El «Bendito» (que esto significa Baruc) vivió en el siglo VI a. de C., en los duros tiempos de la inútil lucha de los judíos contra el enorme Imperio babilónico.
Célebre literato, fijó mediante la escritura y con afecto de discípulo el afligido mensaje profético de Jeremías, cuyo espíritu vacilante sostuvo ante las contrariedades provocadas por inhábiles politicastros. Aunque odiado como principal instigador de su débil maestro, nadie, empero, osó jamás atacarle directamente.
Y así, decíasele a Jeremías: «No es el Eterno quien te envía a hablamos, sino Baruc, hijo de Neerías. Él te incita contra nosotros para ponernos bajo los caldeos». Inconscientemente, quienes así se manifestaban servían con ello los designios del Altísimo, que había garantizado a Baruc, ávido de fama, no goces terrenales, sino el don de la vida: «Yo atraeré el mal sobre toda carne, pero a ti — dice el Eterno — te daré la existencia como botín, dondequiera que fueres».
Llevado a Egipto por los fugitivos, Baruc creyó más justo reunirse con los desterrados para ofrecerles el mensaje consolador de la fe. En Babilonia, junto al rio Sodi, escribió en 581, quinto aniversario de la caída de Jerusalén, el libro que de él tomó nombre (v. Baruc).
Allí, y con la dulce visión del renacimiento nacional, dejó de latir aquel corazón que tanto había sabido amar. «Abandona, Jerusalén —fueron sus últimas palabras —, tus vestiduras de luto y de aflicción; cúbrete con el esplendor y la majestad. Dios guiará de nuevo a Israel por los caminos de la alegría bajo la luz de su gloria, y con la misericordia y la justicia que de Él proceden.»

