Blaise Pascal

Nació en Clermont-Ferrand el 19 de junio de 1623, murió en París el 19 de agosto de 1662. La educación paterna (era segundo hijo de Etienne Pascal, magistrado y buen estudioso de Matemáticas), más científica que humanista y filosófica, contribuyó a la disposición de Pascal hacia la observación y la reflexión. Pronto el joven prodigio se distinguió en el llamado círculo del pa­dre Mersenne (v.), y este ambiente influyó en su formación mental. A los dieciséis años preparó Pascal un Traité des coniques, del que sólo nos queda un Ensayo sobre las cónicas (v.), que publicó en 1640 y en el que se encuentra el teorema de Pascal Hacia 1642 in­ventó la «máquina aritmética», que no pudo presentar al público hasta 1645. Habiendo llegado a su conocimiento en 1646 la expe­riencia de Torricelli, se apasionó por la cuestión del vacío. Los experimentos, he­chos conjuntamente con el científico Pascal Petit, le convencieron de que era un prejuicio el horror de la naturaleza por el vacío, como sostenía el mismo Descartes.

En octu­bre de 1647 hizo Pascal públicos los primeros resultados de sus experimentos, con mucha prudencia y circunspección, en el opúsculo Expériences nouvelles touchant le vide, bajo la forma de un Abrégé donné par avance d’un plus grand traité sur le même sujet. A partir de aquella fecha se debilita el pre­juicio del horror por el vacío. La expe­riencia decisiva fue hecha el 19 de septiem­bre de 1648, y Pascal podía asegurar en el Récit de la grande expérience de l’equilibre des liqueurs (octubre de 1648) que «la natura­leza no siente ninguna repugnancia por el vacío y no realiza ningún esfuerzo para evitarlo» y que la única y verdadera causa de todos los fenómenos atribuidos por el consenso universal de los pueblos y por la locura de los filósofos al horror al vacío «es el peso y la presión del aire». Preparó, en fin, un Traité sur le vide, documento significativo para precisar la concepción pascaliana de la ciencia y de las relacio­nes de ésta con la filosofía y la religión.

En los dos tratados, admirables por su rigor científico y por su lucidez, De la pesanteur de la masse de Vair y De l’equilibre des liqueurs (v. Tratado sobre el equilibrio de los líquidos) redactados entre 1651 y 1652 y publicados póstumamente en 1663, se coor­dinan y armonizan todos los resultados acer­ca de la estática de los líquidos desde Arquímedes hasta Galileo y Descartes. A la a-dad de dieciocho años su salud estaba ya minada. En 1646 tuvo los primeros contac­tos con Port – Royal y el jansenismo, a través de escritos de Jansenius, de Saint- Cyran y de Arnauld. En rigor no puede hablar de «conversión» de Pascal al jansenismo, ni es exacto decir que esta supuesta con­versión fuera puramente «intelectual» (Bremond, Strowski, Chevalier, etc.): Pascal comien­za a comprender el significado de la «ver­dadera piedad»; que ser cristiano quiere decir amar a Cristo en serio, enteramente, como en serio y enteramente nos ha amado Él; que servir verdaderamente a Cristo sig­nifica separarse de todo y de todos, reali­zar el «dépouillement» ascético.

La toma de hábito de su hermana Jacqueline en Port- Royal (26 de mayo de 1652) impresionó ciertamente a Pascal; pero no lo conquistó para la vida religiosa. En efecto, durante cerca de dos años (el llamado «período mundano»), cedió a la ambición y a la vanidad de mostrarse en sociedad y parece que es­tuvo a punto de casarse. Así, se puso en contacto con los medios aristocráticos; sin ello, no hubiera penetrado Pascal tan profun­damente, ni leído con tanta claridad en el corazón humano, ni escrito los admirables análisis sobre los sentimientos de tedio, de tristeza, etc. En estos años (1653-54), com­puso tratados de Matemáticas: Tratado del triángulo aritmético (v.), Traité des ordres numériques, Traité de la sommation des puissances y las Combinaisons. Es notable también un Mémorial, redactado en latin (1654) y presentado a la Academia pari­siense de Matemáticas, en el que bosqueja un vasto programa de investigaciones a em­prender en torno a los cálculos de los divi­sores de un número, a las potencias numéricas, al problema de los cuadrados mági­cos, a los contactos de las esferas, a las sec­ciones cónicas, a la regla de la división, etc. De esta última hará una aplicación a los problemas de orden religioso.

Se ocupa también del fundamento del cálculo de las probabilidades en la importante correspon­dencia mantenida con Fermât, que se había interesado por el mismo tema según el mé­todo de las combinaciones, a diferencia de Pascal que seguía el método aritmético. No se puede separar de un modo claro al Pascal cien­tífico, racionalista y crítico del Pascal apologista «teólogo» y «dogmático»: el interés reli­gioso de Pascal se halla presente también en las investigaciones científicas, de las cuales se extraen motivos y sugerencias que son el fundamento de los Pensamientos (v.). Ello aclara su concepto de la verdad, lo que suele llamar el «realismo» gnoseológico (y también metafísico) pascaliano. Es verdad que, para él, la ciencia es un sistema abier­to que se desarrolla y progresa; pero ello no excluye (por el contrario, implica) la eternidad y objetividad de la misma ver­dad, la cual no comienza a ser en el momento en que es conocida, sino que existe eternamente, antes de que sea conocida e independientemente del hecho de serlo.

