Denys Solomós

Nació en Zante en 1798 y murió en Corfú en febrero de 1857. Fue el poeta nacional de la Grecia renaciente. Vio la luz algunos meses después de la caída del dominio veneciano y de la ocupación francesa. Era hijo del conde Nicolás, viudo hacía ya algunos años, y de Angélica Nikal, mujer de humilde condición a la cual no se unió aquél en un matrimonio regular hasta poco antes de su muerte, en 1807, ya viejo y paralítico. Junto con su hermano menor, Demetrio, heredó una gran riqueza. En 1808 el tutor envióle a estudiar en Italia, donde la vocación del pequeño Denys por las letras y la poesía asombró a sus maes­tros italianos. En Pavía, en cuya Universi­dad se matriculó después para obtener la graduación en Derecho, debió de preferir las Musas a las Pandectas. Y así, cuando en 1818, luego de haber completado su for­mación espiritual en el curso de los diez años pasados en Italia, volvió a la patria, no era doctor «in utroque iure», pero sí poseía una perfecta familiaridad con el Par­naso italiano, y había incluso establecido relaciones con Manzoni y Monti.

Escribía por aquel entonces poesías en italiano, y posiblemente ambicionaba seguir los pasos de su coterráneo Ugo Foscolo. Sin embargo, la lucha por la libertad que se inició poco después (1821) en la Grecia sometida al do­minio turco no podía dejar de tener eco en un corazón juvenil y generoso. Sabemos, en efecto, que intentaba ya la composición de versos en griego, y se ejercitaba en la dificultad de una lengua todavía no regla­mentada por un uso literario universalmente reconocido. A fines de 1822 recibió, en Zante, la visita de un político griego, Tricupis, quien le alentó a ser lo que la Grecia renaciente esperaba de él: un poeta na­cional. Durante la primavera de 1823 com­puso de una sola vez las ciento cincuenta y ocho estrofas del célebre Himno a la Libertad (v. Poesías), algunas de las cuales, puestas en música por Manzaros, pasaron a ser el himno nacional griego. En 1824, los cantos populares de Grecia publicados en París por Fauriel y acogidos con entusiasmo en Europa le indicaron el camino que debía seguir; aquel mismo año vio la luz su Diá­logo sobre la lengua (entre el poeta, un amigo y un pedante), en el cual aparece condenado el esfuerzo de los puristas, quie­nes pretendían imponer al pueblo el yugo de un idioma noble y glorioso, pero muerto.

En el año 1828, algunas divergencias con su hermano Demetrio debidas a cuestiones de intereses le indujeron a salir de Zante y establecerse en Corfú, centro político y cultural de las islas Jónicas, donde fue aco­gido entre honores y vio formarse a su alrededor un círculo de amigos fieles, que luego constituyeron su escuela. En Grecia, mientras tanto, y bajo la guía de Capodistria, iba consolidándose la recobrada liber­tad; el poeta, empero, no se atrevía aún a dirigirse allí, ni osó tampoco hacerlo pos­teriormente, cuando en Atenas prevalecían los odiosos puristas. En 1834 publicó algunas octavas de Lambros — especie de cuento ro­mántico al estilo de Byron —, en cuya com­posición se hallaba ocupado hacía ya algu­nos años; la obra, no obstante, quedó incompleta. En 1833 había empezado a per­turbar la serenidad de su contemplación el proceso iniciado por él mismo, de acuerdo con su hermano Demetrio, contra el herma­nastro y la madre, la cual contrajera segun­das nupcias tras la muerte del conde. Un hijo de ésta, Juan, había asumido el ape­llido Solomos, alegando serlo póstumo del conde Nicolás, y reivindicaba parte de la herencia paterna.

Al final de la causa, que se prolongó durante cinco años, los dos her­manos consiguieron demostrar — aun cuan­do a costa del honor familiar, arrastrado por los tribunales — que el hermanastro era fruto de una relación mantenida entre la madre y Leontarakis, con el cual ésta se casara una vea muerto el conde. El penoso episodio familiar debió de amargar al poeta, que por aquel entonces se dedicaba a la composición del poema Liberación de los sitiados (v.), con el cual pretendía exaltar y elevar a la categoría de símbolo la resis­tencia, la salida y la muerte heroica de los asediados de Missolonghi. También esta grandiosa concepción permaneció en estado de esbozo, y lo mismo ocurrió con Porfiras, poema inspirado en el fin de un joven inglés, atacado por un escualo mientras nadaba en aguas del golfo de Corfú. Acerca de esta incapacidad para llevar a la realidad la primera inspiración poética, se dieron muchas explicaciones; la más verosímil de ellas es la que se basa en la autocrítica excesiva del poeta, que pretendía alcanzar la sublimidad a toda costa y solamente lo conseguía en determinados momentos o pasajes. A causa de este singular drama in­terno, Solomós, aun en la madurez y en plenitud de su genio poético, no dio los frutos que de él se esperaban.

Grandes fueron la sor­presa y la desilusión de los amigos cuando, a su muerte, no se encontraron entre sus papeles sino fragmentos y esbozos, reunidos en la edición póstuma de 1859. Siempre solitario y huraño, casi misántropo, en los últimos años de su vida el poeta había caído en una especie de neurastenia depre­siva, que trataba de remediar con la excita­ción del alcohol. En 1856 fue víctima de una primera congestión cerebral. Luego le llegó la muerte, en febrero de 1857.

B. Lavagnini