Nació en Cirene hacia 310 y en una familia noble. Su padre llamábase Batto (de ahí el nombre Battiades que dieron los poetas latinos a C.) y se jactaba de ser descendiente del antiguo personaje de su mismo nombre que, según el mito, fundó Cirene; su abuelo había sido estratega. C. tuvo por maestro al gramático Hemocrates de laso.
La familia del poeta debió de arruinarse a consecuencia de las terribles convulsiones que agitaron la vida de Cirene hacia el final del siglo IV, y C. ejerció la función docente en una escuela de Eleusis, arrabal de Alejandría. Su oscura pobreza duró varios años; pero, tras la ascensión al trono de Tolomeo Filadelfo (283), fue llamado a la corte, donde tuvo al principio una posición modesta.
Trabajó en la Biblioteca de Alejandría y no tardó en llegar a ser un famoso gramático; fueron discípulos suyos Apolonio de Rodas, Eratóstenes, Hermipo, Istro y Filostéfano de Cirene. En el Himno a Zeus (v. Himnos), cuyas estrofas exaltan al dios protector de los reyes, alaba con habilidad a Filadelfo; en el Himno a Délos (v. Himnos) pone los elogios al monarca en boca de Apolo.
De esta suerte, C. fue convirtiéndose paulatinamente en el poeta de la corte; como tal celebró en una elegía las bodas del rey con Arsinoe II, y cuando ésta falleció (julio de 270) y se construyeron un templo y un altar donde ardió la pira, cantó en un poema mélico la muerte de Arsinoe arrebatada al cielo por los Dióscuros. Por aquel entonces debió de iniciar la grandiosa obra de los Cuadros o Tablas, enorme catálogo razonado de toda la literatura griega.
Hacia el 270, su discípulo Apolonio llegó a jefe de la biblioteca y maestro del hijo de Filadelfo, el futuro Evergetes. Es probable que C. no quisiera para sí la dirección de aquel centro y que eludiera también el cargo de preceptor del príncipe, a fin de conservar íntegra su libertad; seguramente él mismo debió de favorecer el nombramiento de Apolonio.
La influencia del poeta en la corte aumentó cuando el heredero del trono entabló relaciones matrimoniales con Berenice, hija de Maga de Cirene, conciudadana de C. (258), y, sobre todo, al celebrarse la boda (247) y, muerto poco después Filadelfo, ocupar el trono los recién casados.
Cuando Evergetes partió para la guerra contra Siria y Berenice consagró en el templo de Afrodita un rizo de su cabellera como ofrenda votiva destinada a obtener el regreso de su marido indemne y victorioso, y el astrónomo cortesano Conon de Samos, desaparecido el bucle del santuario, imaginó que había sido arrebatado al cielo y resplandecía, entre la Virgen y la Osa Mayor, en la nueva constelación por él descubierta y denominada, cual sigue siéndolo todavía, Cabellera de Berenice, el poeta secundó la fantasía del astrónomo y compuso una elegía, La cabellera de Berenice (v.), en la que hizo hablar al bucle elevado a los esplendores celestiales y expresó toda su admiración hacia la belleza de la mujer, la fidelidad de la esposa y la intrépida arrogancia de la princesa real y de la soberana; el encomio, por encima de toda adulación de carácter cortesano, asumió los tonos más íntimos, sutiles y confidenciales.
La cabellera es del 245; poco posterior debe de ser el Himno a Apolo (v. Himnos). En los últimos años de su vida, el poeta, más bien que a la poesía, debió de atender a la labor del museo. Falleció probablemente hacia el 240. Tuvo un temperamento inclinado a las disputas y polémicas de tipo literario.
En el yambo XIII (v. Yambos), dirigiéndose a Apolo y a las Musas, rechaza la acusación que se le hiciera por algunos de tratar indistintamente los géneros más diversos de la literatura. No obstante, sus adversarios no le reprochaban únicamente la variedad de formas literarias empleadas; y así, le acusaban de una manera más insidiosa, presentándole como «poeta de pocos versos», capaz de componer sólo breves obritas y carente de la inspiración y el vigor necesarios para crear un verdadero poema.
