Fernão Lopes

Nació en torno a 1380 y murió hacia 1460. Fue el cronista portugués más ilustre, y el primero de los grandes prosis­tas de su país. No tenemos noticias sobre los primeros cuarenta años de su vida. En 1418 se le nombró conservador del Archivo general del Estado de la «Torre do Tombo», en Lisboa, y en 1434, por iniciativa del rey don Duarte (de quien, como anterior­mente de su padre don João I, fue secretario), cronista oficial del reino. Beneficiario del testamento del infante don Fernando — del que en 1422 fuera escribano y al cual su hijo Martín acompañó en calidad de médico a Marruecos, donde murió luego cautivo — siguió desempeñando el cargo de cronista durante el reinado de Alfonso V. Sustituido en 1454 a causa de su ancianidad por Gomes Eannes de Zurara en sus fun­ciones de archivero, vivía aún en 1459.

Su obra comprende la Crónica de Pedro I (v.), la Crónica de don Femando y la Crónica del rey don Juan I (v.), textos en los cua­les narró acontecimientos contemporáneos: la crisis nacional de 1383, la insurrección popular que hizo del infante don João el primer rey de la dinastía de Avis y la gue­rra contra Castilla. Por sus dotes literarias y su conciencia de historiador Lopes resulta uno de los más eminentes cronistas medie­vales. Con la viveza y la complejidad de los caracteres (así por ejemplo, el de Leo­nor Teles, esposa de don Fernando) atrae a los lectores, a quienes, además, cautiva por el dramatismo de ciertos pasajes (mencionemos aquí el del asesinato del conde Andeiro), y evoca admirablemente una época de intensa exaltación colectiva. Su estilo, vigorosamente incisivo, abunda en metáfo­ras.

Como historiador revela una preocu­pación moderna por la objetividad; y, así, basándose en documentos de archivo y en crónicas y testimonios de hechos todavía recientes, refiere a veces tres o cuatro ver­siones del mismo suceso, que no comenta. Su historia es total: omite el criterio cor­tesano de su época, hace del pueblo, amante de la independencia, el gran personaje de sus Crónicas y no oculta las debilidades humanas de los reyes. Quizá en alguna oca­sión puede parecer, a pesar de su escru­pulosidad, poco imparcial: ello ocurre cuan­do, arrebatado por el entusiasmo de lo que en su opinión es el «evangelio lusitano», distingue entre portugueses buenos y malos.

J. Prado Coelho