Fedor Mikailovich Dostoievski

Nació el 30 de octubre de 1821 en Moscú y murió el 28 de enero de 1881 en San Petersburgo. Es una de las mayores figuras de la historia literaria de todos los tiempos y de las per­sonalidades más complejas de la vida espi­ritual rusa de la segunda mitad del si­glo XIX.

La valoración de su pensamien­to, tal como lo expresó él mismo en sus novelas, ha sido llevada a cabo no sólo por críticos literarios, sino también por filósofos rusos y extranjeros. A algunas experiencias de su propia vida debió, sin duda, los mo­mentos más característicos de su evolución; pero no por ello cabe juzgar completamente justificada la división de su biografía en dos partes: la anterior y la posterior a su condena a trabajos forzados (1849-53), se­guida por el destierro hasta 1859.

Hijo de un médico militar, la precaria situación familiar hace que tenga una infancia y adolescencia tristes, aliviadas únicamente por la afición a la lectura. Tras haber rea­lizado estudios secundarios en un colegio particular de Moscú, ingresó en 1837 en la Escuela Militar de Ingenieros de San Peters­burgo, donde más bien que las ciencias cul­tivó la literatura.

De esta preferencia no le alejó nunca el servicio que hubo de pres­tar durante dos años en el ejército. En el invierno de 1844-45 escribió su primera no­vela, Pobre gente (v.), que, acogida por el crítico Belinski como revelación de un nuevo gran autor, fue publicada en 1846 en una colección dirigida por Nékrasov.

El éxito fue esperanzador, pero no decisivo; las narraciones que siguieron, El doble (v.), El señor Prokarchin, La patrona (v.), deja- t ron indiferente al público y desilusionaron a Belinski. Mientras tanto, graves aconte­cimientos alteran la existencia del escritor: es encarcelado por su participación en las reuniones celebradas en el domicilio del so­cialista Petrashevski y luego condenado a muerte, conmutada, momentos antes de la ejecución, por cuatro años de trabajos for­zados en Siberia.

Una novela concebida con mayor amplitud de criterio, Netochka Nezvanova (v.), permaneció incompleta y no fue terminada hasta que, al cabo de nueve años, el autor pudo entregarse de nuevo a la literatura. En el curso de este período, una serie de experiencias dolorosas habían desarrollado de manera excepcional su ca­pacidad de introspección.

El matrimonio contraído con la viuda Isaev no le procuró la serenidad que hubiera necesitado tras su cautiverio, únicamente la literatura pudo, al vincularle de nuevo a su quehacer ante­rior, darle una razón de vida; tal reanuda­ción se vio impulsada por el recuerdo del presidio, en el cual el escritor inspiró las vigorosas páginas de los Recuerdos de la casa de los muertos (v.), y por los años de destierro, durante los cuales había procu­rado tenazmente encontrarse a sí mismo, entre otras actividades con la novela Stepanchikovo (v.), publicada en 1859, cuando se le permitió, finalmente, el regreso a San Petersburgo y la vuelta a su labor peculiar.

Inicialmente, esta reanudación presentó un carácter periodístico: en colaboración con su hermano Mikail, Dostoievski inició a principios de 1861 la publicación de una revista, Vremia [El Tiempo], en la que aparecieron, además de Recuerdos de la casa de los muer­tos, la novela Humillados y ofendidos (v.) y numerosos artículos de crítica literaria.

Se hallaba ya en potencia lo que habría de constituir la nueva orientación del autor, o sea el intento de conciliar sus tendencias ideológicas rusas: el occidentalismo, para él también punto de partida, y el eslavofilismo, hacia el cual iba tendiendo cada vez más. Sin embargo, el intento viose fre­nado por su primer viaje a Occidente, a Inglaterra, Francia y alemania, que suscitó en Dostoievski duros juicios contra la civilización occidental, expresados en Notas de invier­no sobre impresiones de verano y reanu­dados más tarde, a partir de 1873, en el Diario de un escritor (v.).

Suprimida la revista El Tiempo, en 1863 ambos herma­nos intentaron continuarla bajo un nuevo título, Epoka [La época], pero con escaso éxito. Mientras tanto, la existencia del no­velista había llegado a ser cada vez más dolorosa, en particular a causa de tres acon­tecimientos: el vínculo amoroso con Apolinaria Suslova (la futura esposa del filósofo Rozanov), muchacha a la que el mismo Dostoievski llamó «mujer infernal», y la muerte casi simultánea de su propia esposa y de Mi­kail, el hermano.

La lucha del autor por la vida y para cubrir las deudas de la re­vista fracasada, al propio tiempo que para ayudar a la familia del difunto, llegó a ser desesperada — tanto, que sólo puede comprenderse leyendo la única narración escrita por Dostoievski en 1864, las Memorias del subsuelo (v.) —, y marcó, según se vio pos­teriormente, el punto de partida de toda su producción ulterior. A la «revalidación de todos los valores» que anida en el fondo de esta trágica negación de la vida por un proscrito de ella contribuyeron las expe­riencias con Suslova y los dos años de un nuevo viaje al extranjero, durante los cua­les el escritor fue dominado por la pasión del juego.

