(Bayo o Baius). Nació en Mélin en 1513 y m. el 1.° de septiembre de 1589. Puede ser considerado como prototipo de los irenistas modernos.
Los brillantes éxitos que consiguió en el estudio le llevaron, ya a los 31 años, a ser miembro del Consejo de su Universidad. No obstante, las sospechas suscitadas por su amistad con Juan Hessels le retardaron la obtención del magisterio en teología.
La Universidad de Lo- vaina era entonces famosa por su intransigencia frente a las doctrinas protestantes, y las ideas de los dos sospechosos tendían, en cambio, a crear un movimiento apologético muy susceptible de revelarse peligrosámente contrario a tal rigor.
Ambos se proponían, efectivamente, llevar de nuevo el estudio de la teología hacia la Sagrada Escritura y los Santos Padres antiguos, el primero de todos San Agustín, que disfrutaban de crédito entre los protestantes, lo cual induciría a tratar principalmente los temas por éstos preferidos; además, con el pretexto de limpiar las enseñanzas de estos Padres de las adiciones posteriores dejaban de lado puntos sustanciales de la doctrina escolástica.
En aquel tiempo las ideas de Bay figuraron solamente en unos cuantos opúsculos — De libero hominis arbitrio et ejus protéstate; De justitia et justificatione; De sacrificio (v. Opúsculos) —, que, sin embargo, se hallaban muy difundidos, sobre todo en los conventos franciscanos.
Enviados por la Universidad al Concilio de Tren- to, los dos amigos se salvaron de la condena sólo gracias a su categoría de teólogos del rey católico y a la prisa de los eclesiásticos por clausurar cuanto antes la asamblea.
A pesar de haber sido condenadas por la Facultad de Teología de la Sorbona varias de sus proposiciones, ambos perseveraron en la propaganda de sus ideas (Bay escribió otros opúsculos, desde el De mentís operum hasta el De forma baptismi); finalmente, el 1.° de octubre de 1567 Pío V publicó la bula Ex ómnibus affectionibus, donde condenaba 67 puntos de los bayanistas.
A partir de entonces, empezó para Bay el balanceo entre las sumisiones y las apologías, que no cesó hasta poco antes de su muerte, aun cuando ello no perjudicara en absoluto, debido a su gran prestigio, ni su carrera ni su fama.
El mismo P. F. Tolet, que había llegado a Lo vaina para entregarle otra bula condenatoria (esta vez de Gregorio XIII), dijo, al partir: «Nihil Baio doctius, nihil humilius»; y él mismo, poco después, obtuvo, también del citado pontífice, un breve muy benévolo.
Indudablemente, Bay no fue ni un heresiarca ni un sectario; sin embargo, su humildad disciplinaria no debe ser confundida con la mental. Su doctrina dejó marcado un surco profundo, y al cabo de poco tiempo halló un continuador en Jansenio (v.).
C. Falconi

