Baruch (o Benedictas) Spinoza

Nació en Amsterdam el 24 de noviembre de 1632 y murió en La Haya el 21 de febrero de 1677. Es uno de los filósofos que más han con­movido la imaginación del gran público, ya desde sus mismos días hasta nuestra época; los profesionales, por su parte, le conside­ran uno de los mayores pensadores de todos loé tiempos, y, en ciertos aspectos, la mente más intrépida por su lógica, siquiera pre­cisamente de ésta debamos aprender a no elegir el camino por él escogido si no que­remos vernos forzados a las conclusiones a que llegó. Hebreo de la comunidad judaica portuguesa establecida en Holanda a raíz de la expulsión de los judíos de la penín­sula ibérica, y objeto de la excomunión ma­yor de los rabinos de la sinagoga de Ams­terdam cuando los estudios bíblicos, a los cuales fuera admitido, le llevaron a la pos­tergación del teísmo procedente de la Bi­blia en favor de una teología meramente racionalista y naturalista, Spinoza aproximóse a ciertas sectas cristianas muy tolerantes y no vinculadas a un rígido credo dogmático; sin embargo, no pasó nunca al verdadero cris­tianismo, por cuanto consideraba a Jesu­cristo el hombre en el cual Dios se reveló mejor a la mente humana, pero no el mis­mo Verbo encamado, según el dogma cris­tiano.

De esta suerte, vivió ajeno a una práctica religiosa concreta, fiel a una con­cepción filosófica en la que metafísica y ética aparecían íntimamente unidas, y fue tan celoso de la independencia de su pen­samiento y de su vida, que llegó a rechazar la cátedra que le ofreciera la Universidad de Heidelberg y prefirió ganarse el sustento tallando lentes para telescopios y micros­copios, arte en el cual consiguió una gran notoriedad. Amó tanto el recogimiento que residió en pequeñas localidades como Rijnsburg (cerca de Leyden) o Voorburg (en las proximidades de La Haya), o incluso en esta última ciudad (en la casa del pintor Van der Spyck, en la Pavilioensgracht), sin salir de su domicilio durante semanas enteras, entregado siempre a su doble ac­tividad manual y mental. Muy prudente, cauto con su propio pensamiento (en la divisa de su sello figuraba la palabra «Caute», junto a una rosa), y cincelador, a lo largo de quince años seguidos, de su obra maestra, la famosa Ética demostrada en orden geométrico (1677, v.) (cuidada no sólo en todos sus conceptos, sino incluso en los enlaces y las transiciones entre aqué­llos, dispuestos y elaborados de suerte que pudieran ser ofrecidos como procedentes uno de otro, como en las demostraciones matemáticas más rigurosas), fue, no obs­tante, un ciudadano de ideas políticas bien definidas, favorable al partido de la tole­rancia religiosa dirigido por Juan de Witt, gran consejero de Holanda, por lo que compuso, de acuerdo con los principios de tal tendencia, un texto célebre y profundo: el Tratado teologicopolítico (1670, v.), en el que expone la crítica bíblica racionalista, con la afirmación de que, siendo los libros sagrados obras humanas históricamente ex­plicables, las Iglesias no tienen derechos su­periores al Estado, el cual puede, por tanto, exigirles subordinación e imponerles la tole­rancia.

Capaz de claras actitudes políticas como la que le sugirió, la noche en que Witt fue asesinado, la colocación, en el lugar del crimen, de un cartel con el texto «Ultimi barbarorum», procuró ayudar a su patria, incluso tras la victoria del part’do adversario, el de Orange, con la misión (secreta y muy poco conocida) que le llevó al campo de los franceses, quienes habían invadido Holanda, para hablar con su jefe, el príncipe de Condé. Corresponsal muy hu­mano, dispuesto a aclarar pacientemente sus ideas a cuantos le dirigían preguntas y ob­jeciones, pero ya no sumiso, antes bien, ta­jante y desdeñoso, cuando las consecuencias sacadas de sus conceptos le forzaban a ad­mitir, por lógica, conclusiones contrarias a su manera de ser, fue admirado incluso por sus adversarios a causa de una pureza de vida que muchos consideraron santidad.

