Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio

Nació en Roma hacia 480 d. de C. y murió en 524. Él mismo nos dejó un breve resu­men de su vida en el primer libro de su obra más célebre, De la consolación de la filosofía (v.).

Pertenecía a la «gens Anicia», que, cristiana desde hacía ya más de un siglo, había prestado al Imperio importantes servicios. Fallecido muy pronto su padre, que fue cónsul en 487, halló un maestro y un amigo en Quinto Aurelio Símmaco, con cuya hija Rusticiana se casó más tarde y al cual sintióse atraído a lo largo de toda su vida por una profunda veneración.

Posee­dor de una amplia cultura, de la que for­maba parte el perfecto conocimiento del griego, entregóse en un primer período al estudio y concibió el vasto proyecto — sólo llevado a cabo en una mínima proporción — de traducir al latín todas las obras de Pla­tón y Aristóteles, para demostrar la mera apariencia de las supuestas disparidades existentes entre sus respectivos sistemas fi­losóficos.

Llegado luego a la vida política, obtuvo en ella un éxito rápido y singular: fue primeramente cuestor y después cón­sul a los treinta años (510); y en 522 pudo ver a sus dos jóvenes hijos elevados a este último cargo. Según él mismo confiesa, has­ta este momento vivió plenamente feliz: muy bien considerado por Teodorico, apre­ciado y amado por los hombres más ilus­tres de la época, entre los cuales figuraban Casiodoro y Ennodio, poseedor del afecto de una familia ideal, y envidiado por su cultura y su poder, parecía ver colmados todos sus deseos.

No obstante, en breve espa­cio de tiempo su fortuna cambió por com­pleto, y llevóle a conocer una caída más rápida aún que el ascenso. Tras haber de­fendido en Verona, y ante el mismo Teo­dorico, al senador Albino, acusado de trai­ción en favor del emperador de Bizancio, Justino I, viose envuelto en la acusación, encarcelado en Pavía, condenado a muerte y cruelmente ajusticiado en 524.

Se trató, con toda seguridad, de mi proceso político; sin embargo, muy pronto se le dio un ca­rácter’ religioso, que procuró al reo el nom­bre, la fama y los honores del martirio y la santidad. Como personaje político, Boecio des­taca en la historia de Italia por sus tenaces intentos de establecer el acuerdo y la uni­dad entre romanos y godos; y sólo una violenta resurrección de la barbarie en el espíritu de Teodorico hizo fracasar los gene­rosos planes, que Boecio pagó con la vida.

No obstante, es todavía más elevado el nivel que ocupa en la historia de la cultura y de la civilización europeas: en la primera, por haber hecho asequibles al mundo occidental las fuentes griegas del saber mediante las traducciones de algunos de los principales tratados filosóficos (las Categorías, el De interpretatione y otros textos lógicos de Aristóteles, y la Isagoge de Porfirio) y las artes del cuadrivio (v. Instituciones), lo cual facilitó a las escuelas los instrumentos indispensables para la investigación; y, en la otra, por la meditación ofrecida a los siglos en la obra De la consolación de la filosofía, escrita en la cárcel, y con la Biblia y la Regla de los monasterios (v.) de San Benito, uno de los libros más leídos de toda la Edad Media.

Aun despojada de los elementos legendarios que pronto se le su­perpusieron, la figura de Boecio resulta ser una de las más significativas de los siglos me­dievales; y, precisamente, ha sido adoptada como símbolo del paso de una etapa cul­tural a otra era nueva: la que había de dar lugar — en una laboriosa y fecunda fusión de principios antiguos y recientes — a la civilización moderna.

E. Franceschini