¿Quiénes eran los detractores de C.? De acuerdo con diversos testimonios antiguos, creyóse durante algún tiempo que su único adversario debió de ser Apolonio de Rodas. Sin embargo, un papiro egipcio, publicado en Italia (Scholia Florentina), nos habla de varios: Asclepíades, Posidipo el Peripatético, Praxifanes de Mitilene. Nada se dice en él de Apolonio precisamente, aunque en el papiro hay espacio todavía para otros diversos nombres, lo cual permite creer que también él debió de figurar en la lista.
Asclepíades era exaltado en un famoso epigrama llegado hasta nosotros, Lidia (v.), de Antímaco; de tal encomio se hizo eco, en otra obra de carácter epigramático, su amigo Posidipo, y Apolonio no debió juzgarle diversamente, por cuanto, además de imitar con fidelidad algunos versos de Antímaco, había dedicado un texto al estudio gramatical de este poeta. A todos ellos se opuso C., el cual, en neto contraste con juicios tan favorables, definía Lidia «obra burda y no bien trabajada».
Lo cierto es que nuestro autor fue el primer poeta griego que no pretendió enseñar nada a nadie, que se propuso como fin el arte por sí mismo y tuvo una idea clara de la autonomía de éste con relación a la moral; en ello reside todo el valor de su disputa con los defensores de Antímaco. C. trató con frecuencia acerca de la poética, afrontando incluso otra cuestión.
Dice uno de sus epigramas: «Odio el poema cíclico, y no me place el camino seguido por muchos; aborrezco también al amado infiel, y no bebo en la fuente pública. Detesto cuanto sea popular». Siquiera el «ciclo épico» llegue hasta Zenodoto, C., en esta condenación del «poema cíclico», alude no sólo a los continuadores de Homero, que integraban el «ciclo», sino también al mismo autor de la Odisea; condena, en realidad, cualquier poema completo que narre diversamente, con todos sus detalles, una historia o un mito.
Lo demuestra también la exposición más completa de sus concepciones sobre el arte, que figura en el prólogo a la segunda edición de las Causas (v.), escrito en 245, cuando C. era ya anciano. A la polémica literaria se refería asimismo Ibis (v.), larga serie de imprecaciones contra Apolonio de Rodas, al cual se auguraban las más terribles desgracias de los personajes históricos y mitológicos; sin embargo, ningún fragmento poseemos de esta obra.
Posterior al mencionado prólogo y a Ibis debe de ser el citado Himno a Apolo, que encierra una animada polémica dirigida también indudablemente contra Apolonio. Por su poética, repetidamente afirmada por él mismo con vigor y sincera convicción, C. merece un puesto en la historia de las ideas estéticas y del gusto. Sus criterios acerca de la poesía resultan nuevos y originales.
Nadie antes que él osó proclamar la inferioridad del poema «uniforme y continuo» respecto del de escasa extensión e integrado por unos cuantos versos exquisitos, y ningún otro poeta griego se había atrevido a afirmar que su arte iba destinado, no a la masa ignorante, sino a la minoría de los espíritus refinados. La producción poética de C. comprendía las Causas, los Yambos, los Poemas líricos, Hecale (v.), la elegía A Maga, otra titulada La victoria de Sosibio, los Himnos, los Epigramas e Ibis.
De tan amplia y multiforme actividad poética poseíamos, hasta hace no muchos años, seis Himnos y sesenta y tres Epigramas, además de muchos fragmentos breves; pero numerosos papiros de Egipto nos han devuelto gran cantidad de pasajes, a veces de notable extensión, de las obras perdidas. Después de Homero y Menandro, C. es el poeta griego que mayor influencia ha ejercido a través de los siglos. No sin razón fue definido como «el más moderno de los griegos», y lo es ciertamente por su ingenio, su gracia sutil y su ironía mordaz, que le lleva a reírse incluso de sí mismo.
Con frecuencia, la unión de ironía, gracia y ternura promueven en él una delicada armonía. Algunos de sus epigramas eróticos y sepulcrales son pequeñas obras maestras.
G. Perrotta