Se trataba, en realidad, de una sabiduría se­rena y firme, fundada en una elevación mo­ral expresada en su programa de reforma o enmienda, como dijo, de la inteligencia, susceptible de llevar a ésta a separar la idea de Dios de todas las restantes que la envuelven, para hacerla brillar como pri­mera, de la cual las demás deben ser orde­nadamente deducidas, de acuerdo con el orden ideal que reproduce en el pensamien­to la sucesión real supuesta por el origen necesario de todo lo existente a partir de la causa inicial; según Spinoza, la divina luz de la Primera Idea y Causa basta, en la inteligencia enmendada, para hacer com­prender al hombre que en comparación con Dios, bien infinito y eterno, presentan un valor y una susceptibilidad de deseo limi­tados los bienes finitos, pasajeros y sensi­bles, a los cuales suele aficionarse el espí­ritu antes de emprender la crítica de la vida que, por una justa filosofía, le dispone, en cambio, a apreciar y querer sobre todo el amor a Dios y al conjunto de los seres en Él. Spinoza fue, sin embargo, escritor cruda­mente realista; y así, creyó fundamental en el hombre el instinto de conservación, movido por el cual el ser humano lleva a cabo cuantas acciones le resultan útiles, y sólo se aviene a tolerar a los demás con una justicia recíproca para obtener, me­diante este pacto o contrato social, una uti­lidad mayor, proporcionada por la seguridad que ello garantiza a sus bienes.

Se deduce, así, que «bien» es únicamente lo útil; pre­cisamente este criterio, y no el desinterés ni el altruismo, inducen al hombre a prefe­rir el bien o la utilidad inmediatos, transito­rios e inseguros, a lo útil indefectible que supone orientar la mente y el espíritu hacia la eternidad del amor de Dios, como sabe hacerlo, por encima de cualesquier bienes o provechos finitos, la inteligencia enmendada. Por la abundancia de los con­trastes que en su persona se reúnen o tra­tan de vincularse en una unidad, Spinoza resulta una figura fascinadora, y, por ello, ha interesado a escritores de todas las tendencias e incluso a los novelistas, e inducido, al mismo tiempo, a los filósofos profesionales a una consideración de su pensamiento tan rigurosa como las mismas consecuencias sa­cadas por nuestro autor, quien no vaciló ante el peligro de herir creencias, maneras de pensar, sentimientos y valores gratos a la humanidad. La crónica de su vida puede ser reducida a unas cuantas fechas. Cabe’ mencionar, primeramente, la de la excomu­nión en Amsterdam, su ciudad natal, 27 de julio de 1656. Sigue luego la publicación de la demostración «more geométrico» de la primera y segunda partes de los Principios de filosofía (v.) de Descartes, con el apén­dice de los Cogitata metaphysica (1663), en el que aparece destacada, aun dentro del aparato escolástico, la orientación monista, naturalista e inmanentista del pensamiento de S. A continuación figuran la estancia en Voorburg (1663-70), las relaciones, en La Haya con el partido de Witt, el traslado a esta ciudad (1670) y la aparición, este mismo año, del Tratado teologicopolítico.

Durante el verano de 1675 el filósofo mar­chó a Amsterdam para proceder a la im­presión de la Ética, obra que consideró final­mente acabada luego de su disposición en cinco libros (no en tres, según el primitivo proyecto), y a cuya publicación, empero, hubo de renunciar, por desgracia, a causa de la animadversión y la hostilidad cada vez mayores que siguieron a la difusión del Tratado teologicopolítico y, en consecuen­cia, de sus doctrinas: la negación de una revelación histórica documentada por los Antiguo y Nuevo Testamento; la reducción de aquélla a la transmitida naturalmente por Dios a todas las mentes humanas, y la equivalencia de los «decretos divinos» a las leyes de la naturaleza, que gobiernan la realidad con una necesidad lógica, pero ri­gurosa, en la cual no cabe reconocer la afir­mada contingencia de los acontecimientos considerados fortuitos ni la proclamada li­bertad que creen poseer los hombres, quie­nes son guiados por la necesidad como todos los restantes seres naturales, sólo manifes­taciones pasajeras de la infinita y necesaria Naturaleza, que constituye una unidad con Dios.

