Benito Pérez Galdós

Escritor espa­ñol. Nació en Las Palmas (Canarias) el 10 de mayo de 1843 y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Pertenecía a una familia distin­guida, y Benito fue el menor de diez her­manos. Por la rama materna procedía de Azpeitia, como nos declara él mismo. En este pueblo de Vizcaya nació el abuelo de nuestro autor, don Domingo Galdós y Al- corta, que se instaló en Las Palmas en los últimos años del siglo XVIII, donde ejerció su destino de secretario de la Inquisición. Estudió Pérez Galdós las primeras letras en su ciu­dad natal, y sus primeras aficiones parece que fueron el dibujo, y sobre todo, recor­tar monigotes en hojas de papel, lo que hacía al parecer con notable habilidad. Cursó el bachillerato en el colegio de San Agustín, donde había ingresado como in­terno, y que era a la sazón la escuela más moderna de Las Palmas; se dice, y es posi­ble que sea así, que los años de colegio tuvieron una gran influencia en la futura evolución del escritor en cuanto a las ideas; se ha atribuido sobre todo esta influencia al doctor don Graciliano Alonso, que an­duvo después huido por América, deste­rrado por sus ideas liberales. Pérez Galdós había ido abandonando su afición a recortar mo­nigotes; en este tiempo se dedicaba con más asiduidad al dibujo y la pintura, afición que conservó toda su vida.

Apenas sabemos nada de sus lecturas, pero es de creer que en este tiempo había ya leído a los maestros de la literatura universal, y sobre todo a Balzac y a Dickens, que tanto habían de influir en su obra. Es difícil averiguar lo que pensaba y sentía en este tiempo; fue un muchacho tímido y apocado, y se mostró después muy reacio a hablar de este período de su vida. Mientras estudiaba en San Agus­tín, dio ya una prueba de su vocación latente, en un artículo publicado en el pe­riódico del colegio. No obstante, en este tiempo, mostraba más inclinación hacia el dibujo, y en una exposición provincial cele­brada en 1862 obtuvo uno de los primeros premios; con los dibujos presentados en esta exposición, y otros que haría después, ilus­traría Pérez Galdós la primera edición de sus Episodios Nacionales, donde puede verse que no carecía de aptitudes. Fue también aficionado a la música; llegó a tocar con soltura el piano y fue admirador apasionado de Beethoven, al que dedicó dos capítulos de una de sus novelas; pero también escri­bía versos y los publicaba: eran versos de carácter satírico, y algunos alcanzaron un notable éxito; uno de ellos llegó incluso a ser reproducido en un periódico de Madrid.

También por este tiempo, y antes de termi­nar el bachillerato, escribió Pérez Galdós sus pri­meras obras de teatro. Poco después, termi­nados sus estudios, pasó a La Laguna, en Te­nerife, donde se graduó de bachiller en Artes, en el Instituto Provincial. En consejo de familia se había acordado que siguiese la carrera de Leyes, y estando entonces cerrada la Universidad de La Laguna a causa de disturbios políticos, Pérez Galdós se embarcó para la península. Aquel día daba en verdad el gran paso en la ruta de su destino. Llegó a Madrid en 1862, es decir, casi cumplidos los veinte años, e ingresó en la universidad; allí estudió, según él, «de mala gana» la carrera de Derecho. Lo hizo de tan «mala gana» que se pasó la mayor parte del tiem­po haciendo novillos; frecuentaba el Ate­neo, donde se reunía con algunos amigos, leía, y «recorría Madrid de punta a punta». Ocurrió, en esto, lo que era natural: Pérez Galdós no terminó la carrera, pero, en cambio, acumuló impresiones para aquellos cuadros de Madrid en los que no ha tenido rival. Lo que le agradaba, sobre todo, era deam­bular por la ciudad; visitaba las viejas igle­sias, los palacios antiguos, los rincones, las calles menos conocidas.

