Carlo Gozzi

Nació en Venecia el 13 de diciembre de 1720, murió en la misma ciudad el 4 de abril de 1806. Criado en el seno de una familia de literatos — un verdadero «asilo de poetas», como él la definió —, el único y gran ideal de su vida fue la lite­ratura. Sólo una vez abandonó Venecia, a los veinte años, para marchar a Dalmacia como «aventurero» en el séquito del pro­veedor general Gerolamo Quirini. Vuelto en 1744, no salió más de su ciudad natal; reanudó los estudios ininterrumpidos, que le consolaron de la amargura de unas dis­cordias familiares, agravadas con la muerte del padre y la división del patrimonio.

Su ingreso en la Academia de los Granelleschi señaló el comienzo de una nueva y más madura actividad literaria, después de la indisciplina de la edad juvenil. Se perfiló entonces en él, por primera vez, el polemista batallador, el escritor dotado de mor­daz ironía. Sus blancos preferidos fueron Chiari y Goldoni, reos de una reforma de la comedia que no agradaba a G. Les atacó muchas veces, comenzando por el almana­que El barco de los influjos para el año de 1756 (v.), al que siguió una sátira feroz, Il teatro comico all’Osteria del Pellegrino tra le mani degli Accademici Granelleschi; pero alcanzó la victoria sobre sus adver­sarios con la representación de las Fiabe, con las que no sólo demostró ser un escri­tor teatral, sino también su habilidad en suscitar el interés del público mediante tramas sencillas y la recitación improvisada de las entonces condenadas máscaras del teatro del Arte.

Aquellos años de las Fiabe fueron los más fecundos en creaciones poé­ticas de G. En el mismo año 1761 en que se representó El amor de las tres naranjas (v.), tenía el poeta listos los diez primeros cantos de La Marfisa bizzarra (v.), un poe­ma sobre las costumbres del siglo XVIII, que terminó en 1768. A continuación, se dedicó a otros géneros teatrales: tragico­medias, comedias novelescas, dramas de capa y espada; pero ya no volvió a encontrar la feliz vena poética de las Fiabe. En esta última fase de su producción literaria tuvo una amiga y una inspiradora en Teodora Ricci, mujer de Francesco Bartoli y aman­te del secretario del Senado, Pier Antonio Gratarol, la que había entrado a formar parte en 1771 de la compañía de Giovanni Antonio Sacchi.

Tal vez fue Sacchi, también él enamorado de la bella actriz, quien sugi­rió al actor Vitalba, que representaba el papel de Adonis en la comedia Le droghe d’amore, la idea de caricaturizar a Gratarol imitando su mímica y su modo de vestir. E1 poeta declaró que era ajeno a la burla; sin embargo, para defenderse de las acusaciones dirigidas contra él por Gratarol en la Narrazione apologetica de 1780, empezó G. a escribir las Memorias inútiles (v.), su más brioso e interesante libro, en el que, además de un retrato de sí mismo, ofrece cuadros de la vida contemporánea, que figu­ran entre las páginas más agradables de la literatura italiana de la época. En su pro­longada vejez tuvo el dolor de ser testigo presencial de la caída de la gloriosa Repú­blica de San Marcos. Pero ni las desilusio­nes ni las dificultades le distrajeron de tra­bajar hasta el último momento por aquel teatro que había consumido las mejores energías de su talento.

G. Vugliano