Ernest Hemingway

Nació en Oak Park (Illinois) el 21 de julio de 1898, m. el 2 de julio de 1961. Este escritor, considerado con justicia uno de los más ilustres de la lite­ratura norteamericana contemporánea, em­pezó muy pronto sus experiencias acompa­ñando a su padre, médico cirujano, en su labor sanitaria entre los indios y en sus cacerías por las regiones septentrionales de Michigan. El joven no sólo llegó a ser un experto cazador y pescador, sino que asi­miló también una formación realista y lo menos puritana posible, y guardó, junto con el amor a los dos deportes de su adolescen­cia, la impresión de la crueldad vinculada a todas las manifestaciones de la vida. Tal sensación no pudo sino hacerse más intensa y profunda cuando, a los diecinueve años, y luego de haber ejercido varias profesio­nes, marchó durante la primera Guerra Mundial como voluntario al frente italiano con un grupo norteamericano de sanidad, del que más tarde pasó a una unidad de «arditi»; herido gravemente, permaneció casi un año en el hospital, y fue condeco­rado con la medalla de plata del Valor Mi­litar. La experiencia bélica hízole compren­der, al mismo tiempo, el placer de la vida y de la lucha, que es una manifestación de ella, y la mezquina brutalidad de la gue­rra como matanza anónima, anárquica y sin belleza ni grandiosidad.

Ello renovó, en una escala más amplia, el criterio, ya forjado en H. durante la adolescencia, según el cual el dolor es la condición de la existencia y los goces visibles se hallan vinculados a los más agudos sufrimientos de la intimi­dad. Tal fue el mundo de experiencias, du­ras y a menudo brutales, que durante su larga convalecencia pudo ir elaborando. Nuevamente en América, dedicóse al perio­dismo, y estuvo como corresponsal en el Próximo Oriente y Grecia; luego lo fue de los periódicos del grupo Hearst y se esta­bleció en París, donde se relacionó con los expatriados norteamericanos de la «Rive Gauche»: Robert Mac Almon, Ezra Pound, William Carlos Williams y Gertrude Stein. Su primera publicación firmada fueron unos versos aparecidos en 1923 en la revista Poe- try. El mismo año vieron la luz en París sus primeras narraciones, al principio en la revista Transition y luego en dos libros titu­lados En nuestro tiempo [In Our Time] y Diez relatos [Ten Stories]; el primero de estos dos volúmenes no fue publicado en Estados Unidos hasta 1927. Mientras tanto, H. había dado a la luz la novela También el sol sale [The Sun Also Rises], que reci­bió en la edición inglesa él título de Fiesta.

Las narraciones, que refieren episodios con frecuencia crueles o brutales y tienen por argumento recuerdos de la adolescencia en Michigan y de la guerra, logran ya resol­ver el conflicto entre el placer de vivir y el sufrimiento inherente a la misma exis­tencia mediante una prosa directa, limpia, sobriamente estilizada. H. parece haber asi­milado desde un principio la influencia de Mark Twain: se trata, en resumen, de man­tener una sinceridad absoluta para consigo mismo y hacia las cosas y los hechos, y una igual fidelidad de la expresión a tal since­ridad. Esta disciplina debe de forjarse des­de el interior del estilo, el cual adquiere a su vez el valor moral de un código de conducta. Dicha idea, de una norma de com­portamiento libremente formulada y acep­tada, se vislumbra ya en la novela The Sun Also Rises, en la que una mujer renuncia a un hombre para no deshacer su carrera de torero, y vuelve como tema de muchos de los cuentos de Hombres sin mujeres [Men Without Women], posiblemente la más bella colección narrativa del autor, apare­cida en 1927, tras el paréntesis de otra novela, Los torrentes de la primavera [The Torrents of Spring], en la que en 1926 H. había realizado, con unos resultados poéti­cos no precisamente susceptibles de figurar entre sus mejores, la parodia de Sherwood Anderson.

