Focio

Nació en Constantinopla durante el primer cuarto del siglo IX, en una familia emparentada con la dinastía reinante, y murió en Hieria en 892.

Hombre de gran cultura, profesor en la Universidad de la capital, maestro admirado por muchos, escritor y promotor de las humanidades (v. Biblioteca, Epístolas, Léxico), con su infatigable acti­vidad alentó el florecimiento cultural bizan­tino de la segunda mital del siglo IX. Tuvo por discípulo y amigo a Constantino-Cirilo, el gran apóstol de los eslavos, cuya misión en Moravia promovió.

Servidor de la corte, dirigió una legación enviada al califa de Bagdad, y permanecía al frente de la can­cillería imperial cuando en 858, Bardas, mi­nistro de Miguel III, llegado al poder por una conjura palaciega, le designó, a pesar de ser seglar, y por ello excluido según los cánones, sucesor de Ignacio, patriarca de Constantinopla.

Nombrado por la emperatriz Teodora, Ignacio resultaba por tal razón sospechoso al nuevo régimen; de otro lado, un grupo de eclesiásticos ponía en duda desde hacía tiempo la validez de su elec­ción. Y así, relegado por Bardas a una isla, se le quiso forzar a la abdicación.

Dados tales precedentes, cuando se planteó el pro­blema de la sucesión, los obispos consagra­dos por Ignacio, a fin de garantizar su situa­ción eclesiástica, requirieron de Focio el com­promiso jurado de considerar siempre vá­lido el patriarcado del dignatario depuesto y, en consecuencia, las órdenes sagradas por él conferidas.

Prometido esto, el nuevo pa­triarca fue aceptado por todos. Sin em­bargo, pronto los prelados vinculados a Ig­nacio creyeron advertir en la conducta de Focio una violación de sus promesas, por lo que dejaron de reconocerle; entonces, para castigar a estos adversarios, Focio convocó un sínodo, en el que se declararon no válidas la elección y actuación de su predecesor.

Tan graves acontecimientos fueron comunicados al papa Nicolás I por el nuevo patriarca y el emperador de una manera escueta y eva­siva, debido a lo cual el pontífice no quiso adoptar determinación alguna antes de ha­ber sido informado mejor por Radoaldo y Zacarías, obispos, respectivamente, de Porto y Anagni que envió a Constantinopla; los legados, empero, cedieron a las presiones ejercidas sobre ellos y, excediéndose en sus atribuciones, reconocieron a Focio, por lo cual fueron excomulgados por el papa.

Mientras tanto, algunos partidarios de Ignacio llega­dos a Roma a fines del 862 obtenían en el sínodo del año siguiente la plena condena­ción del patriarca impuesto. Las cosas lle­garon a su punto crucial cuando en 866, y a instancias del rey Boris, Nicolás I mandó a Bulgaria una legación destinada a esta­blecer en aquel país la jurisdicción romana.

Al verse excluido de un territorio donde poco antes organizara la Iglesia y en el cual poseía el Imperio intereses directos, Focio reunió un concilio en el verano de 867 y atrevióse a excomulgar al pontífice. En sep­tiembre, no obstante, Basilio I asesinó a Miguel III y, llegado al poder, de acuerdo con sus conveniencias expulsó al patriarca nombrado por su antecesor y llamó a Igna­cio.

Un concilio ecuménico (869-70) renovó la condenación de Focio, que hubo de marchar al destierro. En 872, empero, volvió a la corte como preceptor de los hijos de Basi­lio I y se reconcilió con Ignacio, a cuya muerte (877), y a pesar de numerosas pro­testas, ocupó por segunda vez la sede pa­triarcal.

A petición del emperador, e inte­resado en fomentar la paz, el papa Juan VIII se avino a reconocerle, siempre y cuando renunciara a Bulgaria y se excusara ante el concilio de su actuación pasada. Sin em­bargo, Focio declaró competencia del empera­dor la cuestión búlgara, negóse a pedir el citado perdón, amparándose en una supues­ta inocencia, y tomó las medidas oportunas para convertir la asamblea conciliar del 879 en una exaltación de su persona y una re­probación tácita del concilio de 869.

Ello valióle un amargo reproche del pontífice, quien, no obstante, según parece ya demos­trado, no insistió en la excomunión; lo mis­mo cabe creer respecto de los sucesores de Juan VIII, con la sola excepción de For- moso, acerca de cuya actitud persisten algu­nas dudas. En años sucesivos, Focio intentó, aun cuando en vano, obtener de Roma una revisión de las sentencias pronunciadas con­tra su primer patriarcado; finalmente, lle­gado al trono el nuevo emperador, León VI, y por razones todavía no esclarecidas, obli­góle a abdicar (886).

El ex patriarca se retiró al monasterio de Gordon, de los «ar- meniakoi», y luego a Hieria, donde murió en 892. Durante los últimos años de su vida compuso el tratado De la Mistagogía del Espíritu Santo.

En un adecuado juicio sobre Focio cabe considerar, más bien que las cir­cunstancias discutibles de su ascensión al patriarcado, las divergencias ideológicas y las rivalidades en que desempeñó el papel de protagonista, o sea los litigios político– eclesiásticos de Bulgaria y los conflictos sobre la constitución y el gobierno de la Iglesia provocados por los recursos elevados a Roma a que diera lugar su nombramiento: según el criterio que se adopte, aparece como valeroso defensor de los derechos de la Igle­sia bizantina o bien resulta, en el lado opuesto, un triste fautor del cisma y la he­rejía; sea como fuere, difícilmente cabe ab­solverle de la obstinada ambición y el orgu­lloso amor propio mal disimulado por los silencios o las cortesías del diplomático de gran clase, y ni en el conflicto con Ignacio ni en las divergencias con Roma puede afir­mar historiador alguno que Focio supiera sacri­ficar de su parte algo en favor de la paz y la unidad de la Iglesia.

P. Stephanou