Angelus Silesius

(Johann Scheffler). Nació en diciembre de 1624 en Breslau, donde murió el 9 de julio de 1677. Su padre, que había servido al rey de Polonia en calidad de militar y funcionario, volvió a consi­derarse alemán cuando a los sesenta y dos años contrajo matrimonio en Breslau con la hija de un médico, de veinticinco. Posi­blemente a causa de esta tradición familiar, el joven huérfano, terminados los estudios secundarios en el instituto de Santa Isabel — donde uno de sus profesores, el opitziano Christoph Köler, alentóle en sus primeros ensayos poéticos —, se matriculó en 1643 en la Facultad de Medicina de Estrasburgo, muy frecuentada por los silesios. En 1644 marchó a Leyden, y allí permaneció tres años; aun cuando no se relacionara con los medios espiritualistas, no quedó, empero, absolutamente inmune de los fermentos, en aquel centro de reunión, de las tendencias religiosas más libres de la época. En Padua desde 1647, consiguió allí, el 9 de julio de 1648, la graduación en Filosofía y Medicina.

Vuelto a la patria, al año siguiente fue nom­brado médico de corte del ducado de Oels. La amistad con Abraham von Franckenbreg, David Czepko y otros seguidores de Jakob Böhme resultó decisiva en cuanto a su evolución religiosa y a su destino. Pro­fundas lecturas, discusiones y meditaciones familiarizaron al sediento de «vida deifor­me» con el tesoro múltiple de la especula­ción mística antigua y moderna, católica y protestante. Como sus compañeros silesios (singularmente sugestivo sería para él en este aspecto el ejemplo de los Sexcenta Monodisticha Sapientium de Czepko), dedicóse también a dar forma poética a las ideas de tal suerte adquiridas y a las íntimas aspira­ciones de su alma; lo hizo en los epigramas, en dísticos alejandrinos, de su colección Querubín peregrino (v., primera edición, en cinco libros, 1657). En las formulaciones gratas al intelectualismo barroco, de agudos conceptos, a menudo antitéticos y tan auda­ces que rayan a veces en la herejía — cir­cunstancia que luego aprovecharon muchos para acusarle o bien exaltarle—, supo in­fundir Silesius una agilidad imaginativa y una gracia jovial que convirtieron su obra en una de las expresiones más originales de la poesía religiosa alemana del siglo XVII.

Sin embargo, nuestro autor no se limitó a especular y a permanecer, como sus ami­gos luteranos, por encima o al margen de las divisiones confesionales: atraído por la parte entonces más enérgica y mejor dis­puesta a la satisfacción de su afán de ver­dad, luego de haber renunciado a su cargo de Oels ingresó en el catolicismo el 12 de junio de 1653 en la iglesia de San Matías de Breslau, y asumió en la nueva ceremonia bautismal el nombre de Johannes Angelus, al que añadió posteriormente en los títulos de sus obras el apelativo de Silesius. En el texto Gründliche Ursachen und Motive, warum er von dem Luthertum abegetreten und sich zur katholischen Religion bekannt habe explicó las razones de su decisión, que provocó un gran revuelo. Proseguidos los estudios sagrados, en 1661 recibió las órde­nes sagradas. A partir de 1664 actuó en calidad de consejero del arzobispo de Bres­lau, amigo suyo; a la muerte de éste reti­róse definitivamente al convento de Santa María.

Ello, empero, no le valió la paz: en 1663 había iniciado ‘la batalla en favor de su nueva religión, que le mantuvo alerta hasta el fin de sus días con el ardor y la aspereza de un fanático neófito. Nacieron así varias decenas de textos polémicos y pequeños tratados, reunidos en 1677 por su mismo autor en dos importantes volúmenes aparecidos bajo el título de Ecclesiología. Con todo, en el espíritu de Silesius no se había extinguido el poeta. En 1675 dio a la prensa una nueva edición del Querubín pere­grino, aumentada con la adición de un sexto libro (Johannis Angelí Silesii Cheru­binischer Wandersmann. Geistreiche Sinn und Schlusstreime zur Göttlichen Buscaligkeit anleitende). Anteriormente, en 1657, había publicado una colección de cantos espirituales, el Santo goce del alma (v.), integrado por cuatro libros; se trata de un cancionero inspirado en la obra del jesuita renano F. Spee titulada El ruiseñor que desafía (v.): en ella el autor silesio riva­liza, más bien que con el ruiseñor, con los poetas profanos del amor, y, a través de sus mismas alegorías evoca en un estilo barroco el Nacimiento, la Pasión y la Resu­rrección de Cristo, ensalza a la Virgen y exhorta a la penitencia o a la lucha.

En una nueva edición añadió (1668) un quinto libro. Finalmente, en un pequeño poema acerca de los novísimos (Sinnliche Bes­chreibung der vier letzten Dinge zu Heilsa­mem Schröcken und Auffmuntemng aller Menschen, 1675) ofreció una visión del final de la vida humana y del más allá, en la cual, de la angustia de la muerte y los horrores del infierno, pasa a describir con matices de pura fantasía las venturas de los elegidos. Cabe afirmar que el conjunto de las tres obras poéticas supone la historia lírica de un alma ardientemente religiosa, única en el siglo barroco. Mencionemos, además, la impresión, en 1676, de la traduc­ción anteriormente llevada a cabo de una obra holandesa de edificación: Piedra pre­ciosa evangélica [Köstliche evangelische Perle. Zu vollkommener Ausschmuckung der Brautt Christi].

L. Vincenti