En esta primera fase el escritor resolvió su problema narrativo acerca de la realidad de la vida americana presentando personajes y lugares no pertenecientes al Nuevo Mundo; así por ejemplo, en Adiós a las armas [Farewell to Arms], de 1929 y con la guerra europea como fondo. Termi­nado este período inicial de producción ac­tiva transcurrieron tres años antes del cam­bio de rumbo señalado por el siguiente libro, Muerte en la tarde [Death in the Aftemoon, 1932]. En tal obra H. habla en primera persona, y la descripción técnica y minuciosa de una corrida de toros queda justificada por el carácter de rito simbólico que el espectáculo asume para el escritor. La lucha entre el hombre y el toro es la imagen de la vida: cada uno de los dos ad­versarios busca la muerte del otro; les dis­tingue, empero, y da la superioridad al ser humano la forma de combatir, ciega en la bestia y sometida por completo a nor­mas rígidas e inviolables en el torero. Y así, en virtud del « estilo» de éste, la libre acep­tación del código transforma la brutalidad de la corrida en un espectáculo de elegan­cia y bravura. También siguiendo esta nor­ma, en la que el estilo es el reglamento del escritor, H., entre la lección de Mark Twain y la del torero que no realiza ni un solo movimiento superfluo y se aleja del toro únicamente los escasos centímetros ne­cesarios para evitar la cogida, elaboró su típica forma estilística «Ihard boiled», me­diante el «understatement», que luego ha­bría de ser tan ampliamente imitado en América e Inglaterra.

No puede aducirse como prueba mejor de tal estilo el libro Verdes colinas de Africa [Green Hills of Africa, 1935], por más que la obra en cues­tión haya formado escuela gracias a su pro­sa de reportaje, no igualada por ninguno de sus imitadores. La forma estilística tiene para H., en efecto, no sólo el mencionado valor moral de código, sino también una misión de autodefensa frente a las emocio­nes y conmociones que la vida suscita en él: se trata, en definitiva, del plano donde el contraste indicado al principio entre el placer de vivir y el dolor a ello inherente encuentra su equilibrio. No debe olvidarse que también H. experimentó la depresión sufrida por la vida norteamericana tras la famosa crisis económica de 1929; en reali­dad, esta sacudida y la participación del escritor en la guerra le convirtieron en el portavoz más típico de la «generación per­dida». Su elogio del torero contiene implí­citamente la crítica de una sociedad que juzgaba en plena decadencia, y en la im­portancia atribuida al código debe perci­birse una preocupación por el único valor espiritual todavía no destruido. La crítica prosiguió con la novela Tener y no tener [To Rave and Have Not, 1937], uno de los libros menos consistentes de H.

El escri­tor, no obstante, parecía haber compren­dido que la situación contemporánea y el es­tado de ánimo de ella derivado exigían algo más que corridas y grandes cacerías afri­canas; y así lo manifestó no sólo en esta última novela citada, sino también en la obra dramática La quinta columna [The Fifth Column, 1938], en la que se enfrenta, más bien de acuerdo con sugestiones enton­ces corrientes que según actitudes verdade­ramente personales, al problema de las orientaciones políticas. Sin embargo, a pesar de tal conciencia, los personajes del autor quedaban individualmente cerrados, sin co­municación mutua. Intentó romper este ais­lamiento, aun cuando quizá no lo consiguie­ra plenamente, la novela Por quién doblan las campanas [For Whom the Bell Tolls, 1940], situada en el escenario de la guerra civil española.

A esta obra siguieron algunos años de silencio; y cuando en 1951 apareció A través del río y entre los árboles [Across the River and into the Trees], uno de los textos menos logrados del escritor, pudo creerse llegado el ocaso de H. Sin embargo, el año siguiente la narración El viejo y el mar (v.), con su vago simbolismo y su espléndida prosa, le reveló todavía lleno de vitalidad y de maestría estilística. Aun cuando por su estilo figure en la tradición de Mark Twain y haya contribuido en alto grado a la formación de una prosa artística netamente americana, el mundo interior de H. demuestra, con su misma limitación, el heroísmo del artista actual, forzado a crear s n apenas una base espiritual. Ello hace del autor en cuestión un escritor represen­tativo, no sólo de América, sino incluso de toda nuestra época; y esta característica de su obra bien merecía el Premio Nobel, reci­bido en 1954. Murió víctima de un acciden­te, no descartándose fuera un suicidio.

S. Rosati