estudios continuaban siendo grata práctica cotidiana.

No se acaba de comprender la razón por la que, en 1527, abandonara aquel feliz estado: eterno « ¡clérigo errante» pasa quizá, en los años siguientes, de una a otra ciudad universitaria, Burdeos, Tolosa, Bour­ges, Orleáns y por último París, donde, ha­biéndose quitado el hábito monacal, y en traje de sacerdote secular, se incorpora a la consolidación de la nueva cultura, pese a la oposición de la vieja Sorbona. De 1530 es la institución por Francisco I de los «lecto­res reales», iniciación del Collège de Fran­ce. En septiembre de este año se matricula en la Facultad de Medicina de la Univer­sidad de Montpellier, y se distingue por el seguro conocimiento de los textos griegos, sin olvidar las diversiones que le ofrece la ciudad. Pasados algunos exámenes, se en­cuentra en 1532 en Lyon, donde a finales de año ingresa como médico en el Gran Hos­pital. Lyon es un distinguido centro tipo­gráfico, y Rabelais publica allí las Epístolas me­dicinales, texto del ferrarense Giovanni Manardi, y los Aforismos (v.) de Hipócra­tes.

Le rodea ahora la fama de maestro en el arte médico y de gran literato (pronto publicará también un texto jurídico, el Testamentum L. Ci¿spidii), mantiene amis­tad con el humanista Etienne Dolet, con el poeta Mellin de Saint-Gelais y se cartea con el gran Erasmo. Y a finales de 1532 publica Les horribles et espoventables faictz et prouesses du tres renommé Pantagruel, roy des Dipsodes, fils du grant geant Gargantua (v. Gargantúa y Pantagruel). Hay que prestar fe a las repetidas declaraciones de Rabelais: el médico humanista, sin abandonar sus ocupaciones de estudioso, el continuo errar de eterno estudiante evadido de la regla monástica, ha escrito sus agradabilísimas historias para solaz propio y para provecho de la humanidad, la cual sufre, más que de cualquier otro mal, de una melancolía in­vencible: «Autre argument ne peut mon coeur élire, / Voyant le deuil qui vous mine et consume». Sea como fuere, frente a los enemigos que suscita el libro, inmediata­mente censurado por la Sorbona a causa de su obscenidad, tiene un señalado protector en el obispo de París, Jean du Bellay, quien, al ir a Roma por una misión diplo­mática, lo toma como médico suyo.

En Roma, en los primeros meses de 1534, Rabelais se interesa especialmente por la ciudad anti­gua; en Lyon, a su regreso, publicará una edición de la Topographia antiquae Romae de G. B. Marliani. Sale mientras tanto el Gargantúa que se sitúa como primer libro de su gran obra, ya popularísima. Sin des­pido regular, se aparta del Hospital en febrero de 1535, y permanece escondido durante algún tiempo, quizá por temor a medidas severas contra el autor del libé­rrimo, antiteológico y antiacadémico Gar­gantúa, en un momento en que, por el asunto de los «placards» se reanudaban las persecuciones contra los «innovadores» en materia religiosa. Unos meses después vuel­ve a Roma con Du Bellay, que ha sido elevado al cardenalato; siete meses perma­nece allí, entre el 35 y el 36, y obtiene del papa la absolución por los votos monásticos infringidos. De regreso en Francia, es nom­brado canónigo, por el cardenal Du Bellay, de la iglesia colegiata de Saint Maur-les- Fossés, pero permanece allí escaso tiempo. El 22 de mayo de 1537 es proclamado doctor en Medicina en la Universidad de Montpellier: ha perdido su puesto en el Hospital de Lyon, pero ejerce con gran honor en esta ciudad, en Narbona y en Montpellier.

Da lecciones en esta última universidad y en Lyon se hace admirar de un grupo de doctos a causa de la disección del cadáver de un ahorcado, encaminada a demostrar la felicísima disposición del cuerpo humano. Su fama de médico capaz de rescatar a los muertos que se encuentran ya en los um­brales del reino de Plutón es celebrada en versos latinos por Dolet. En este tiempo le nace un hijo, Teódulo, que morirá a los dos años. Entre los años 1540 y 1542 queda ads­crito como médico y bibliotecario en casa del hermano del cardenal de París, Guillaume du Bellay, señor de Langey, gobernador de Turín, a quien acompaña en sus frecuentes viajes a Francia. Así, en 1541 se ocupa en Lyon de una reimpresión de Gargantúa y Pantagruel, en la que se modera o disimula mucho el ataque contra la Sorbona y los teólogos. Muertos en 1543 sus dos protec­tores, Guillaume du Bellay y Geoffroi d’Estissac, se impone a Rabelais una mayor prudencia, mientras las persecuciones contra los refor­mados, adormecida durante algún tiempo, renacen con más aspereza; conserva, sin embargo, el favor de Francisco I, quien lo nombra relator suyo en 1543. Faltan noticias seguras de los años 1544 y 1545.

A comienzos de 1546 publica el Tiers livre, totalmente impregnado de «.esprit gaulois», burlón, escrito para solaz y diversión de los lectores. Aunque se evita en él cualquier alusión de carácter religioso, el libro es condenado, sin embargo, por la Sorbona. Por tal razón, pasa Rabelais a Metz, donde per­manece al servicio de la ciudad como consejero o secretario, con modestos honora­rios. En 1548 vuelve de nuevo a Italia como médico del cardenal Du Bellay; sigue dis­frutando de la compañía del ilustre huma­nista, y redacta una brillante relación de las fiestas ofrecidas a los romanos por el cardenal Du Bellay, con motivo del naci­miento del último hijo de Enrique II. Al año siguiente, en su patria, ha de defen­derse de ataques cada vez más frecuentes. No le falta, sin embargo, la estimación del nuevo rey, la protección de algún alto amigo, por lo que se decide en febrero de 1552 a publicar el atrevidísimo Quart livre, cuyos primeros dieciocho capítulos había publicado fuera de Francia en 1548. Una áspera disputa entre el papa Julio III y el rey francés hacía creer al autor que no desagradaría el durísimo ataque contra la Corte papal que constituye el episodio esen­cial del libro.

Pero la disputa entre el monarca y el papa se apaciguó y el libro quedaba expuesto a la condena de la Sor­bona y del Parlamento. Se ve en peligro el mismo autor, que desaparece y muere ignorado en París, al parecer el 9 de abril de 1553, dejando — incompleto y terminado por otros — el Cinquiesme livre. Párroco de Meudon y de Saint-Christopher de-Jambet desde 1551, había renunciado a los dos car­gos en enero de 1553. El hombre, transfigu­rado por la leyenda, enriquecido con mu­chas notas que eran más bien invenciones del prodigioso narrador, se reveló sencillo, humano, hábil para navegar diestramente entre los peligros de una época borrascosa, dotado de una inagotable sed de saber y del placer de expresarlo mediante la fantasía más desconcertante. Nos queda de él tam­bién aquella enormidad suya, su abandono a todos los excesos, que constituye la diver­sión de una naturaleza fuerte, robustamente enraizada en la vida, nunca separada de la realidad, de una mente lúcida, que a veces se complace en el juego y la pirueta indes­cifrable de palabras e imágenes. Magnífico representante del primer Renacimiento, entusiasta y sincero, desaparece cuando las luchas religiosas, que pronto desembocarán en guerras civiles, parecen oscurecer el sol de la cultura renacida.

V. Lugli