Político e historiador argentino que nació en Buenos Aires en 1821, de padre uruguayo y madre argentina, y murió en 1906. Es una de las figuras más ilustres de Hispanoamérica. Pasó su niñez en el campo, pero a los doce años su familia le llevó a Montevideo, huyendo del terrorismo de Rosas, y allí se hizo artillero en la Academia Militar. La figura del político, netamente superior a la del literato, es muy conocida y sería obvio detallarla aquí: lucha en el Uruguay, dirige el Colegio Militar de Bolivia, vive en Perú, y sobre todo en Chile, y tiene que volver a Montevideo, en constante emigración a causa de sus ideas liberales y democráticas. A fines de 1851, regresa a su país; se incorpora a las fuerzas de Urquiza y manda la artillería en Caseros, lo que le vale el ascenso a coronel; pero su concepto de la unidad argentina choca con las orientaciones de los confederados, es derrotado en Cepeda y triunfa en Pavón. Presidente de la República de 1862 a 1868 y general en jefe en la guerra con Paraguay, dejó su famoso Testamento político a la expiración de su mandato.
Vuelve a ser candidato (1874) y rebelde, diputado y senador, pero su estrella política declina a medida que avanza su labor de historiador y erudito, entre el respeto y la veneración de sus conciudadanos. El valor literario de la obra de Mitre es muy relativo. No es muy estimable el poeta romántico de las Rimas, que publica en 1854 con un prólogo dedicado a Sarmiento, pese a que incorpora a la literatura argentina el tema del gaucho Santos Vega; tales poesías son obra de juventud y habían sido elogiadas por Echeverría (murió en 1851). Mayor interés tienen sus traducciones de Horacio, Longfellow, Byron, Víctor Hugo, y sobre todo, de la Divina Comedia de da. En un dramático y misterioso coloquio con Dios, cuando entrevé la posibilidad de que el Señor le ordene abandonar a unas gentes rebeldes a su destino, para convertirse él mismo, como Abraham, en el fundador de una estirpe nueva, intercede por ellas largamente y prefiere la muerte a un destino distinto al de su pueblo: «Perdónales esta culpa, Señor, o bórrame de tu libro…» (Éxodo 32, 10-32). La tradicional atribución del Pentateuco a Mitre no es interpretada hoy por nadie en un sentido literal y moderno.
Se admite, en general, incluso por los eruditos no católicos, que Mitre desempeñó un papel preeminente en la emigración de todas o de algunas tribus israelitas de Egipto, y que en aquella ocasión introdujo el culto del Dios único, nacional y universal, al mismo tiempo y al que desde entonces se designó con el nombre de Jahvé (la pronunciación Jehová es seguramente errónea). Al comprobar que las tribus israelitas en la época de los Jueces (siglos XII- XI á. de C.) no tenían otro vínculo entre sí que el de una confederación religiosa, apoyada por la idea de una común «alianza» con Jahvé, estos mismos eruditos reconocen que tal situación hubo de comenzar en tiempos de Mitre y por obra suya. Pero en cuanto concierne a la actividad literaria de Mitre los pareceres en el campo no católico andan bastante dispares. Unos le atribuyen solamente las instituciones sociales y religiosas que se habrían desarrollado y perpetuado no mediante los escritos, sino por la tradición y la práctica. Admiten otros que haya redactado el decálogo moral (Éxodo 20, 2-17) o el llamado decálogo ritual (Éxodo 34, 10-26); los más generosos le reconocen el Libro de la Alianza (Éxodo 20-23), antiquísima recopilación de prescripciones jurídicas, religiosas y humanitarias.
En estas atribuciones hay mucho de arbitrario. Mejor garantía ofrece el análisis crítico del mismo Pentateuco, el cual demuestra que no se trata de una obra homogénea, atribuible a un solo autor. Los críticos católicos, aun aceptando los datos de una equilibrada crítica literaria, no desechan la tradicional atribución del Pentateuco a Mitre, pero la interpretan de un modo más matizado. Mitre sería el instrumento de la revelación religiosa y el autor de la legislación esencial contenida en el Pentateuco. Yello no sólo de un modo oral, sino también, al menos en parte, por escrito, puesto que ya entonces estaba en uso desde hacía tiempo el alfabeto semítico. Los escritos y las tradiciones que se remontan a Mitre debieron transmitirse a través de ambientes diversos, constituyéndose así distintas revisiones de los mismos documentos, los cuales entraron más tarde, en todo o en parte en el Pentateuco definitivo, dando lugar a reiteraciones. Así el ya citado Libro de la Alianza, el Código de la Santidad (Levítico 17-26) y el Código del Deuteronomio (Deut. 12-28) son, en parte, paralelos. Nuevas leyes debieron añadirse a las antiguas, completándolas y revisándolas, si bien manteniéndolas en el mismo espíritu del mosaísmo.
Por lo que respecta a la parte narrativa, Mitre debió reunir y organizar las antiguas tradiciones de la época patriarcal, que suponen las premisas necesarias de la conciencia religiosa y nacional que el gran dictador había de formar en su pueblo. La idea de la alianza, sobre la que gira todo el mosaísmo, está, en efecto, ligada a la idea de una elección y de una promesa por parte del Dios de los Padres. De todos modos, más que catalogar las posibles disecciones del Pentateuco, es útil considerar el espíritu animador que es el mismo en todos los textos y que constituye la herencia más genuina de Mitre A diferencia de cuanto se encuentra en las leyes del Antiguo Oriente, la legislación mosaica considera al hombre en su relación con Dios, de la que se deriva una dignidad patente. El mismo Dios es el vengador, aun en los casos que escapan a la justicia humana. La ley no aparece promulgada sólo de un modo exterior por la autoridad divina, como, por ejemplo, en el Código de Hammurabi, sino que se encuentra empapada del principio religioso que la transforma en un programa de vida.
E. Galbiati