Uno de los espec­táculos que atraía con más fuerza su aten­ción era el relevo de la guardia de palacio; en ello se delataba el descendiente de mili­tares, y se anunciaba a la vez al futuro autor de los Episodios. En su vagar por la capital, fue Pérez Galdós testigo de muchos de los hechos de su tiempo; presenció, por ejem­plo, el motín de la noche de San Daniel, con otros sucesos menos importantes de aquella hora agitada y que aprovechó des­pués para sus libros. En este tiempo empezó a frecuentar algunas tertulias, estupendas fuentes de información, en los afanes que le agitaban; asistió sobre todo a los estrenos teatrales, pues el teatro, ya desde sus pri­meros años había ejercido en él una fuerte fascinación, y había empezado a colaborar en algún periódico. En 1867 llevó a cabo su primer viaje a París; iba con sus padres, con motivo de la Exposición. Hizo en París las visitas obligadas: museos, monumentos, la Exposición, que era en apariencia el objeto del viaje, y también en París su gusto le llevó, sobre todo, a las manifestaciones patrióticas, «como la revista mili­tar que pasaba el Emperador a las tropas en los Campos Elíseos», una prueba más, si nos faltara, de aquella inclinación militar y patriótica de su alma, herencia de sus antepasados. Como en Madrid, en París se dedicó Pérez Galdós a recorrer la capital de un extremo al otro; curioseó por las paradas de libros de los muelles del Sena y compró, nos lo dice él, Eugenia Grandet, de Balzac.

A su regreso de París, estuvo en Gerona, sin idea aún de que un día reviviría en una obra suya el episodio más saliente de la ciudad; pasó de Gerona a Barcelona; allí le sorprendió una novedad: la revuelta del 68 y la caída de Isabel II. Sintióse, según nos dice, entusiasmado con la revuelta y el advenimiento de la República; pero sus familiares no compartieron su entusiasmo, ni mucho menos, y al día siguiente, asusta­dos por el cariz que tomaban las cosas, aprovecharon la oportunidad de la salida de un vapor anunciada para el día siguiente y se embarcaron rumbo a Canarias. Él, no obstante, no iba contento. Ardía en deseos por ver en Madrid «los aspectos trágicos de la revolución» — nos dice — y suplicó a su familia que le dejaran en Alicante. Accedió ésta; desembarcó en Alicante, y sin apenas ver la ciudad, sin esperar, tomó el tren para la capital; llegó a tiempo para ver la en­trada de Serrano, con la alegre agitación de la ciudad, esperanzada, como siempre, con las mudanzas: «A los pocos días de llegar a la villa y corte tuve la inmensa dicha de presenciar en la Puerta del Sol la entrada de Serrano… Ovación estruen­dosa, delirante…». En el periódico Las Cor­tes hacía Pérez Galdós por este tiempo las reseñas parlamentarias; había empezado a colabo­rar en diversas publicaciones y no tardó en hacerlo en España.

En esta revista apare­cieron sus dos primeras novelas La sombra y El Audaz. Frecuentaba las tertulias de escritores, en las cuales sería muy pronto una de las figuras más destacadas; frecuen­tó, no obstante, mucho más los teatros, y empezó asimismo a relacionarse con los actores, a elogiarlos y a trabar amistad con ellos, con vistas a un posible estreno, que deseaba vivamente, y acaso tuviese ya em­borronada alguna obra. Muy pronto se fue apartando de las colaboraciones para dedi­car a la obra literaria todo su esfuerzo. La Fontana de oro (v.), aparecida en 1870, es una obra mitad novela, mitad historia, en que Pérez Galdós evoca el reinado de Femando VII a través del café donde se reunían los liberales y revolucionarios de aquel tiempo; en ella se anuncia ya el tono y la manera de los Episodios; era como si Pérez Galdós hubiera ensayado aquí un poco sus fuerzas para aquella empresa. Inmediatamente después empieza a meditar, a trazar el plan de la obra, a hacer viajes, a consultar libros, a remover archivos en busca de datos, y en el verano de 1872 emprende seriamente la tarea. En dos años, entre 1873 y 1875 escribió la primera serie de cinco volúme­nes por año, y apenas terminados puso mano a la segunda serie; ésta costó más, ya que en los intervalos volvió a la novela contemporánea; escribió en estos años Doña Perfecta (v.), Gloria (2 tomos, v.) y La familia de León Rocín (v.), de clara ascen­dencia zolesca.

