Para los griegos fue el «inventor» o el Homero de la fábula. Giambattista Vico llegó a negar su misma existencia, como hizo también con la del autor de la Odisea; no le consideraba «un hombre natural concreto», sino «un género fantástico», símbolo poético de la plebe como Homero lo fue de los héroes.
Ni Herodoto ni los testimonios más antiguos nos dicen casi nada acerca de Esopo; aquél sólo sabía que era esclavo de un ciudadano de Samos. Posteriormente se le juzgó tracio y, quizá con mayor razón, frigio (su nombre, no griego, recuerda precisamente el del río Esopo, que se halla en Frigia). Vivió seguramente en el siglo VI a. de C., por cuanto en el V, en la época de Aristófanes, era ya muy popular en Atenas y las fábulas a él atribuidas se utilizaban como primer libro de lectura en las escuelas.
Desde los tiempos del citado comediógrafo se consideraban prácticamente suyas todas las obras pertenecientes al género del que se le juzga inventor. En la actualidad poseemos redacciones muy tardías de Fábulas esópicas (v.), derivadas en parte de colecciones más antiguas; una de ellas fue compilada ya en el siglo IV a. de C. por Demetrio Faléreo, discípulo de Teofrasto. El lenguaje y el estilo de nuestras versiones parecen pertenecer a la última época helenística. Ninguna de las fábulas que conservamos se halla escrita en la antigua prosa jónica.
Es inútil señalar que esta literatura tardía tiene muy poco o nada de común con el antiguo Esopo Actualmente poseemos de este autor unas cuatrocientas fábulas, de valor muy desigual: con frecuencia resultan insípidas y apagadas, aunque algunas de ellas son verdaderos ejemplos de narración precisa y directa. La sencillez y la brevedad constituyen las dotes de los fabulistas griegos.
La moral de estas obritas esópicas es, naturalmente, la común y popular; la prudencia y la moderación son las virtudes supremas; pero, con todo, no anda tampoco muy alejada la astucia, que sabe aprovecharse de la estupidez ajena. El mayor mérito de las fábulas de Esopo reside en la materia ofrecida, con su brevedad y sencillez, a los fabulistas posteriores, entre los cuales no faltaron elegantes poetas como Fedro, ni ilustres como La Fontaine; no obstante, en esencia los leves textos esópicos se hallan infinitamente lejos tanto de la tenebrosa amargura del citado autor latino como de la amplia comedia humana ofrecida con un profundo conocimiento del corazón del hombre y una gracia insuperable por el célebre fabulista francés.
G. Perrota