Spinoza, finalmente, fue extinguiéndose a causa de una progresiva debilitación física; la tuberculosis fue minando su organismo a lo largo de cuarenta y cinco años de un régimen de gran sobriedad. La muerte del filósofo tuvo lugar el domingo 21 de febre­ro de 1677, cuando nadie la creía tan pró­xima. En el curso de este mismo año sus amigos publicaron en Amsterdam las Opera posthuma (v. también Tratado político y Tratado sobre la enmienda del intelecto), preparadas para su edición por el mismo autor, quien, a tal fin, había escogido ade­más, entre su correspondencia (v. Episto­lario), las cartas de mayor interés filosófico y omitido las de carácter demasiado per­sonal. A partir de entonces vivió Spinoza en su obra, clásicamente expuesta en un latín ani­mado, lleno de color y no siempre impe­cable, procedente en particular del lenguaje de los antiguos poetas cómicos romanos. La lógica audaz de las deducciones racionales del filósofo nos permite comprender las crudras negaciones a que le condujo el crite­rio naturalista «Deus sive natura»; sin em­bargo, la elevación de miras y la pureza de la existencia hacen de Spinoza — como jus­tamente se dijo — un verdadero «bendito» (referencia a su nombre).

Esta imagen, pro­pia de nuestros días luego de dos siglos de estudio de nuestro autor, no es precisamente la que del mismo forjaron sus contempo­ráneos ni cuantos le consideraban durante la centuria transcurrida entre su muerte y el aprecio que a Spinoza concedieron los princi­pales espíritus de la Ilustración alemana. En el curso de su existencia, fue más cono­cido de lo que su vida extremadamente re­tirada y sus escasas publicaciones impresas podrían hacer pensar. Obtuvo singularmente el aprecio de un grupo de médicos, racio­nalistas en materia de religión, que se reunían en torno al filósofo atraídos por su metafísica y su ética — laica podríamos de­cir—, asistían a ciertos cursos de lecciones a ellos dedicados, participaban en conver­saciones, le escribían, se dedicaron a im­primir la exposición en orden geométrico de los Principios de filosofía de Descartes, y dirigieron luego la edición de las Opera pos­thuma, el monumento máximo de cuantos elevaron los amigos a su guía y maestro.

Poco después de mediado el siglo XIX fue hallado, en dos redacciones holandesas, un texto original latino que parecen presuponer un grupo de lecciones, reunidas en un con­junto a menudo informe: el Breve tratado acerca de Dios, el hombre y su felicidad (v.). Esta obra ofrece al lector una meta­física y una ética que, en sus rasgos esen­ciales, aparecen ya en la gran Ética latina de las Opera posthuma; algunas expresiones, empero, han llevado a hablar de una mís­tica de Spinoza, que, sin embargo, no pone en co­municación, en realidad, ningún misterio de incomprensibles comunicaciones divinas con la racional elevación de la mente humana al Creador, desde el razonamiento hasta la intuición directa de la idea de Dios y de cuanto de ella procede. No obstante, el Bre­ve tratado, por el cual suele empezarse el estudio de la obra spinoziana, sólo tuvo difusión en el limitado círculo de amigos para quienes fue compuesto, y por esta causa no aparece mencionado en absoluto en los otros textos o en las cartas de Spinoza, ni tampoco en la versión original de tales escritos, actualmente conocida.