Terminó Pérez Galdós los Episodios Nacionales (v.) en 1879, año en que se publicó el último, Un faccioso más y algunos frailes menos. A partir de ahí, con la nueva seguridad adquirida, la producción de Pérez Galdós se intensifica y en estos años de 1881 a 1892 aparece novela tras novela, estrena nuevos dramas y crece su popularidad. En este tiempo, y entre obra y obra, había llevado a cabo algunos viajes. Visitó Inglaterra acompañado de Alcalá Galiano, que enton­ces estaba en Newcastle al frente del consu­lado español; con este amigo estuvo Pérez Galdós en Londres y en otras ciudades importantes; de allí pasó a Holanda; estuvo en Alema­nia, en Francia, siempre deteniéndose en las principales ciudades. Un año después, en el verano, volvió a Inglaterra con el mismo Alcalá Galiano, y en el otoño se dirigió con él a Italia; visitó gran número de ciudades europeas, tras lo cual los dos amigos se separaron; Pérez Galdós volvió a Madrid y Alcalá Galiano a su casa de Newcastle. En aquellos años nuestro autor se había aficionado en gran manera a Santander y pasaba allí los veranos; allí conoció a Pe­reda, si no fue allí invitado por el escritor; no tardaron en sentirse unidos por una sincera amistad, a pesar de las diferencias que les separaban en ideas y aun en senti­mientos, amistad que duraría hasta el último día de la vida del autor de Sotileza.

Con Pereda hizo Pérez Galdós un viaje a Portugal en 1885, y otro a París, incorporándose en éste a una excursión por el Rin. Como todos los escritores, Pérez Galdós se sintió también ten­tado por la política, y en 1886 se presentó diputado en el partido de Sagasta; salió elegido, «por telegrama», y fue diputado por Puerto Rico; «un día — dice — me encontré con la noticia de que era representante en Cortes con un número verdaderamente fan­tástico de votos». Se encontró, pues, dipu­tado de la nación; asistió a las sesiones del Congreso y no despegó los labios, como Azorín después, pues no era su fuerte la oratoria, pero adquirió valiosas experien­cias, de que se sirvió después para sus libros, y contrajo amistades no menos valio­sas; fue diputado en otras legislaturas, siem­pre por iguales o parecidos procedimien­tos, y siempre para asistir al Congreso sin abrir los labios para nada. Residió en este tiempo en Madrid, que fue para él la ciudad más querida; habitaba en el paseo de Areneros, y vivían en él sus hermanas doña Concha y doña Carmen, y el hijo de ésta don José Hurtado de Mendoza, inge­niero agrónomo, que acompañaba ahora a Pérez Galdós en la mayoría de sus viajes. Iba el novelista con bastante frecuencia a Toledo, que, después de Madrid, era la ciudad que más le agradaba.

En sus viajes a la vieja capital, Pérez Galdós se hospedó muchas veces en casa de unas señoras conocidas; pero mucho más lo hizo en «La Alberquilla», finca pró­xima a la ciudad, adonde iba invitado por los dueños. En abril de 1888 se trasladó a Barcelona con dos amigos para visitar la Exposición, siendo alcalde Rius i Taulet; el mismo año hizo un nuevo viaje a Italia; le acompañó Alcalá Galiano, al que fue a buscar a Inglaterra, saliendo los dos de allí para la excursión. En este tiempo volvió al teatro, y ya por consejo de sus amigos, por instigación de cómicos, y mucho más sin duda por su inclinación, escenificó su novela Realidad. En el estreno de la obra tomó parte María Guerrero, que empezaba entonces su carrera. El buen éxito de Reali­dad le animó a escribir nuevas obras; esce­nificó su novela La loca de la casa (v.), que fue un éxito; en el mismo año llevó a la escena Gerona, adaptación de la novela de igual título; esta vez el estreno fue un fracaso. Pérez Galdós renunció por algún tiempo a las adaptaciones aunque continuó escri­biendo para el teatro. Alcanzó brillantes éxitos, que culminaron en la representación de Electra, en 1901, aunque en este estreno se mezclaron ya motivos políticos que te­nían poco que ver con los méritos de la obra. Por este tiempo realizó Pérez Galdós uno de sus más caros deseos: tener una casa en Santander.

