Edgar Allan Poe

Nació el 19 de enero de 1809 en Boston y murió el 7 de octubre de 1849 en Baltimore. Hijo de unos actores ambulantes, la muerte de su madre, una frágil ingle­sa, y la desaparición de su padre (hijo de un irlandés emigrado al Sur y dado a la bedida) lo dejaron huérfano a los dos años. Los psicólogos atribuyen, quizá con razón, a esta circunstancia la fundamental inesta­bilidad psíquica y la falta de seguridad que fueron las características de Poe hasta su muerte. Características básicas, fuera cual fuese la causa; en su vida se manifestaron como una histérica autocompasión, una más o menos involuntaria tendencia a la infe­licidad, una irresistible entrega al alcohol, y, en su arte, como una instintiva atracción hacia cualquier forma de certeza verdadera o aparente: la certeza de la matemática, de la lógica pura, de las «leyes» seudocientíficas (incluidas las leyes de la poesía). El niño se crió en casa de un tío, John Allan, comerciante de tabaco en Virginia, y fue educado en Norteamérica y en Inglaterra. (Más tarde gustó de presentarse como un vástago de una legendaria aristocracia terra­teniente del Sur.)

Expulsado de la Univer­sidad de Virginia por jugador, el joven re­belde, emotivo y caprichoso, rompió con su padre adoptivo, marchó a Boston y allí, en 1827, publicó un primer volumen de poe­sías, Tamerlán (v.), en el que había poco más que un juvenil byronismo. Siguió un período cuya oscuridad llenó él más tarde con leyendas de tipo byroniano: desde la infancia tuvo una fuerte tendencia a la mixtificación, a hacer creer complicadas pa­trañas sobre él y sobre los demás; había en el poeta mucho de comediante de profe­sión, siempre pronto a dejarse engañar por su propio disfraz, y nunca era tan apasio­nadamente sincero como cuando pretendía ser un personaje ficticio mucho más sencillo que él mismo. De este período casi sólo se sabe que durante dos años prestó servicio en el ejército Un segundo volumen de poe­sías, El Aaraaf (v.) — en el que celebra una etérea forma de belleza, preludio de la pura «idealidad» a la que aspirará en una obra posterior— apareció en Baltimore en 1829. En 1830 fue admitido en la Academia Militar de West Point, pero, expulsado muy pronto, se lanzó a una agitada carrera lite­raria. Con las Poesías (v.) de 1831 encontró una voz auténtica, aunque se pueda dis­cernir en ella el eco de Coleridge.

Viviendo al día, como periodista mal retribuido, llegó a ser colaborador y más tarde director de numerosos periódicos, entre los cuales el Southern Literary Messenger, que bajo su dirección se convirtió en el más importante periódico del Sur. Cuentos en prosa (v. His­torias extraordinarias) y artículos críticos — entre los cuales figuran algunas de las páginas más agudas de la crítica norteame­ricana— comenzaron a salir de su pluma y adquirió poco a poco una reputación lite­raria que llegó a la cumbre en 1845 con El cuervo (v.). Pero una depresión psíquica, tal vez enmascarada en un tétrico dandysmo a la manera de Bulwer (v.), era su condición habitual. Ataques crónicos de melancolía le arrastraban hacia el alcohol, y el alcohol agravó su melancolía hasta el frenesí y el embrutecimiento. Su matrimo­nio con una prima de trece años, Virginia Clemm (1835), no consiguió calmar sus tor­mentos interiores, aunque pueda haber ac­tuado de un modo favorable sobre su equi­librio mental, siempre precario.

Constante­mente al borde de la locura, proyectó en los personajes y en las situaciones de sus relatos las experiencias propias, mientras oscilaba en aquel borde, y se representó con disfraces más o menos transparentes, unas veces como Roderick Usher (v.), se­ñor impotente y morbosamente sensible de una casa ya ilustre —la Mente— que se derrumbaba; otras como Auguste Dupin (v.), el genio del razonamiento analítico; algunas, en fin, como Arthur Gordon Pym (v.) en marcha hacia aquella frontera ex­trema de la razón «cuyo acceso equivale a la destrucción». La realidad, para Poe, se en­contraba siempre más allá, fuera o por de­bajo de todas las formas estabilizadas, bien de la sociedad, bien del espíritu: en los abis­mos, en el fondo del mar, en el polo Sur. Viviendo como sus sombríos personajes en los abismos del pensamiento, en los que los fenómenos alternativamente se disuelven, se desintegran, asumen la forma de miste­riosos jeroglíficos y se congelan en estrati­ficaciones increíbles, tendía a un arte formalmente inmune de toda huella de ambi­güedad. Una perfecta indeterminación de significado mediante una perfecta determi­nación de medios: tal era su ideal estético.

El resultado fue, entre otras cosas, un es­tilo casi matemático por la precisión de las combinaciones rítmicas y musicales. Como sus personajes, Poe era menos el pro­tagonista que el desesperado espectador de los dramas que se desarrollaban en su men­te; dramas de fuerzas psíquicas impersona­les, de procesos generales reducidos a lo esencial (y en último análisis fuerzas fisio­lógicas) sometidas a todos los cambios mo­rales, sentimentales y poéticos que consti­tuyen la vida del espíritu. Tenía un domi­nio vertiginoso de tales fuerzas y procesos reducidos a lo esencial; y precisamente por esta razón estuvo privado de lo que los moralistas llaman introspección, como tam­bién de penetración humana. Por el mismo motivo es imposible hablar de un «carácter» de Poe: todos los caracteres que asume en sus relaciones con los demás eran máscaras pro­visionales sobrepuestas a un tipo de reali­dad ajeno o anterior al concepto de «per­sona» humana. En 1847 murió la mujer de Poe de tuberculosis: desolado él, se mantuvo firme hasta terminar Eureka (v.), una nue­va teoría del universo.

En 1849 terminaba la obra. Cuando estaba a punto de casarse por segunda vez, después de haber cele­brado el inminente y fausto acontecimiento con algunos amigos, fue encontrado mori­bundo en una calle de Baltimore, y cuatro días después murió de «delirium tremens». Es inútil recordar la incalculable deuda que la moderna poesía y la moderna narrativa europea tienen con él, o más exactamente con las traducciones que de él hicieron Baudelaire y Mallarmé. Y no hace falta insistir sobre el hecho de que el Poe cono­cido por los europeos tiene muy poca seme­janza con el Poe de los lectores de lengua inglesa.

S. Geist