Ferdinand Lassalle

Nació en Breslau el 11 de abril de 1825 y murió en Ginebra el 31 de agosto de 1864. Hijo de un acaudalado comerciante hebreo apellidado Lassal, rom­pió la tradición de sus antepasados, todos los cuales se habían dedicado al comercio, y deseoso de entregarse al estudio, frecuen­tó las Universidades de Berlín y Breslau y se doctoró en Filosofía. Apenas graduado trasladóse a París, donde transformó su apellido en Lassalle. Gracias a Heine, quien le introdujo en los medios políticos e inte­lectuales, fue madurando sus ideas políticas en contacto con Proudhon y los socialistas marxistas. Vuelto a Berlín, enzarzóse en el clamoroso proceso de separación entablado entre la condesa Sofía Hatzfeld y su esposo, litigio en el cual Lassalle apareció como defen­sor, acusado y finalmente como vencedor, al cabo de nueve años de lucha. En 1848 conoció a Karl Marx, quien influyó en él profundamente; participó en la agitación subversiva de este año, y a causa de un discurso pronunciado en Düsseldorf sufrió una primera condena de seis meses de cár­cel.

Tras un intenso paréntesis de estudio, en cuyo transcurso llevó a término sus in­vestigaciones sobre Herdelito [Die Philosophie Herakleitos des Dunklen von Ephesos, 2 vols., 1858], halló la finalidad de su vida en la emancipación de los obreros, y pronto fue reconocido jefe del partido revolucio­nario. El año 1848 habíale ofrecido el ejem­plo de un movimiento nacional y socialista al mismo tiempo; y así, la fusión de ambas tendencias habría de resultarle decisiva. De­dicó algunas de sus obras a la causa de la independencia y la unidad alemanas, entre ellas la tragedia Franz von Sickingen (1859) y Der italienische Krieg und die Aufgabe Preussens, donde exhortaba a Prusia a va­lerse de la guerra entre Austria e Italia para llevar a cabo la unificación de Ale­mania. En 1861 visitó incluso a Garibaldi en Caprera a fin de incitarle al ataque con­tra Austria, que permitiría librar a Prusia de la pesada tutela austríaca a los estados alemanes. Poco después confió en Bismarck y fue también a su encuentro para indu­cirle a la política que el estadista muy pronto habría de iniciar, siquiera con otras intenciones y finalidades.

Lassalle aconsejóle la concesión del sufragio universal, seguro de que, aprovechando esta arma, la clase obrera podría adueñarse del poder; para él, en efecto, la supremacía del «cuarto es­tado» no se vería lograda con una revolu­ción contra la entidad estatal, antes bien, debía ser obra de esta misma, la cual ten­dría que asumir en sus manos «la gran causa de la libertad de asociación de los individuos y considerar un deber sagrado el ofrecimiento a éstos de los medios y la posibilidad de tales auto asociación y auto  organización»; así lo dice en el manifiesto- programa dirigido el 12 de abril de 1862 a los obreros alemanes (v. Programa de los trabajadores). En julio del mismo año mar­chó a Londres para obtener de Marx el apoyo a sus planes; sin embargo, existían entre ambos excesivas disparidades de cri­terio, aunque Lassalle aceptaba del marxismo la crítica de la economía capitalista y la «ley de bronce» del salario según la cual este último, en un régimen burgués, tiende siem­pre a bajar al nivel mínimo.

Tales ideas aparecen expuestas singularmente en dos textos, uno de 1861 y el otro de 1864: El sistema de los derechos adquiridos (v.) y El señor Bastiat-Schulze de Delitzsch (v.), etc. La «Asociación General de Trabaja­dores Alemanes», fundada por Lassalle en 1862, viose pronto perseguida por el gobierno, y su creador fue detenido; Bismarck, pues, se le revelaba francamente hostil, y el Es­tado, cuya conquista había creído poder llevar a cabo con relativa facilidad, resul­taba un grave obstáculo en el camino de la clase obrera. Llegó entonces la catástrofe. Lassalle enamoróse de Elena Donninger, que le correspondió y se le entregó a pesar de la aversión de su familia, noble y conserva­dora, hacia el hebreo subversivo; caballerosamente, el amante devolvióla a su casa; pero al advertir que la joven, humillada por ello, nada quería saber ya de él, puso en movimiento a medio mundo para inten­tar el asalto del hogar, insultó a la mucha­cha y a sus parientes y provocó de esta suerte la intervención del ex novio de Ele­na, el conde Janeo de Rankowits, quien le dio muerte en duelo.

F. Catalano