Federico II de Suabia

Nació el 26 de oc­tubre de 1194 en Jesi (Ancona) y murió el 13 de diciembre de 1250 en Castel Fiorentino, cerca de Lucera (Foggia). Domina medio siglo de historia medieval como rey de Sicilia y emperador.

Hijo de Enrique VI y Constanza de Altavilla, una vez muerto su padre fue llevado a Palermo y coronado soberano de la isla en 1198. Al morir la madre poco después, quedó confiado a la tutela de Inocencio III. A los catorce años fue declarado mayor de edad y a los quince se casó con Constanza, hermana de Pedro I de Cataluña y II de Aragón, que le aven­tajaba en diez.

Con el apoyo del Papa, mar­chó todavía muy joven a alemania para hacer valer sus derechos, siendo coronado emperador en Aquisgrán y luego consa­grado en Roma por Honorio III en 1220. Vuelto a Sicilia, impuso allí un régimen centralista y burocrático, luego codificado en las Constituciones de Melfi; desposeyó de una serie de privilegios a los señores feudales y a las ciudades y, dominados los sarracenos rebeldes, estableció en Lucera una colonia de ellos, que le permaneció fiel y de cuyas costumbres participó.

Aun cuan­do pretendiera luchar por la fe cristiana, viose acusado de incrédulo y anticristo. Gregorio IX le excomulgó por su abandono de la cruzada, que, sin embargo, fue llevada finalmente a cabo y terminó sin derrama­miento de sangre mediante un acuerdo con, el sultán Al Kamil (1229), por el cual Federico se coronó rey de Jerusalén, título que ya le correspondía en cuanto esposo de su se­gunda mujer Yolanda, hija del monarca Juan de Brienne.

Sin embargo, el liberta­dor del Santo Sepulcro manifestó un gran interés por la cultura y las costumbres de los infieles, entabló amistad con el sultán y vivió a la usanza musulmana. A su regreso, concluida la paz con el Papa, dedi­cóse a mejorar la organización del Estado y, llevando incluso a la cultura la tenden­cia laica, fundó la Universidad de Nápoles (1224).

En su corte se reunieron casi todos los sabios más ilustres de la época, y sus mismos hijos naturales Enzo, Manfredo y Federico de Antioquía mostraron interés por la poesía. El emperador aficionóse a todas las ramas del saber científico y literario, y en torno a 1240 envió «cuestionarios» filo­sóficos a los eruditos del mundo islámico.

Juzgó la cultura no sólo el más valioso ador­no del espíritu, sino también el mejor me­dio para la elevación del hombre e incluso instrumento necesario para la formación de una opinión pública y, por lo tanto, de un nuevo y poderoso órgano de gobierno. Co­nocedor del latín, el vulgar, el francés, el alemán, el griego y el árabe, promovió diversas traducciones de tratados y obras científicas. Su nombre figura sólo en cuatro composiciones poéticas de los códices (v. Rimas); sin embargo, se le discute la pa­ternidad de algunas de ellas, así como de otras composiciones.

Federico dio vida a una «es­cuela» de poesía denominada siciliana, con características propias y, según el ejemplo provenzal, inclinada a tratar en el vulgar italiano la «quaestio de amore». El sobe­rano quiso que los mejores de sus funcio­narios participaran en la citada academia poética, por lo que la corte, como afirma Dante en De vulgar elocuencia (v.), con­virtióse en el centro de la poesía europea, e incluso los poetas extranjeros (provenzales y alemanes) cantaron las alabanzas de Federico Éste, empero, fue más bien un cien­tífico, y por ello el fruto de su mejor acti­vidad literaria es un tratado de ornitología en latín: El arte venatoria con aves (v.), su única obra extensa.

Abundantes y, en cier­tas ocasiones, tumultuosos resultaron los epi­sodios de su vida política. En la lucha con­tra la Iglesia, reanudada con dureza bajo los pontífices Gregorio IX e Inocencio IV, y en la que le enfrentó a una segunda Liga lombarda, se agotó la admirable vitalidad de este hombre extraordinario, pero des­graciado genial a causa de sus ideas, que ‘iban más allá de su época, y forzado, a la vez, por su propia dignidad a sostener la institución imperial, ya en descomposi­ción.

Cruelísimo en las represiones, reac­cionó siempre con indomable energía ante los fracasos. Una violenta fiebre le llevó a una muerte inesperada, a los cincuenta y cuatro años. Sus restos fueron trasladados a la catedral de Palermo, donde reposan todavía en un bello sarcófago.

E. Li Gotti