Claude- Adrien Helvétius

Filósofo francés. Nació en París en enero de 1715, m. en la misma ciudad el 26 de diciembre de 1771. De una familia originaria del Palatinado, hijo de un médico de Luis XV, estu­dió en el colegio Louis-le-Grand, regentado por los jesuitas, y a los veintitrés años, gra­cias a la protección de la reina, obtuvo un puesto de arrendatario general de impues­tos, con una renta de 100.000 escudos. Con semejante fortuna, puede llevar sin pre­ocupaciones una vida de placeres y, como tiene aficiones literarias, entra muy pronto en relación con la mayoría de escritores y artistas de su tiempo. Hombre de buen hu­mor, acogedor, generoso, su riqueza le per­mitirá socorrer a los hombres de letras que se encuentran en apuros, Marivaux entre otros, lo que hará con una perfecta delica­deza. A los treinta y seis años, en 1751, di- mite su cargo de arrendatario de impuestos, compra el de maître d’lnotel de la rei­na, y se casa con una sobrina de la señora Grafigny, bonita pero sin fortuna, espiritual pero sin instrucción.

El matrimonio se retira al campo, y H. se consagra a la literatura. A pesar de su amistad con los enciclopedistas, no colaborará en la Encyclopédie (v.). Escritor de estilo florido, afectado, lleno de digresiones, vaciló largo tiempo antes de decidirse por un determinado género literario. Antes de dar a la imprenta su célebre obra filosófica Del espíritu (v.) había escrito sobre matemáticas y probado suerte en la tragedia. Optó por la filosofía, pero siguió siendo hombre de mundo: pa­rece que pretendía reunir los principios que sostenían los pensadores con quienes tra­taba, pero no tenía el talento suficiente, para realizar tal síntesis. Su obra no va más allá de dar un fiel reflejo de las opiniones contradictorias que recogía en las conver­saciones con sus colegas. De ahí su escasa solidez filosófica, ya que no puede decirse que tenga ideas realmente propias; de ahí también su valor histórico, puesto que re­sulta para nosotros un útil testigo de las opiniones de sus contemporáneos, sobre todo de las que no se atrevían a confiar al papel impreso.

Pero la época, que toleraba la apo­logía de la felicidad y del placer en las no­velas y los poemas y más aún su aplicación práctica en la vida diaria, puso el grito en el cielo cuando H. tuvo la audacia de pre­sentarla como teoría filosófica. El egoísmo absoluto, más aún que el materialismo algo agresivo, indignó a los filósofos casi tanto como a la corte y al clero. Y a pesar de que H. había tomado la precaución de pu­blicar su obra en forma anónima, tuvo que retractarse tres veces consecutivas y ex­culparse formalmente de la acusación que se le hizo de haber querido atacar el cris­tianismo: con todo, el volumen fue conde­nado por una carta apostólica del papa Clemente XIII de 31 de enero de 1759 y que­mado por el verdugo por orden del Parlamento el 6 de febrero del mismo año. H. decidió no publicar nada más. En 1764 vi­sitó Inglaterra y, en 1765, Prusia, donde Federico II le sentó a su mesa. La amis­tad de d’Alembert le abrió las puertas de la Academia de Berlín. H. murió en su casa de Auteuil, donde reunía a un grupo de amigos selectos.

Dejó varias obras inéditas, que fueron publicadas por sus amigos: el Vraie sens du système de la nature, el poe­ma La felicidad (v.) y sobre todo Del hom­bre, sus facultades intelectuales y su edu­cación (v.) en la que sostiene que por medio de la educación se pueden formar toda clase de hombres — y por ende de sociedades —, tesis que constituye el caso ex­tremo de un pensamiento racional y abs­tracto, muy en boga durante el siglo XVIII. Este libro fue condenado en 1773 por el Parlamento de París, lo mismo que todos los demás libros de nuestro autor.