Ezra Pound

Escritor norteamericano. Nació en Hailey (Idaho) el 30 de octubre de 1885 y no contaba todavía dos años cuando su familia se instaló en Pensilvania. Parti­cularmente atraído por las civilizaciones orientales, frecuentó durante dos años la Universidad de Pensilvania como estudiante libre. En 1903 pasó al Hamilton College, en Clinton (Nueva York) y recibió el diploma de graduado en 1905. El mismo año, volvió a la Universidad de Pensilvania, como encargado de conferencias en la Facultad de lenguas y literaturas románicas, y sostuvo una tesis doctoral. El año siguiente viajó por España, Italia y Francia, en busca de docu­mentos para una obra sobre Lope de Vega. De regreso a su patria, en el otoño de 1907, aceptó un puesto de profesor en el Wabash College, en Crawfordsville (India­na), pero acusado de excesivo europeísmo y de ser demasiado original, tuvo que dimitir de sus funciones. Partió de nuevo para Europa y, tras una breve estancia en Italia, se estableció en Londres.

Allí frecuentó a T. E. Hulme, cuyas ideas estéticas forman sin duda el núcleo originario del «imagism», y todo un grupo de poetas ingleses: F. S. Flint, Hilda Doolittle, R. Addington, etc., a los cuales insufló nuevo ardor y el gusto por la poesía china; al mismo tiempo atraía a su órbita a poetas norteamericanos, entre otros a Amy Lowell. El papel de esta última hízose preponderante cuando Pound abandonó el movimiento para fundar en 1934 con Wyndham Lewis, la revista Blast. Hasta 1912 el escritor se había interesado en la revista Poetry, fundada en Chicago por Hariet Monroe, de la cual dirigió la sec­ción extranjera. De 1917 a 1919 colaboró en la Little Review de Londres, y ayudó y alentó a jóvenes autores, entonces poco conocidos, como James Joyce y T. S. Eliot. El mayor título de gloria de la Little Review fue la publicación por entregas de Ulises (v.) de Joyce antes de que apareciera el libro. En 1920, Pound abandonó Inglaterra y se trasladó a París, y cuatro años más tarde pasó a Italia para instalarse en Rapallo. Allí fundó (1927) y dirigió la revista Eocile de la que sólo aparecieron unos pocos nú­meros, y el mismo año obtuvo el premio Dial por los servicios que había prestado a la literatura norteamericana.

En 1939, tras dieciocho años de ausencia, pasó una breve temporada en los Estados Unidos y fue nombrado doctor «honoris causa» del Hamilton College. Esta acción de intercam­bios culturales entre Europa y Norteamé­rica es una parte importante, pero no esen­cial, de la obra de nuestro autor. Sus ensayos críticos, en efecto, tienen una importancia fundamental. En 1910 había publicado El espíritu del mundo románico, obra que daba a conocer o valoraba poetas como Villon, antaño apreciados por los escritores de len­gua inglesa. Pound ha explorado épocas ente­ras de diversas literaturas — desde la Anti­güedad clásica a los chinos y japoneses, desde los anglosajones a los provenzales y los italianos del «stil novo» — con lo que ensanchó inmensamente el horizonte cultu­ral, la conciencia y la experiencia poéticas, y también el campo de la crítica. Un buen ejemplo de ello — entre muchos otros — lo constituye la excelente edición del poeta florentino Guido Cavalcanti de la que cuidó con sumo esmero. El año 1912 se considera, no sin razón, un año excepcional en la his­toria de la poesía norteamericana.

Tras un largo período de incubación, se produjo un florecimiento tan abundante que ni la pri­mera Guerra Mundial pudo interrumpir. Era una poesía revolucionaria que exigía una renovación de la crítica, y cabe a Pound el mérito de haber condenado el modo mansa­mente académico con que hasta entonces se había abordado la literatura moderna. Así aparecieron sus obras Cómo leer (1931), El A B C de la lectura (1934), y, el mismo año, Cosas nuevas, Guía de la cultura (1938). La amplia selección de estos ensayos críti­cos, debida a T. S. Eliot (Ensayos literarios de Ezra Pound, 1954), permite apreciar este aspecto de la actividad de nuestro autor. Muchas de las observaciones de Pound sobre el arte de escribir en poesía, son, en efecto, de una validez permanente. El poeta im­pone a la atención de sus contemporáneos, no solamente autores y obras, sino regiones enteras de la literatura que en adelante ya no se podrán ignorar. La crítica de Pound, na­cida para acompañar una renovación de la poesía (y ese acompañamiento fue un éxito), se interesa mucho más por los problemas de técnica literaria que por las cuestiones de orden espiritual, y sería inútil buscar en su obra una respuesta a tales cuestiones.

Pero no es menos cierto que, sin las obras de Pound, sería difícil comprender algunos as­pectos de la poesía moderna. Así, pues, la importancia del crítico rebasa la del poeta. Su colección de poesías líricas Personae (1926), reeditada en 1949, contiene un con­junto de ejercicios literarios, casi todos ellos notables, obra de un escritor de gusto y de cultura muy eclécticos. Esta colección recoge además algunos poemas — poesías de juventud o aparecidas en revistas — así como versiones más o menos libres de poe­tas latinos, de trovadores y de rimadores italianos. Pero la obra poética más impor­tante de Pound son los Cantos (v. Poesías), que compuso y publicó en diversas épocas. Ochenta y cuatro de estas composiciones, reunidas en un volumen en 1949 bajo el título de Pisan Cantos, constituyen una especie de poema épico muy libre, sin enca­denamiento, y una autobiografía intelectual en la que abundan reminiscencias y citas de todo orden. Durante la segunda Guerra Mundial, Pound, bajo pretexto de tratar proble­mas económicos, dio en Italia una serie de emisiones de propaganda fascista y anti­americana. Hecho prisionero por sus con­nacionales en el momento de la liberación, fue internado en una clínica para enfermos mentales, en Washington. En la actualidad sigue allí todavía; con ello escapó a una condena por alta traición.

S. Rosati