Sin embargo, la pasión de la creación literaria resultó aún más fuerte, y con la novela Crimen y castigo (v.), es­crita en 1865-66, se inicia la serie de las grandes narraciones que valieron a Dostoievski la fama de que gozó a partir de entonces. Pre­cisamente cuando estas obras hubieran po­dido mejorar la situación financiera del autor, agravóse ésta a causa de un absurdo contrato con el editor Stellovski, que entre otras cláusulas señalaba la obligación de entregar una obra dentro de un breve plazo.

Ello le forzó a servirse de una taquígrafa, A. G. Snitkina, gracias a la cual no sólo compuso la novela El jugador (v.), sino que entrevió la posibilidad, siquiera lejana, de mejores tiempos. Dostoievski la hizo su esposa en febrero de 1867 y compartió con ella dolo­rosos episodios —particularmente en el ex­tranjero, adonde ambos hubieron de mar­char para eludir la persecución de los acree­dores y donde el novelista se vio de nuevo atraído por la pasión del juego —, pero muy pronto también las satisfacciones de un éxito que ya Crimen y castigo, al echar sus cimientos, había permitido vislumbrar.

En­tre 1868 y 1880 aparecieron, efectivamente, sus nuevas e importantes novelas El idiota (v.), Los endemoniados (v.), El adolescen­te (v.) y Los hermanos Karamazov (v.), esta última dentro del marco del proyectado ciclo La vida de un gran pecador, que no llegó a realizarse. Durante los años 1873- 76, y luego en 1881, hasta poco antes de su muerte, Dostoievski fue publicando también men­sualmente el original y personal Diario de un escritor, que acrecentó su influencia, a pesar de las controversias vinculadas ya a las novelas o bien al mismo Diario, de carácter político-ideológico.

En ocasión del discurso pronunciado por el autor en Moscú el 8 de junio de 1880 con motivo de la inau­guración del monumento a Pushkin, pare­ció concentrarse en tomo a su nombre todo el sentimiento y el pensamiento de Rusia. La aparición de Dostoievski a mediados del siglo XIX significó para la literatura rusa un estímulo vital en el tono de los problemas afron­tados, coincidente con la evolución cada vez más acentuada desde el ambiente literario de la nobleza, cuyo representante máximo fue L. Tolstoi, hasta los «raznochincy», la clase no noble que genéricamente podría­mos denominar «inteligentzia» burguesa, in­tegrada por funcionarios, intelectuales, clé­rigos y otros elementos afines.

A los temas de este nuevo mundo, que había producido ya poetas, narradores y críticos, dio nues­tro autor precisamente el carácter deno­minado dostoievskiano, donde racionalidad e irracionalidad chocan entre sí en cuanto a la valoración intelectual, y la normalidad se funde con la anormalidad respecto a la penetración psicológica.

Partiendo de la rea­lidad sentimental de Pobre gente, manifes­tada la revelación de la duplicidad de la personalidad humana en El doble, lleno ya de las trágicas experiencias del cautiverio — a pesar del inesperado regreso al senti­mentalismo de la primera novela, que apa­rece más agudo en Humillados y ofendi­dos — y alcanzada la etapa de Memorias del subsuelo, donde la comprensión de la duplicidad, interior veía abierto el camino de salida del «superhombre», como instante apropiado para el repliegue sobre sí mismo expuesto en Crimen y castigo, Dostoievski se había visto enfrentado gradualmente a la trascen­dental misión de analizar la naturaleza del delito, y su primer deseo fue buscar el contrapeso a su personaje Raskolnikov en el plano individual; ello dio origen a la figura del príncipe Myshkin de El idiota, ya en un nivel metafísico opuesto a la apreciación meramente materialista de los valores morales, predicada por los nihilis­tas.

El paso siguiente al plano social pare­cía inevitable, lo que motivó la novela Los endemoniados, no demasiado injustamente calificada de revolucionaria por quienes la consideraron sólo desde el punto de vis­ta social-político; pero, en realidad, más compleja ideológicamente en la multiplici­dad de su antítesis: cristianismo-nihilismo, religión-materialismo y Rusia-Europa.

En este último aspecto presenta una significa­ción particular la novela El adolescente, en la que la capacidad del pensamiento ruso queda simbólicamente expresada en el hé­roe, en quien confluyen los dos elementos característicos y opuestos del pueblo y la «inteligentzia», encuentro-contraste sobre el cual más tarde volvería ampliamente Dostoievski en el Diario de un escritor.

El alcance del des­arrollo que hubieran podido presentar en La vida de un gran pecador las antítesis iniciadas con el hombre del «subsuelo» y personificadas en los dos héroes de Crimen y castigo y El idiota, puede vislumbrarse en la última gran novela Los hermanos Karamazov, en la que, en términos artísticos, el estilo dostoievskiano logra su mayor ex­presión en la alternancia de unos momentos que hoy denominaríamos de novela poli­cíaca con otros de elevado «pathos» meta- físico revestidos de contingencia realista.

Ya en un sentido o en otro, la influencia de Dostoievski, incluso fuera de Rusia, ha sido amplia y profunda, aunque no puede hablarse de una escuela dostoievskiana artística ni ideo­lógica.

E. Lo Gatto