Antonio Fogazzaro

Nació el 25 de mar­zo de 1842 en Vicenza, donde murió el 16 de febrero de 1911. Hijo de una familia culta y acomodada, estudió Leyes en las Univer­sidades de Padua y Turín, y se graduó en 1864. Iniciada la práctica de la abogacía, pronto la deja en favor de la poesía y la literatura.

Contrajo matrimonio en 1866 y halló en los afectos familiares el apoyo y la tranquilidad necesarios a un hombre de su carácter, o sea místico, fantaseador, extre­madamente sensible, ávido de conocimien­tos, interesado en los problemas religiosos y morales e inclinado a la discusión.

No obstante y aun cuando todo indujera a pre­sagiarle una vida plácida de estudioso y poeta, su poesía precisamente —y, de una manera concreta, el fácil éxito inicial y las disensiones que más tarde suscitara— le ocasionó sinsabores e inquietudes. Revelóse poeta y agudo analizador del alma feme­nina en el cuento en verso Miranda (1871, v.), historia de un amor callado, puro y fuerte en un noble espíritu de muchacha.

Luego inclinóse a la novela y publicó Malombra (1881, v.), Daniel Cortis (1885, v.), Fidel y otros cuentos (1887, v.), El misterio del poeta (1888, v.), Pequeño mundo anti­guo (1895, v.) y Pequeño mundo moderno (1901, v.). Las heroínas de estos relatos aman ardientemente y suelen ser incrédu­las; pero no caen jamás en la culpa, por cuanto su creador juzga más fuerte el espíritu que la carne.

Con todo, muchos críticos y escritores contemporáneos que se decla­raban positivistas en filosofía y realistas en arte, creyeron falso este moralismo de Fogazzaro y desconocieron la delicadeza y la humanidad de su psicología.

La repugnancia que le ins­piraban las miserias morales de ciertos ca­tólicos hipócritas llevóle a satirizar a éstos en sus libros y a defender la necesidad de corregir estos defectos; a tal fin dedicó, ade­más de varios textos polémicos, dos novelas: Pequeño mundo moderno y El santo (1905, v.).

Ello le valió la hostilidad de la Iglesia y, al mismo tiempo, de los círculos opues­tos al catolicismo, temerosos de que las re­formas propuestas por el autor les privaran de bases en que apoyar sus acusaciones; y así, puesto El santo en el índice, aun los agnósticos y masones celebraron tal reso­lución, que perjudicó también a las restan­tes novelas de Fogazzaro.

Salvóse únicamente Pe­queño mundo antiguo, bella obra de arte dedicada a hombres y episodios del «Risorgimento», cuyas luchas no dejaban lugar a pasiones de otra índole. No sin ciertos afanes de rebelión, el poeta inclinó la cabeza ante su condena.

Acabó de amargar los pos­treros años de su vida la incapacidad de la crítica para reconocer la belleza de su últi­ma novela, Leila (1910, v.). Fogazzaro murió poco después en el hospital de Vicenza, donde se hallaba para someterse a una interven­ción quirúrgica.

A. Galletti