En 1893 pasó por primera vez el verano en la nueva casa; la bautizó con el nombre de San Quintín, que era el título de la obra que escribía en aquel momento; a los asiduos de la casa los llamaban «los de San Quintín». El 27 de enero del 94 su­bía a las tablas la obra, constituyendo su es­treno uno de los mayores éxitos de Pérez Galdós En la primavera de este año llevó a cabo un viaje a Ansó con el fin de documen­tarse para su drama Los condenados. Al re­greso de aquel pueblo donde fue invitado y agasajado, se detuvo en Pamplona, tam­bién con el mismo motivo, regresando de allí a Madrid. El estreno de Los condenados, a pesar de los augurios, fue un fracaso rotundo y un escándalo en el que se unie­ron el público y la crítica. El autor lo atri­buyó a maquinaciones secretas, a envidias, etcétera, lo que explicó, al publicar la obra, en el prólogo. Tal vez no le faltaba razón, ya que, repuesta la obra algunos años des­pués, alcanzó un franco éxito. En 1897 fue Pérez Galdós elegido miembro de la Real Acade­mia Española, en la cual había intentado inútilmente entrar en diversas ocasiones. El 7 de febrero leyó su discurso de ingre­so, al que contestó Menéndez Pelayo. Poco después publicaba Misericordia, una de sus mejores novelas, y a continuación El abuelo, llevada al teatro más tarde y estre­nada con gran éxito. Este momento señala la plenitud en la vida de nuestro autor, el punto máximo de su fama.

Los Episodios repetían sin cesar las ediciones; sus novelas eran también leídas y admiradas y sus éxi­tos en el teatro habían hecho de él uno de los autores más populares; había inter­venido, como hemos visto, en la política, siendo diputado en diferentes ocasiones; su fama, no obstante, en lo principal proce­día de los Episodios. A partir de aquí Pérez Galdós vivió cada vez más retirado; desde ha­cía tiempo se resentía de la vista. Había renunciado ya casi del todo a sus viajes, y sólo de vez en cuando, acompañado de su sobrino, asistía a alguna tertulia, ansioso aún de la última noticia. Sus últimas obras las escribió para el teatro, terminando así por donde había empezado. Se había instalado en el hotelito que su sobrino Hur­tado de Mendoza había adquirido y en el cual tenía él su despacho en la mejor habi­tación. Estaba situado en las afueras de Ma­drid, de manera que su aislamiento se hizo más cerrado. Su vista se debilitaba de día en día, y el año 1913 quedó completamente ciego. Desde este momento Pérez Galdós dejó casi de verse en público. Todavía hizo alguna salida acompañado de su sobrino o de algún amigo. En 1917 estuvo en Barcelona para asistir al estreno de Marianela (v.). Volvió aún a la Ciudad Condal el año siguiente, pero era ya una sombra de sí mismo, y los achaques, las enfermedades se iban ceban­do en él.

Al regreso puede decirse que se sepultó en su piso de Madrid, ya más del otro mundo que de éste; pasó aún dos años sin apenas moverse, sentado en un sillón, con las piernas envueltas en una manta y esperando la visita de los amigos; la última salida la hizo el 22 de agosto de 1919; en este día dio aún un paseo en coche por la Moncloa; era, como se ha dicho, la des­pedida definitiva; aquel día, al regreso de su paseo, se puso en la cama para no le­vantarse más. Vivió todavía algunos meses, postrado en una casi absoluta inmovilidad, y el 29 de diciembre, después de un ataque de uremia, dejó de existir Pérez Galdós es sin duda una de las figuras más considerables de la narrativa española de nuestro tiempo, para algunos, el primer novelista español moderno. Fue, en efecto, novelista por en­cima de todo; ha sido, es verdad, el gran evocador de episodios de la historia de Es­paña, el recreador de tipos y escenarios de aquella época, que le hicieron famoso, pero el Pérez Galdós importante está en la novela, y lo que hay de más valor en aquellas evo­caciones nace principalmente de sus condi­ciones de novelista.

