Charles Nodier

Nació en Besançon (Doubs) el 29 de abril de 1780, murió en París el 27 de enero de 1844. Hijo de un abogado que más tarde llegó a ser presidente del tribunal criminal de Besançon, se crió en el culto a la Revolución. Habiéndose hecho notar por su precoz inteligencia, estudió griego en Estrasburgo, fue secretario del general Pichegru y asistió por último a los cursos de la École Centrale de Besançon. Nom­brado a los dieciséis años bibliotecario adjunto en su ciudad natal, se sintió atraído por la entomología y poco más tarde publicó un ensayo titulado Dissertation sur l’usage des antennes dans les insectes (1798), al que tres años después seguía una obra de mayor alcance: Bibliographie entomologique (1801). Había llegado entonces a la mayoría de edad. Pero estaba destinado a crearse un nombre en otro campo. Habiendo perdido el empleo aquel mismo año, marchó a París, donde inmediatamente se sintió atraído por las obras llegadas del extranjero, cuya influencia cada vez mayor preparaba el advenimiento del Romanticismo.

Tras la publicación de una recopilación de Pensées de Shakespeare (1801), decidió afrontar la novela y publicó tres obras al gusto de Goethe: Les proscrits (1802), Le peintre de Salzburg (1803) y Les méditations du cloître (1803). Bosquejó también un cuarto que publicó más tarde con un título que no deja lugar a equívocos: Les Tristes ou Mélanges tirés des tablettes d’un suicidé (1806). Todas ellas son obras artificiosas e inmaturas. En 1804 dio a la prensa una colección de versos bastante insignificantes: Essais d’un jeune barde. A continuación, habiendo cometido la imprudencia de atacar al Primer Cónsul (en una oda titulada La Napoléone), hubo de sufrir muchos meses de prisión. Vuelto a su ciudad natal (1806), se dedicó a estudios de filología; de ellos nació el Dictionnaire raisoné des onomato­pées françaises (1808), que le valió el puesto de secretario del caballero Croft, sabio filó­logo inglés, en cuya casa de Amiens pasó tres años. Después de una estancia en Liubliana, donde desempeñó el cargo de biblio­tecario (1811), volvió a París con la firme intención de no salir más de él.

Con la Restauración fue redactor del Journal des Débats (v.) y combatió ardorosamente el régimen napoleónico. Pero, separándose cada vez más de la política, comenzaba Nodier a dar una total medida de sí mismo en una serie de obras narrativas en las que la fan­tasía va unida a un lenguaje incomparable: Jean Sbogar (1818, v.), Thérèse Aubert (1819), Adèle (1820), Laure Ruthwen (1820), Smarra ou les démons de la nuit (1821), Tribly ou le lutin d’Argail (1822). Y pronto había de conquistar una fama todavía mayor : en efecto, habiendo obtenido en 1823 el cargo de bibliotecario del Arsenal* que conservó hasta su muerte, empezó a reunir en su salón semanalmente a los jóve­nes campeones del Romanticismo: Victor Hugo, Sainte-Beuve, Musset, Vigny, Lamar­tine y otros muchos. Se convirtió así en el centro de aquel gran movimiento literario. Pero aunque abierto a las más diversas in­fluencias, siempre permaneció fiel a su mundo fantástico.

Lo atestiguan las pe­queñas obras maestras que irá publicando seguidamente: La fée aux miettes (1832), Mademoiselle de Marsan (1832), Tesoro de habas y flor de guisante (1837, v.), Los cuatro talismanes (1838, v.), La neuvaine de la Chandeleur (1839), Histoire du chien de Brisquet (1844), etc. Miembro de la Acade­mia francesa desde 1833, cometió quizás el error de escribir obras históricas que no añadieron nada a su gloria: por ejemplo, Le dernier banquet des Girondins (1834). Nodier, uno de los espíritus más curiosos, nobles e imaginativos, con gusto por la paradoja y el culto de la forma, ha merecido conser­var por mucho tiempo la atención de los literatos.

R. Purnal