Claude Bernard

Nació el 13 de julio de 1813 en Villefranche, centro del Beaujolais, y m. en París el 16 de febrero de 1878. Este célebre fisiólogo francés educóse en los co­legios de Villefranche y Thoyssey, y a los diecinueve años ingresó como empleado en una farmacia de Vaise, suburbio de Lyon.

Luego de haber escrito un drama titulado Arthur de Bretagne, marchó a París; pero el célebre crítico Saint-Marc de Girardin, a cuya consideración sometió el manuscrito, le aconsejó el estudio de la medicina; Bernard, aun a pesar suyo, le hizo caso.

Logrado un mediocre puesto de interno en el Hôtel-Dieu, llamó la atención del fisiólogo Magendie, de quien fue preparador, y no tardó en dar pruebas de su genialidad. En 1843 pudo ya demostrar la función glucogénica del hígado, y a ello siguió una serie de experiencias que han llegado a ser clási­cas.

Doctorado en 1843, fue auxiliar de Magendie y profesor de fisiología del Collège de France. A los cuarenta años (1853), ob­tenido ya el título de doctor en ciencias con la tesis Investigaciones acerca de una nueva función del hígado, considerado como órgano productor de la materia azucarada, pasó a enseñar fisiología general en la Sorbona.

A la muerte de Magendie ocupó su puesto en el Collège de France (1854) como profesor de medicina experimental. Su obra Introducción al estudio de la medicina expe­rimental (1865, v.) abrióle en 1868 las puer­tas de la Academia Francesa; este mismo año se le confió la cátedra de fisiología ge­neral del Museo de Historia Natural de la Sorbona, y en 1869 fue nombrado miembro del Senado imperial de Napoleón III.

En 1870 empezó a enfermar debido a una do­lencia renal contraída a causa del frío y la humedad de su laboratorio, y un ataque de uremia le ocasionó la muerte. Bernard es una de las columnas fundamentales de la fisio­logía experimental del siglo XIX, y, al mis­mo tiempo, uno de los pensadores más ilus­tres de la época; defendió el determinismo vinculado al neovitalismo, lo cual, empero, no ahogó en él las exigencias religiosas.

Experimentador por excelencia, partió, sin embargo, del principio según el cual el experimento debe emplearse como contraprue­ba de una hipótesis o de una intuición pre­existentes, y, una vez obtenida la demos­tración, para la sugerencia de nuevas ideas que habrán de dar lugar a otras experien­cias. Estudió también, además de la glucogénesis hepática, el sistema nervioso simpático, los venenos, etc.

Entre sus obras figuran, asimismo, Leçon sur la physiologie expérimentale appliquée à la médecine (1856), Les propriétés des tissus vivants (1866) y Leçon sur les phénomènes de la vie (1878).

A. Pazzini