Llegó, en cambio, a la imprenta otro curso de lec­ciones, que el principal amigo del filósofo, el médico Ludwig Meyer, publicó en calidad de apéndice de la exposición en forma geo­métrica de los Principios de filosofía de Des­cartes. La obra en cuestión, o sea, los Cogitata metaphysica, prudente en la intención del autor, pero muy clara acerca de las cuestiones que le oponían a la teología de inspiración bíblica y a la consiguiente ética de la libertad humana, fue muy leída por las personas cultas, y atrajo hacia Spinoza, cuyo nombre aparecía en el texto con todas sus letras, la atención que le valió el ofreci­miento de una cátedra de filosofía en Heidelberg’; quien se la propuso, empero, no conocía con certeza la significación atribuible a las críticas del filósofo a la teolo­gía aceptada en países cristianos, y, así, pudo referirse veladamente al cuidado que sin duda (afirmaba la carta) pondría Spinoza en el respeto a las creencias religiosas común­mente profesadas. La renuncia de éste, abiertamente motivada por el afán que le inducía a conservar íntegra su libertad filo­sófica, ratificó la impresión según la cual el agudo pensador, de origen israelita, pero expulsado de la sinagoga y próximo a las sectas cristianas más francamente adogmáticas, aunque no convertido al cristianismo, profesaba, aun cuando sin exponerla toda­vía claramente, una filosofía opuesta a las convicciones religiosas de la mayoría.

Todo ello provocaba curiosidad; y así, el ambiente de misterio que circundaba al hombre po­seedor de una gran inteligencia y, sin em­bargo, retirado en una pequeña localidad y ocupado en la talla a mano de lentes muy apreciadas para telescopios y micros­copios, atraía a visitantes deseosos de saber algo más acerca de tal personaje; pero no siempre quedaban satisfechos en los deseos de conocer sus obras manuscritas, que Spinoza mostraba únicamente a los amigos de con­fianza. Uno de aquéllos, Leibniz, despertó, por su profesión de diplomático y los con­tinuos viajes por Europa a ella inherentes, las sospechas del filósofo, quien no quiso enterarle de cuanto preparaba con relación a la gran obra en cuya composición traba­jaba hacía ya muchos años, la Ética demos­trada en orden geométrico. Spinoza atrajo tam­bién el interés de los principales maestros de la óptica de aquel siglo trascendental, de Huygens, por ejemplo, y, asimismo, el de los científicos de la Royal Society de Lon­dres. Iba surgiendo, por aquel entonces, una verdadera ciencia química. Sin embargo, cuando Boyle comunicó algunos de sus ex­perimentos, Spinoza, ajeno al nuevo método em­pleado por aquél, respondió a ello con la descripción de sus propias experiencias, que Boyle no consideró serias.

Preguntado con insistencia por el secretario de la Royal So­ciety acerca de sus descubrimientos cientí­ficos, el filósofo expuso el contenido de las primeras secciones de la Ética, con lo cual dio la impresión de entregarse, más bien que al cultivo de la filosofía, al de la teo­logía. Notablemente heterodoxo en este as­pecto con relación al cristianismo, S provocó de tal suerte la difusión y el acrecentamiento de las sospechas anteriores; y así, cuando en 1670 publicó la crítica bíblica y la filosofía religiosa y política del Tratado teologicopolítico, bajo la ineficaz protección del anonimato, vio estrechamente en torno a sí el círculo de la hostilidad, en parte a cau­sa de las nuevas condiciones políticas esta­blecidas en Holanda con el triunfo del par­tido de Orange, en el cual se apoyaba la intolerancia religiosa de los principales pastores calvinistas. Algunos biógrafos han dicho que, de haber vivido más tiempo, hubieran peligrado no solamente su tran­quilidad, sino hasta su misma vida. Desa­parecido el filósofo, más bien que sus obras fueron muy leídas algunas biografías — como la famosa del pastor luterano Colerus —, notablemente desdeñosas en cuan­to a la doctrina de Spinoza; pero, en cambio, llenas de admiración por la pureza de su vida.

Leibniz fue lector atento y perspicaz de las Opera posthuma. Cien años después recibió nuestro autor el homenaje de Lessing y Goethe; por aquel entonces, tam­bién, la penetrante y asombrada exégesis de un teísta francamente opuesto a Spinoza como Jacobi, abrió el camino a un nuevo e in­tenso estudio de su filosofía, que se convir­tió en una de las principales lecturas de los idealistas alemanes de cualesquier tenden­cias, de Fichte a Schelling y desde Hegel hasta su adversario Schopenhauer. En la actualidad, el pensamiento de Spinoza es uno de los pocos que por profundidad, concisión y lógica exige el interés de todos los filó­sofos.

A. Guzzo