Charles – Louis de Secondat, Barón de Montesquieu

Nació el 18 de enero de 1689 en el castillo de la Bréde, cerca de Bur­deos; murió el 10 de febrero de 1755 en París. Descendía de una familia de parlamenta­rios bordeleses. Bautizado en brazos de un mendigo (para que recordara toda su vida que todos los hombres, pobres y ricos, son hermanos), fue educado entre campesinos en la aldea de la Bréde. De ello conservará un buen conocimiento del dialecto; incluso en los tiempos de gloria y de éxito, Montesquieu nun­ca llegará a ser un parisiense ni un corte­sano. De 1700 a 1705 fue alumno de los oratorianos en el colegio de Juilly, donde en aquellos tiempos se daba una importancia excepcional a la enseñanza de la Historia. Estudió después Leyes en Burdeos, y allí aprobó los exámenes de abogado en 1708. Pasó los cuatro años siguientes en París, donde compuso en 1711 un tratado, hoy perdido, sobre la Damnation eteme des paiens, en el que afirmaba que los filósofos antiguos no merecieron el infierno.

Volvió a Burdeos en 1713, con el tiempo justo para estar presente en la muerte de su padre; al año siguiente era nombrado consejero del Parlamento de Burdeos. En 1715 se casó (o fue casado) con Jeanne de Lartigue, calvi­nista convencida, que aportaba una dote de 100.000 libras. En 1716 fue admitido en la Academia de Burdeos. Su tío, del que llevaba el apellido de Montesquieu desde 1708, murió dejándole en herencia el cargo de presidente «á mortier». Tenía veintisiete años. Unos días antes de su entrada en funciones, leyó en la Academia local una audaz Disertation sur la politique des Ro­mains en matière de religion, en la que denunciaba que la religión era una hábil estratagema de los poderosos para estable­cer su dominio sobre los humildes. Montesquieu re­partía su tiempo entre París y Burdeos.

No parecía interesarse mucho por la Histo­ria ni por las Ciencias humanas. Por el contrario, estudiaba preferentemente las Ciencias físicas y naturales, y comunicaba a las corporaciones sus ideas sobre la em­briaguez, la fiebre intermitente, los espíritus animales, la causa del eco (Mémoire sur l’écho, 1718), sobre un muchacho carente de cerebro, sobre los caracoles de Sainte Croix du Mont, sobre la utilidad de las glándulas renales (Mémoire sur les maladies des glan­des rénales, 1719), sobre las causas de la transparencia o de la gravedad de los cuer­pos (Mémoire sur la transparence des corps, 1718). Comunicaba también sus observacio­nes y experiencias sobre el musgo y la liga de las encinas, sobre diversos insectos poco identificables, sobre las ranas y los ánades. Le gustaba trabajar con el microscopio. Pero estas variadas curiosidades no perduraron. Bien pronto quedó captado por el interés hacia el hombre y hacia las singularidades de este superior y extraño animal. En 1721 aparecieron, anónimas, las Cartas persas (v.). El inmediato y clamoroso éxito de la obra indujo a Montesquieu a residir lo más posible en París, donde hacía vida mundana de 1721 a 1725; no sin continuar, por otro lado, interesándose mucho por la administración de sus tierras y la valoración de sus viñe­dos.

Se ocupó en política, en moral y cien­cia de las costumbres, tratando de descubrir dónde se encuentra la verdadera grandeza del hombre, y tuvo aventuras galantes. Com­puso las Lettres de Xénocrate à Phères, el tratado sobre la Considération et la répu­tation, el tratado de los Devoirs, el extra­ordinario Dialogue de Sylla et d’Eucrate, leído en el Club de l’Entresol en 1724. Mien­tras tanto estudiaba las Causes de l’éclair et du tomerre y las Variations de l’aiguille aimantée. Especialmente, redactó en esta época las Considérations sur les richesses de l’Espagne, breve disertación en la que probablemente se encuentra el origen le­jano del Espíritu de las leyes (v.). Impul­sado por el éxito, se presentó Montesquieu a la Aca­demia. Fue elegido, pero el rey no dio su aprobación con el pretexto de que este parlamentario no habitaba ni podía habitar en París. Montesquieu consiguió, sin embargo, ven­cer la oposición del rey: en 1728 fue aco­gido en el seno de la asamblea en la ilus­tre compañía de Mallet, quien lo invitó, para justificar su elección, a que escribiera obras menos tendenciosas que pudiera rei­vindicar públicamente. En 1726 había ven­dido provisionalmente el cargo; así, des­pués de haber sido acogido en la Asamblea, quedaba libre para viajar, y en 1728 partía para Viena; de allí pasó a Graz y a Venecia, donde, por mediación del abate Conti, conoció la Scienza nuova (v.) de Vico; a Padua, Vicenza, Verona, Milán, Turin, Génova, Pisa, Florencia, Roma, Nápoles, don­de asistió al milagro de San Jenaro (y de él habló muy inteligentemente), de nuevo a Roma, Módena, Parma, Mantua.