En sus primeras nove­las se muestra con sus creencias, o con las creencias de la época; las concibe ya sobre una tendencia, o credo, en que entra su libe­ralismo, su anticlericalismo. Domina — y pesa— en ellas la preocupación religiosa, en detrimento de los valores puramente hu­manos o literarios; son éstos Doña Perfecta, Gloria y La familia de León Roch; muy superior se nos muestra en sus otras nove­las, donde atiende sólo a los aspectos hu­manos, como por ejemplo en Misericordia (v.), y de aquí la superioridad de esta no­vela sobre aquéllas, y aun en Gloria, que puede ser considerada como una de las mejores que escribió. Pérez Galdós ha sido enjui­ciado de maneras muy distintas: en gene­ral, los críticos de su tiempo, y entre ellos figuras como Clarín y Menéndez Pelayo, le elogiaron casi sin reparos; para Menéndez Pelayo, Los Episodios Nacionales son una de las más afortunadas creaciones de la literatu­ra española; para Clarín, Pérez Galdós «ha escrito con el género más difícil y agradable para nuestros días, la novela mejor pensada, más inspirada y de forma más bella de cuantas se han publicado en España en el pasado siglo: esta novela se llama Episodios Na­cionales». En cambio, para la generación posterior, para Unamuno y Baroja, como para Azorín, no fue el gran novelista que aquéllos pretenden. Sin negar razón, en mucha parte, a aquellos maestros, uno se sentiría más inclinado a darla a los nuevos.

No pueden aceptarse, es verdad, algunas afirmaciones de Unamuno, y menos aquella que hace oponiéndose a los que compara­ban a Pérez Galdós con Tolstoi y en que miró más a hacer una frase que a decir una ver­dad. «La comparación — dijo Unamuno — está bien, con la única diferencia de que el primero estaba con Sagasta y el otro con Dios». Era, claro está, una gracia, un chiste, pero no dejaba de contener algo y aun bastante de verdad. Siempre en Pérez Galdós se echa de menos algo; una parte de aquel aliento, de aquella elevación que hallamos en los grandes maestros; reina a menudo en sus libros un clima de vulgaridad, casi de ramplonería; su mismo humor no es, por lo general, de gran calidad, y aun aquel hablar de algunos de sus personajes más simples estropearon el lenguaje, del que Pérez Galdós usa y abusa, sabe inspirarle muy pocos aciertos; su estilo es gris, nada brillante, y emplea frases y giros imitados de los clásicos, especialmente de Cervantes, pero a los cuales no acierta a renovar, como ocurre, por ejemplo, en Ortega y Gasset; su prosa tiene, por esto, un sabor rancio, un tufillo de cosa pasada; lo más grave es, sin embargo, el fondo, al que pese a sus méritos indudables no sabe infundir todo el espíritu, toda la nobleza apetecible. «Le faltaba llama lírica», dice de él Menéndez Pelayo, que como sabemos le admiraba.

Tal vez no sea esto precisamente; tal vez le falta elevación, espiritualidad, que no es lo mismo, o mejor, como también se ha dicho, le faltaba amor. Sea lo que fuese con su frialdad a veces, y su bajo tono, no deja de ser un captador singular de realidades, un pintor vigoroso del medio, y que sabe manejar admirablemente los contrastes; su prosa es clara, su narración viva y prende en seguida en el ánimo del lector. En sus obras hay energía y, sobre todo, talento or­denador, dominio soberano del conjunto; destaca Pérez Galdós también, y lo hemos dicho, en la evocación del ambiente, y también en el soplo de humanidad que logra insu­flar en algunos de sus personajes. Es pre­ciso por esto reconocer la importancia de Pérez Galdós dentro de la novelística española con­temporánea. Él es, además, el verdadero restaurador de la gran narrativa en Es­paña, género que desde el Siglo de Oro yacía casi del todo sepultado, el que le infunda nueva vida con sus creaciones, el que abre los caminos a los novelistas de después, que siguieron casi todos sus hue­llas. El hecho sólo de que Baroja y el pro­pio Unamuno hayan de acudir, para reba­jarle, a escritores como Dickens, Tolstoi o Balzac — de los tres tuvo algo — nos habla claramente de la importancia que ellos le concedían.

S. J. Arbó