Fue hijo de Euforión y nació en Eleusis en 525 a. de C., murió en Gela (Sicilia) el año 456. Acerca de su vida poseemos sólo dos fuentes continuadas y narrativas: las escuetas notas del biógrafo del «Códice mediceo» (en el que figuran sus siete tragedias conservadas) y la breve alusión del Léxico (v.), de Suidas.
Pueden obtenerse también algunas informaciones de Las ranas (v.), la comedia en la cual Aristófanes enfrenta a Esquilo y a Eurípides en un vivo litigio por la primacía en el Hades, y del «Mármol Parió», inscripción cronográfica griega del siglo III a. de C.
Sin embargo, la curiosidad moderna no queda muy satisfecha cuando se trata de un artista del siglo V; el interés de los contemporáneos de Esquilo o Píndaro, por ejemplo, se dirigía mucho más a las obras que al escritor y, por otra parte, los biógrafos posteriores, pertenecientes a las escuelas platónica o aristotélica, reunieron sus datos obedeciendo a un amor de carácter sabio y de acuerdo con principios que hoy no aceptaríamos en absoluto.
La época de su nacimiento resulta bastante segura, ya porque Eustacio declara que Píndaro vio la luz durante el arcontado de Abrono (518-17), «en los tiempos de Esquilo», o bien por la información del Léxico de Suidas, según la cual Pratinas compitió con el gran trágico y Coerilos en la septuagésima olimpíada (500 a. de C.); aun dejando aparte el detalle que nos presenta entonces al poeta en los veinticinco años, resulta por lo menos clara su mayoría de edad.
No debe concederse demasiada importancia a la circunstancia de que el «Mármol Parió» sitúe el apogeo de Esquilo en tiempos de Maratón y en los treinta y cinco años del trágico: tal coincidencia es sospechosa; por otra parte, es un recurso típico de la técnica biográfica establecer la fecha de nacimiento de un artista de treinta a cuarenta años antes de su florecimiento.
No poseemos noticias directas sobre la formación cultural de Esquilo En sus dramas se revela óptimo conocedor de la epopeya, Homero, su ciclo y Hesíodo; en él cabe advertir asimismo las influencias de los líricos y de Solón. Vióse atraído por la fascinación de los misterios, en los cuales, empero, no estuvo nunca iniciado: Aristóteles y Clemente Alejandrino, los cuales citan un proceso por él sufrido a causa de la revelación de ciertos ritos sagrados, afirman que salió absuelto, por cuanto no podía profanar algo desconocido.
Independientemente de su autenticidad, tal episodio manifiesta que el hombre de quien Deméter «informara el espíritu», no estaba vinculado al culto eleusino. Soldado valeroso, luchó varias veces por Atenas; fue uno de aquellos combatientes de Maratón, «duros como encinas», a quienes Aristófanes admiraba y lloraba, y los atenienses coetáneos honraban en teoría, pero olvidaban en la práctica.
Su comportamiento en la famosa batalla, en la que su hermano Cinegiros cayó mientras arrebataba las banderolas de una embarcación enemiga (Es., VI, 114), aparece recordado en un epitafio, dictado probablemente por el mismo poeta o, cuando menos, digno de su estilo: «Guarda esta tumba los restos de Esquilo, ateniense, / hijo que fue de Euforión; murió en Gela, abundante en mie- ses. / De su valor hablan alto, pues bien lo advirtieron, / de Maratón la arboleda y el Medo de espesos cabellos».
De su actuación como soldado en la batalla de Sala- mina nos habla el escolio al verso 428 de Los persas; algunos pasajes de las tragedias conservadas permiten conocer, además, su participación en las expediciones a Tracia. No tan cierta resulta, en cambio, su presencia en Artemision (Paus., 1, 14, 5) o Platea.
En 484, Esquilo obtuvo la primera victoria literaria en una competición trágica; un triunfo tan tardío, al cual siguieron doce en vida y muchos después de muerto, sólo puede explicarse teniendo en cuenta las innovaciones llevadas por nuestro autor a la tragedia y no siempre bien acogidas por los espectadores: significativo resulta en este aspecto el breve relato de un biógrafo antiguo sobre el efecto que produjo entre el público la entrada en escena del coro en Las euménides.
En 472, año en el cual logró la victoria con la tetralogía de la que formaban parte Los persas (v.), Esquilo debía de hallarse ya en el apogeo de su fama; poco más tarde marchó a Siracusa, invitado por Hierón, y cantó en una tragedia (Las Etnias) la ciudad de Etna, fundada unos años antes por el tirano.
No mucho después volvió a Atenas; al 468 pertenece el certamen trágico en el que se vio superado por Sófocles (Plut., Cim., 8), al 467 el triunfo de la tetralogía tebana, y posterior al 470 es Las suplicantes (v.) (cfr. Papiros de Ossirinco, vol. XX, n. 2256, fr. 3). Durante este período inicial, el autor que presentaba sus obras a la competición debía, si no interpretarlas, por lo menos ponerlas en escena; prácticamente, pues, se veía obligado a residir en el país.
Luego de la victoria alcanzada con la Orestiada (458, v.), Esquilo marchó de nuevo a Sicilia, no sabemos por qué motivo. Allí murió a los sesenta y nueve años, en Gela. De acuerdo con una leyenda llegada hasta nosotros en una versión casi igual en los distintos autores (cfr. para todos ellos Valerio Máximo, IX, 12, 2; Plinio, Nat. hist., X, 7), debió de recibir en su calva cabeza un fuerte golpe por la caída de una tortuga, que un águila dejó caer a fin de quebrar su concha contra las rocas; tal fabulilla, que no posee ni tan sólo un mero valor de símbolo, es de cuño peripatético y brotó de la fértil fantasía de Hermipo de Esmirna.
Los antiguos atribuyeron a Esquilo noventa tragedias, de las que siete han llegado hasta nosotros: Los persas, Prometeo encadenado (v.), Los siete contra Tebas (v.), Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas y Las euménides (las tres últimas forman la trilogía denominada Orestiada).
Las fechas de ésta, de Los persas y de Los siete pueden inferirse de la nota cronológica con que finaliza el compendio antepuesto en los manuscritos de cada uno de tales dramas (y que se remonta, a través de los helenísticos, a los informes oficiales acerca del teatro recogidos por Aristóteles); en cuanto a Las suplicantes, sirve de orientación el fragmento de resumen que figura en uno de los papiros de Osirineo; faltan, en cambio, documentos a propósito para establecer la fecha de Prometeo, el más desconcertante de los dramas de Esquilo (suponiendo que sea realmente suyo).
Junto con estas tragedias han llegado también hasta nosotros fragmentos de otras obras trágicas y de dramas satíricos. Muy difícil resulta fijar las características de nuestro autor sólo en unas pocas líneas. Digamos, empero, que el creador de la tragedia es también el mayor de sus representantes y, aun cuando artista arcaico, se eleva por encima de Sófocles y Eurípides. Vigoroso en sus concepciones, audaz en el lenguaje, rebosante de un «pathos» intensísimo y distinto de sí mismo en cada tragedia, Esquilo es verdaderamente el señor dionisíaco: así llamóle Aristófanes y le saludó, muchos siglos después, Nietzsche; se trata de la definición más adecuada al único poeta que en la historia del drama puede situarse junto a Shakespeare.
U. Albini