A través del Brenner llegó a Innsbruck; a continua­ción pasó por Munich, Augsburgo, Heidelberg (donde se extasió a la vista de la mayor barrica del mundo), Francfort, Colo­nia, Maguncia, Münster, Hannover. Llegó por fin a La Haya, donde lord Chesterfield Lo llevó consigo a Inglaterra. Montesquieu perma­neció en este país hasta 1732, estudiando cuidadosamente las costumbres políticas y las prácticas parlamentarias; y allí se hizo iniciar en la masonería. En estos viajes, Montesquieu lo veía todo, se informaba de todo, lo ob­servaba todo con viva curiosidad. Visitaba manufacturas, astilleros, puertos, salinas, museos. Se interesaba de igual manera por el ceremonial de las cortes que por el siste­ma de construcción de cloacas, por los car­denales que por las prostitutas. Escribió mi­nuciosos estudios sobre dos fuentes que parecen transformar el hierro en cuero, so­bre los procedimientos de extracción de los minerales alemanes, sobre la sobriedad de los romanos. Al mismo tiempo, redactaba una especie de guía meticulosa, pieza a pieza, de la galería de pintura del gran duque de Toscana en Florencia. De este modo se pre­paraba una vasta reserva de nociones con­cretas, enriquecida además por sus lectu­ras, observaciones y conversaciones. Ano­taba en su Spicilége las confidencias del administrador de regreso del Canadá, del misionero llegado de China, del ministro y del embajador, del general, del soldado, del publicista.

Recorriendo Europa, se había hecho explicar cómo funcionaban las ins­tituciones, se había informado del sistema de impuestos, de las epidemias y de las medidas tomadas para combatirlas, de las costumbres y de los prejuicios, de la vida literaria, de la moda, de los espectáculos, del estado de la agricultura, de la miseria del pueblo. Vuelto a su casa, continúa inte­resándose en el cultivo de las vides, vigila la venta de sus vinos y administra personal­mente su propiedad: se dedica a recortar de los periódicos noticias de todas clases, de las que espera sacar partido para sus inves­tigaciones. Copiaba pasajes de libros que le habían impresionado y que le suminis­traban alguna información preciosa, algún tema sorprendente. Sabiendo ya el uso que haría de estos fragmentos, los clasificaba y elaboraba antes de anotarlos en cuader­nos titulados Mes pensées. Cosa curiosa, en 1734 se dirigió Montesquieu a la Ferté-Vidame para conversar con Saint-Simon que sin saberlo nadie escribía allí sus Memorias (v.). En aquel año aparecieron las Consideraciones sobre las causas’ de la grandeza y decaden­cia de los romanos (v.), la segunda de las monografías que anuncian el Esprit des lois.

Junto a esta obra han de recordarse dos opúsculos de menor importancia, pero sig­nificativos: las Réflexions sur la monarchie universelle, que Montesquieu hizo componer y después incluso corrigió las pruebas de imprenta, pero que no se decidió a publicar, y el Essai sur les causes qui peuvent affecter les es­prits et les caractères, que, todavía ‘menos afortunado, ni siquiera fue entregado al tipógrafo. Al mismo tiempo que se dedi­caba de un modo cada vez más intenso al Esprit des lois, Montesquieu no descuidaba las Cien­cias naturales: se preguntaba en aquel tiem­po «si el aire que respiramos pasa por la sangre» y las causas de que las aguas mi­nerales fueran calientes o frías. En 1745 apareció en el Mercure el Dialogue de Sylla et d’Eucrate. Montesquieu casó a su hija menor Dénise y leyó en Burdeos la primera redac­ción del Esprit des lois, que bien pronto envió al editor Barriot de Ginebra, y que apareció en noviembre de 1748, sin fecha ni nombre de autor. Pasado poco más de un año, en febrero de 1750, se contaban ya veintidós ediciones de la obra, de la que Federico II hacía su «livre de chevet», aún confesando su desacuerdo en muchos pun­tos.

Catalina II encontraba en ella razones para reforzar su régimen autocràtico; los ingleses veían en la misma los méritos de sus instituciones liberales y en 1749 cita­ban el libro en el Parlamento como un texto autorizado. Jesuítas y jansenistas, en cambio, atacaron el libro y Montesquieu contestó en 1750 con la Défense de «L’Esprit des lois». A pesar de sus esfuerzos, de sus compla­cencias, de sus protestas y promesas, a pe­sar de las correcciones consentidas por él, la obra, condenada primero por la Sorbona, fue puesta en el índice en diciembre de 1751. El mismo año había sido elegido Montesquieu por aclamación miembro de la Academia de Nancy. Como señal de reconocimiento, ha­bía escrito el diálogo Lysimaque, que con­tiene quizá la última palabra de su filoso­fía. Para la Enciclopedia (v.) de Diderot compuso el Essai sur le goût, que aparece­ría después de su muerte, en el séptimo volumen, sin que tuviera tiempo de darle una última mano. Se había negado cortés- mente a la petición de D’Alembert para que escribiera los artículos Démocratie y Despo­tisme. Iba perdiendo rápidamente la vista, pero no por ello dejó de viajar. En junio de 1751 se encontraba en Burdeos, a fines de aquel año en París; en septiembre si­guiente en Bréde; en diciembre otra vez en París, donde murió en febrero de 1755.

La mayor parte de su obra: Voyages, Mes pen­sées, Verdadera historia (1738, v.), ensayos diversos, correspondencia, la parte menos elaborada, pero también más viva, quedó inédita durante mucho tiempo. Los manus­critos, escondidos durante la Revolución, habían sido llevados a Inglaterra por el nieto del escritor. Fueron publicados por primera vez a finales del siglo XIX y co­mienzos del XX, en una edición casi clan­destina, destinada a los bibliófilos de Guyena (1891-1914). Sólo desde hace pocos años ha llegado a ser fácilmente accesible al público el conjunto de su obra. Y el pú­blico ha descubierto con sorpresa en Montesquieu a un escritor modernísimo.

R. Caillois