Comenius (Jan Amos Komensky)

Nació probablemente en Nivnice (Moravia) el 28 de marzo de 1592 y murió en Amsterdam el 15 de noviembre de 1670.

Perteneció a la Unión de los Hermanos Bohemios, donde aportó su ardiente fe e incansable actividad y compartió todos los sinsabores, sien­do primero pastor, luego obispo y, por fin, nombrado jefe («praeses» supremo).

Em­prendió sus estudios en la escuela latina de Prerau, después pasó a la Academia de Herborn, en Nassau, y más tarde a la Univer­sidad de Heidelberg, donde inicia una serie de vastas y minuciosas investigaciones mo­vido por el ideal de una organización metó­dica de todo el saber, de una «pansofía».

Pastor en Fulnek, sintió nacer aquí su voca­ción didáctica; pero destruida la ciudad a poco de haber empezado la guerra de los Treinta Años, la abandona y, al cabo de diversas peregrinaciones, se refugia en Leszno (Polonia) en 1628, actuando allí como profesor de segunda enseñanza.

Mientras tanto, había compuesto una obra alegórica de edificación religiosa, El laberinto del mundo y el paraíso del corazón (v.), en bohemio, y, al mismo tiempo, debido a su invencible optimismo, ingenua fe y la necesidad de esperar, se inclinaba a creer en las profecías y visiones de cierto Cristóbal Kotter, y más tarde en las de una mucha­cha delicada, Cristina Poniatowski, y del pastor Drabik.

El conocimiento casual de una obra didáctica de Elia Bodin durante su peregrinar entre Fulnek y Leszno ha­bíale inducido con ardor a intentar una re­forma educativa. Madurada su vocación pedagógica gracias a la lectura de Bacon, del admirado Campanella y de pedagogos y educadores como Vives, Andreal y Ratke, al mismo tiempo que de Sturm, en Estras­burgo; de los reformadores protestantes,, de los propios jesuitas y de Lubin, Frey, etc., en 1627 empezó a componer en bohemio su texto más importante, que, traducido por él mismo al latín, tituló Didáctico, magna (v.) y no apareció hasta 1658 en Amsterdam, formando parte de sus Opera didactica omnium extraído luego, mientras sus relaciones y su fama iban extendiéndose por toda Eu­ropa, por la cuestión de la enseñanza de las lenguas, publica en 1631 la Janua linguarum reserata, texto editado repetidamente en va­rios idiomas y al que habría de seguir, en la misma dirección, el Methodus linguarum novissima.

Al propio tiempo proyectaba una Janua rerum, sistematización didáctica uni­taria del saber realista, que denominaba «pansofía» y debía servir para la unifica­ción cristiana del mundo. La publicación anticipada de un texto en bosquejo, llevada a cabo en Inglaterra y sin su consentimiento por Hartlib, corresponsal suyo y partida­rio del milenarismo, que era algo esencial en la fe de C., indújole a una reedición re­visada por él mismo y titulada Pansophiae Prodromus (1639).

Invitado por Hartlib a trasladarse a Inglaterra para alentar la ac­tividad pansófica, nada pudo realizar en aquel país, debido a las circunstancias polí­ticas; sin embargo, escribió allí la Via lucis vestigata et vestiganda, obra destinada a crear una «panarmonía» entre los hombres, unidos en una sola estirpe y una familia única de Dios.

A continuación fue invitado por Suecia, cuyo ministro Oxenstiern pro­yectaba una reforma escolar; en ella cola­boró C., quien residió entonces normalmen­te en Elbing y publicó entre 1642 y 1648, de regreso en Leszno, diversos textos es­colásticos.

En 1650 dirigióse a Sarospatak (Hungría), invitado por el príncipe Rákóczi para una misión análoga, fundando allí una escuela inspirada en el ideal pansófico; fru­to, además, de tal viaje fue el Orbis sensualim pictus, especie de libro de estampas destinado a la enseñanza intuitiva de las cosas y los hechos del mundo natural y so­cial (se publicó luego en 1658 y largamen­te difundido. Llamado a Leszno en 1654, defendió con Lux in tenebris la causa de su comunidad _y de la libertad de Bohemia.

Destruida la ciudad a consecuencia de las luchas entre los polacos y Carlos Gustavo, y con ella su biblioteca, reanudó sus pere­grinaciones, hasta que finalmente aceptó la invitación del Senado de Amsterdam y de Luis de Geer, cuyo entusiasmo era inspira­do, en parte, por la reciente obra De rerum humanarum emendatione consultatio catinolica.

Allí pasó C., entre grandes honores, los últimos años de su vida. Espíritu ar­diente, profundamente religioso y amante de la paz, con una voluntad indómita, jamás doblegada por la desgracia, la persecución ni la adversidad, y educador por natura­leza, concibió una reforma completa de la educación íntimamente vinculada a una re­novación moral, política y cristiana de la humanidad, logrando ejercer una influencia enorme en su siglo y el siguiente, e incluso se le considera uno de los maestros de la ideología pedagógica moderna.

Opuesto al pesimismo de reformadores como Lutero y Calvino y convencido de la bondad del alma humana redimida por Cristo, fundamentó la educación sobre bases naturales, o sea en principios inspirados en la analogía respec­to de los procesos de la naturaleza. Y así, luchó contra el verbalismo, el artificio y la constricción, y escogió singularmente como maestros la inducción y la observación per­sonal «autopsia», los sentidos y la razón.

Precursor de nuestros tiempos, consideró el interés y la actividad del niño como alma y principio motor de la enseñanza, y con­cibió la escuela ordenada como una officina humanitatis, con todos sus elementas vinculados entre sí por una colaboración mutua. Juzgó la vida terrena una preparación a la sobrenatural, pero con pleno des­arrollo de la personalidad, que concilia «fe», «saber»’, «conciencia», «moral» y «activi­dad».

Para C. la enseñanza debe fundamen­tarse en «cosas» y el cultivo de los idiomas relacionarse siempre con ellas y buscar su punto de partida en la lengua materna, ve­hículo hacia cualquier otra. Concibe la cul­tura como desarrollo continuo en extensión y profundidad sobre la base del saber ya adquirido, y propugna, por lo tanto, un mé­todo «cíclico» en la sucesión de los grados escolares: la «materia» (de la que fue un precursor), la «vernácula», la «latina» y la «academia», con duraciones respectivas de seis años.

Defendió la escuela para todos, sin distinción alguna, y señala a los pode­res públicos como responsables de su difu­sión y organización para el bien de toda la sociedad. Polígrafo incansable y multifor­me, vive todavía en su obra pedagógica y en su personalidad, posiblemente la más ele­vada, en el plano espiritual, de toda la Eu­ropa extracatólica.

G. Caló