Beato Juan Ruysbroeck

Nació en Rousbroec (actualmente Ruysbroeck), cerca de Bruselas, en 1293 y murió en Groenendael (Valle Verde), en el Brabante, el 2 de di­ciembre de 1381. A los once años fue acogido por un pariente sacerdote, Juan Hinckaert, que le enseñó gramática y, sin­gularmente, ciencias sagradas. Fallecida su madre (que se había hecho religiosa), fue ordenado sacerdote secular en 1317 y nom­brado capellán de la catedral de Santa Gudula, en Bruselas, donde la fama de sus dotes místicas era ya grande. Ruysbroeck, sin em­bargo, vivió una existencia recogida y gris hasta los sesenta años. Entonces (1343) abandonó la ciudad y retiróse con algunos seguidores, entre los cuales figuraba Juan Hinckaert, a los bosques del recóndito Valle Verde, para buscar allí la perfección de la vida eremítica y dedicarse a la con­templación.

Sin embargo, pronto aumentó el número de los discípulos, y, así, en 1349 el eremitorio convirtióse en el monasterio de una orden autónoma con la regla agustiniana, visitado por multitud de peregrinos, teólogos y nobles: a él dirigióse Gerardo el Grande, e incluso Tauler (v.) debió de acudir a Ruysbroeck y viose influido por su doctrina. Durante los veintiocho años de su perma­nencia en el Valle Verde, el fundador divi­dió su tiempo entre el retiro místico y la dirección espiritual de las almas. Fruto de sus experiencias espirituales, y destinada precisamente a cuantos llegaban hasta él en busca de consejos de perfección, fue su obra escrita en flamenco antiguo hacia 1350 e integrada por unos doce tratados que el cartujano Lorenzo Surius reunió en un conjunto (I. Rusbrochii opera omnia), y entre los cuales destaca Del esplendor de las bodas espirituales (v.). La colección, tra­ducida al latín por el mismo Surius (1552), carece de una estructura sistemática, por cuanto Ruysbroeck es un escritor de circunstancias; con frecuencia anotaba sus pensamientos en tablillas enceradas que siempre llevaba con­sigo.

Favorecido frecuentemente con éxta­sis (sus compañeros descubriéronle en cierta ocasión rodeado por un círculo de fuego en plena naturaleza, y él mismo declaraba no haber escrito nunca una sola palabra sin el concurso del Espíritu Santo), dedicóse, con todo, en su vejez al trabajo manual, de acuerdo con la tradición monástica; y así, ayudaba a los hermanos jardineros en el transporte de abonos, y a veces, en su arro­bamiento de contemplativo, arrancaba plan­tas útiles en lugar de las perjudiciales. Va­rios episodios de su vida recuerdan algunos de la leyenda franciscana: el amor a los pájaros, por ejemplo, de cuya alimentación cuidaba en invierno. Incluso en el último período de su existencia solía celebrar misa todos los días, contrariamente a la costum­bre de la época, y se dedicaba a la direc­ción del convento y de los penitentes.

A los ochenta y ocho años, luego de una breve enfermedad, terminó sus días, asistido por su amigo médico Deán, y fue sepultado en la iglesia del convento. Su ideología puede ser situada en la corriente de la mística flamenca, y debe mucho al misticismo del seudo Dionisio; más atento que éste a la experiencia íntima del alma, y mucho más apasionado en la invitación al amor a Jesu­cristo, resulta, empero, igualmente dado a la especulación, que se acompaña con fre­cuencia de no poca fantasía. Ruysbroeck, sin em­bargo, tiene conciencia de los peligros in­herentes a la mística del tiempo, y reacciona con vigor ante el quietismo y el panteísmo latentes en la «devotio» germánica. Ha sido celebrado con los sobrenombres de «admi­rable» y «sublime contemplador».

P. De Benedetti