Antonio Feliciano de Castilho

Nació el 28 de enero de 1800 en Lisboa, donde murió el 18 de noviembre de 1875. Se le considera el poeta romántico portugués más notable después de J. B. de Almeida Garrett y A. Herculano.

Fue hijo de un profesor de uni­versidad y médico de la Casa Real, y du­rante su infancia sufrió graves enferme­dades, una de las cuales ocasionóle, a los seis años, la ceguera. Realizó los estudios secundarios y universitarios en Coimbra, en compañía de su hermano Augusto Federico, por quien fue asistido solícitamente.

Gra­duóse en Leyes, pero su verdadera pasión era la literatura; una excepcional sensibi­lidad auditiva le hizo pronto maestro en la teoría y el arte del verso. A partir de 1826 vivió durante algunos años en la soledad de un pueblecito de montaña, S. Mamede da Castanheira do Vouga — adonde su herma­no, llegado al sacerdocio, había sido en­viado para el ejercicio de su ministerio—, y allí se familiarizó con la literatura román­tica, cuyas teorías aceptó.

En 1834, luego de una prolongada correspondencia amorosa, contrajo matrimonio con María Isabel Baena Coimbra Portugal, joven que se había enamorado del poeta al leer una de sus com­posiciones juveniles, las Cartas de Eco y Narciso (v. Poesías), y que murió dos años después.

En Madera, adonde acompañó tam­bién a su hermano, quien falleció allí, casase en segundas nupcias con Ana Carlota Xavier Vidal, fiel compañera hasta su últi­mo instante (1871), ya que bajó a la tumba antes que su esposo; de ella tuvo C. ocho hijos, algunos de los cuales, como Julio, se distinguieron asimismo en el campo de las Letras. De regreso en Lisboa en 1841, fundó allí y dirigió durante cinco años la Revista Universal Lisbonense, que, junto a Pano­rama, de Herculano, fue una de las más importantes publicaciones periódicas litera­rias del romanticismo en Portugal.

En 1845 inició con su hermano José la «Livraria Clásica Portuguesa», notable colección de escritores nacionales, y el año siguiente una in­tensa y prolongada campaña en favor de un método de introducción a la lectura por él ideado y aprobado por las autoridades gubernativas, que, sin embargo, no lo adop­taron.

Entre 1847 y 1850 desarrolló un infa­tigable apostolado social – didáctico en las Azores; nombrado, al volver a Lisboa, comi­sario general de enseñanza primaria, esta­bleció en varias ciudades cursos públicos destinados a elevar el nivel cultural de los maestros. En 1855 marchó al Brasil para difundir allí su propio método docente; el emperador Pedro II le ofreció una cátedra de literatura portuguesa, que rechazó.

En 1866, tras su regreso a Portugal, dirigióse a París, siempre acompañado por su hermano. Empezaban entonces a declinar ya las facul­tades organizadoras y culturales y el pres­tigio literario del batallador superviviente de la poesía romántica, incapaz de perca­tarse del inminente triunfo del realismo; y así, los jóvenes estudiantes de Coimbra, reu­nidos en torno al más audaz de ellos, el futuro gran poeta Anthero de Quental, se abstuvieron de seguirle y se negaron a reco­nocerle por maestro.

G. C. Rossi