Beato Ramón Llull, (Raimundo Lulio)

Teólogo y escritor místico catalán. Nació en Palma de Mallorca el 12 de enero de 1233, murió en Bugía (Argelia) el 29 de julio de 1315. Perteneciente a una familia noble y rica, paje, luego senescal del rey de Mallorca, Jaime II, casado en 1256 con Blanca Picany, llevó una vida disoluta hasta el momento de su repentina conversión, que tuvo efecto en julio de 1265, y a conse­cuencia de la cual decidió consagrar su vida y su inteligencia a la conversión de los infieles. Esta resolución le sumió en un estado de exaltación extrema, que preocupó en grado sumo a su mujer y sus padres, los cuales le hicieron nombrar un administrador del patrimonio de su esposa e hijo. Llull no tenía otro afán que aprender perfec­tamente el árabe; nueve años pasó en el estudio de esta lengua.

Luego emprendió la redacción de escritos de apologética como Grande y último arte (antes de 1277, sin duda hacia 1270), tratado de filosofía den­tro de la tradición de la Suma contra gen­tiles (v.) de Santo Tomás de Aquino, y el Libro de contemplación en Dios (1272, v.), escrito en árabe y luego en catalán y com­pletado más tarde con El arte de la con­templación (1283). De la misma época data una de las obras literarias más notables de Llull, el Plant de Nostra Dona Santa Maria (v. Poesías). En su afán de apostolado en­tre los musulmanes, Llull llegaba a soñar en el establecimiento en toda la cristiandad de seminarios para la formación de misio­neros destinados a los más remotos países y, hacia 1275, obtuvo de su antiguo señor, Jaime II, la fundación en Miramar (Ma­llorca) de un convento franciscano en el que enseñó durante diez años Filosofía y Lengua árabe. Deseando ensanchar su cam­po de acción, Llull visitó diversos centros culturales de Europa, en los cuales daba conferencias de propaganda. Pero muy a menudo su exaltación hacía que le toma­ran por un loco. En 1285-86 residió en Roma, donde escribió su novela utópica Blanquema (1285, v.) y la enciclopedia titu­lada Félix o Libro de maravillas (1286, v.), que contiene un magnífico cántico: Libro del Amigo y del Amado (v.).

Después de una estancia en París (1287-89) y en Mont­pelier (1289), Llull marchó a Génova y de allí embarcó para Túnez (1291). Aislado en la ciudad árabe, no logró durante casi un año predicar en ella el cristianismo: final­mente fue detenido y luego expulsado. Des­embarcado en Nápoles en enero de 1293, reanudó inmediatamente sus jiras de apos­tolado y sus trabajos apologéticos, sin con­seguir que la Santa Sede admitiera la utilidad de abrir colegios de misioneros. Durante una nueva permanencia en Roma en 1295, compuso el Árbol de la ciencia (v.); en cuanto al Árbol de la filosofía y del amor, desarrollo del Ars amativa boni, fue sin duda escrito en París hacia 1298, lo mismo que la Declaración en forma de diálogo (v.), comentario de 219 proposiciones por las que el arzobispo de París, veinte años antes, había condenado el averroísmo de Siger, de Brabante. Después de un viaje a Chipre (1300-02) donde sus planes de apostolado fueron asimismo mal acogidos, Llull hizo nuevas e inútiles gestiones cerca de los medios universitarios de Francia e Italia y aun del propio papa Clemente V.

Comprendiendo la imposibilidad de obtener ayuda, intentó él solo una nueva empresa. En 1305 desembarcó en Bugía, en la costa de Argelia, y allí comenzó a predicar el Evangelio. Muy pronto fue detenido y en­carcelado por los árabes; al cabo de seis meses recobró la libertad y fue enviado a Europa. Tal vez gracias al prestigio que le diera esta aventura, las conferencias que Llull pronunció en París, en 1310, desperta­ron vivo interés y un año más tarde, el infatigable apóstol, con más de ochenta años a cuestas, veía al fin sus proyectos adopta­dos por la Iglesia. Su vigor intelectual no había sufrido mengua: durante su estancia en París, en 1310, compuso todavía el tra­tado Modo natural de entender (v.) y el libro de vulgarización de la filosofía esco­lástica titulado Los doce principios de la filosofía (v.). Alentado por el apoyo de la jerarquía eclesiástica, emprendió entonces una nueva campaña de propaganda misio­nera: estuvo en Mallorca, en Montpellier, en París, en Mesina y finalmente, en 1314 embarcó para una nueva expedición por el África del Norte.

Poco después de haber tocado tierra en Bugía, fue lapidado por los habitantes y murió mártir, víctima de las heridas recibidas. El pensamiento de Llull es inseparable de su proyecto de conver­sión de los infieles: la originalidad de su filosofía, en relación con las de su época, consiste en que se dirige ante todo a hom­bres que niegan la Revelación. El esfuerzo del apóstol catalán, mucho más fecundo en sí mismo que por los resultados obtenidos, tendió, pues, a remontarse a las causas primeras capaces de imponerse a cual­quier inteligencia, cristiana o no, y a ope­rar en seguida una deducción de todas las verdades particulares en un juego de ex­plicación o de combinación de todos aque­llos principios. Sin embargo, el sabio a quien la Edad Media dio el título de «doc­tor illuminatus», estaba lejos de ser un mero racionalista; apasionado por la alqui­mia resumió todos los conocimientos y creencias de la época sobre tal materia en su Testamento del arte químico universal (v.), impreso en Colonia en 1566.

Es sin duda este aspecto del pensamiento de Llull que explica las vivas oposiciones que en­contró entre los tomistas de la orden de Santo Domingo. Éstos obtuvieron incluso en 1376 una condena papal, pero la autentici­dad de la bula fue inmediatamente impug­nada por sus discípulos (y, podríamos decir, los devotos de Llull, el cual era ya venerado como santo en Cataluña). La condena fue definitivamente revocada en 1417 por el papa Martín V. Espíritu típico de la Edad Media en lo que aquella época tiene de más hermético para la inteligencia moder­na, Llull — fue el primer escritor que trató cuestiones filosóficas en lengua vulgar —, sigue muy cerca de nosotros sobre todo por sus páginas místicas y por sus admirables poesías, que hacen de él uno de los gran­des escritores catalanes.

M. Mourre