Lo histórico, mudable y progresivo no es la verdad sino el conocimiento que de ella alcanza el hombre. El conocimiento del hombre aguzó en Pascal el problema del hom­bre mismo, misterio en sí mismo. El mundo lejano de Dios acercó a Pascal a Dios de un modo definitivo. Los mismos estudios de Matemáticas le presentaron al hombre sus­pendido entre el infinito y la nada: la lec­tura de Epicteto y de Montaigne le hicieron aparecer más vivo el problema del hombre; el ejemplo de su hermana Jacqueline le advirtió y le invitó; Pascal da el paso que ha­bía preparado toda su vida espiritual. Con­clusión, más que auténtica conversión, ocu­rrida la noche del 23 de marzo de 1654, en la que compuso el célebre Mémorial (v. Opúsculos religiosos), que llevó cosido en el forro del justillo, de donde lo sacó un criado pocos días después de su muerte. El 24 de noviembre buscó soledad y silencio lejos del mundo. Obtuvo una celda entre los «solitarios» de Port-Royal. Además de dedicarse a la oración y a la meditación, leía a San Agustín y se interesaba por los alumnos de las «pequeñas escuelas» y por las controversias teológicas entre Arnauld (v.) y los jesuitas, en las que tomó parte con gran turbación de su paz espiritual.

Con el aumento de los sufrimientos físicos, pro­gresa Pascal en la perfección, en la renuncia y en las obras de caridad; se sujetó a una rigurosísima disciplina ascética hasta llegar a ciertas exageraciones de sabor jansenista: la Prière pour le bon usage des maladies (v. Opúsculos religiosos) constituye un documento significativo. El 19 de agosto de 1662 se extinguió después de haber reci­bido el viático, como cristiano y como cató­lico, sumiso a la Iglesia y al papa. A este último período (a partir de la «conversión») corresponden: a) otros importantes escri­tos matemáticos, entre los que sobresale El espíritu geométrico (v.) de 1655; b) las Car­tas del Provincial (v.), que se insertan en la áspera polémica entre jesuitas y janse­nistas a propósito de la doctrina de la gra­cia. Son consideradas universalmente, desde el punto de vista literario, como la primera obra maestra de la prosa francesa. Hay, en cambio, disparidad de juicios acerca de su significado ideal y de su importancia doc­trinal; c) Pensamientos y otros escritos me­nores, entre los cuales el célebre Entretien avec M. de Saci sur Epitete et Montaigne (v. Opúsculos religiosos).

Para Pascal, el hombre se descubre a sí mismo frente a Dios, reve­lado por Cristo. Es el tema central del gran proyecto de la nueva «Apología del cristia­nismo», en la que trabajó en sus últimos años. De ella dejó numerosas notas que, jun­to con otras reunidas después de su muerte, han constituido los Pensamientos, una de las obras maestras de la literatura filosófico- religiosa. La primera edición, en pocos ejemplares, es de 1669, reimpresa al año siguiente para el público con el título de Pensées de M. Pascal sur la religión et sur quélques autres sujets. Fue compuesto por un «comité» del que formaban parte Arnauld, Nicole, Jean Filleau de la Chaise y otros amigos de Pascal. Ante el problema de publicar los fragmentos como el autor los había dejado, o reagruparlos, escoger­los e integrarlos, el «comité» creyó opor­tuno seleccionar los fragmentos «más cla­ros y completos», ordenarlos de un modo sistemático, reagruparlos según los temas y aportar correcciones y cortes. La edición de 1669 sirvió de base a las siguientes, has­ta que V. Cousin resaltó la necesidad de preparar otra menos defectuosa. En 1844 fue publicada la primera edición íntegra preparada por P. Faugére, a la que siguie­ron otras hasta llegar a la de Brunschvicg (1897)  y a las siguientes, también impor­tantes, de Strowski (1930), de Tourneur (1938) y de Lafuma (1951).

Para «persua­dir» al ateo, escoge Pascal la vía psicológica, cuyo método no es el «espíritu de geome­tría», sino el «esprit de finesse»; ha de tener en cuenta a cada uno y adaptarse a él; por lo tanto, conocer al hombre en los más secretos movimientos de su corazón, en las adversidades de su naturaleza y po­nerlo frente al enigma (el «incomprensible monstruo») que lleva en sí mismo. No es que Pascal rechace la apologética tradicional, ni que la suya sea puramente subjetivista y fideísta. Tres son los modos de creer: por «raison», por «coutume» y por «inspiration». Pascal da la primacía a este último; pero no excluye la razón: una pura y simple «religión de coeur» es insuficiente, como una pura y simple «religión de la raison» es la negación de la religión cristiana. Por consiguiente: «coeur» y «raison»; el llamado «fideísmo» de Pascal es una exageración de algunos intérpretes suyos. De ahí el mérito de la apologética pascaliana: el mérito de ser intrínseco como método (siempre que se mantengan bien distinguidos los dos ór­denes de lo natural y lo sobrenatural) y los límites del ser psicológico, aun cuando la psicología pascaliana llega a alcanzar pro­fundidades metafísicas. A pesar de sus limi­taciones, los Pensamientos, por su elocuen­cia incisiva, por el «pathos» profundo que los anima, por las verdades que contienen son quizá, a partir del siglo XVII, una de las más eficaces apologías del cristianismo.

M. F. Sciacca