Ángel Guimerà

Poeta y dramaturgo catalán. Nació en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias) el 6 de mayo de 1847, murió en Barcelona el 18 de julio de 1924. Pertenecía a una familia catalana del Vendrell (Bajo Penedés) establecida accidentalmente en aquella ciudad isleña. Cuando contaba siete años sus familiares regresaron a Cataluña, y el muchacho vivió en el Vendrell y luego en Barcèlona, donde estudió en las Escuelas Pías hasta que su padre llevóle junto a Sí a la casa solariega. Cuando a la muerte de aquél, G. se estableció definitivamente en Barcelona, era ya conocido como poeta en los medios literarios de la capital catalana; allí, junto con Francese Mateu y su insepa­rable amigo Pere Aldavert, fundó la revista quincenal La Renaixenga, órgano del catala­nismo literario y político, de la cual fue colaborador y más tarde director. En 1874 ingresó en el grupo de la «Jove Catalunya» y participó activamente en el movimiento político y cultural que propugnaba la ins­tauración de la autonomía catalana. En los Juegos Florales de 1875 vio premiada su poesía histórica «ilndíbil i Mandoni»; el año siguiente obtuvo la flor natural con la composición «Cleopatra», y en 1877 se le procla­mó «mestre en gai saber» en la misma fiesta en que fue premiada L’Atlántida, de Verdaguer.

Sus poesías patrióticas, en las que cantaba las pasadas glorias de Cataluña, y sus encendidos y elocuentes discursos constituían la mejor propaganda en favor de las reivindicaciones políticas del país. En 1895, elegido presidente del Ateneo Bar­celonés, pronunció por primera vez en cata­lán él discurso inaugural del curso, hecho que tuvo una gran resonancia literaria y política. Entretanto, G. había escrito y es­trenado una serie de obras dramáticas, que constituyeron otros tantos éxitos. Fue la primera Gala Placidia (1879, v.), a la que siguieron Judit de Welp (1883, v.), Mar y cielo (1888, v.) y L’ànima morta (1892), to­das de matices trágicos. Inicióse entonces en su producción escénica un segundo ciclo de producciones de fondo realista y social, en el cual destacan María Rosa (1894, v.) y Tierra Baja (1896, v.), sus dos mejores obras teatrales; la segunda traducida a casi todas las lenguas europeas y convertida en ópera. El 23 de mayo de 1909, la ciudad de Bar­celona rindió al poeta un magno homenaje al que se sumó toda Cataluña. El día de su muerte fue de luto para todos los catalanes, sin distinción de matices sociales o políti­cos, y su entierro constituyó una de las más grandes y sentidas manifestaciones popula­res que se recuerdan en Barcelona. Su vida y su obra fueron también conmemoradas oficialmente en Madrid, en 1925.

Guimerà fue esencialmente un temperamento de poeta dramático. Su obra poética está reunida en dos tomos: Poesies (1887) y Segon llibre de poesies (1920, v. Poesías). En la primera colección predomina el tono romántico y los temas legendarios, históricos y bíblicos, a la manera de Víctor Hugo o Carducci. Su poderosa fantasía necesita anchos espacios, episodios de grandes posibilidades argumén­tales, muchos de los cuales fijará más tarde el poeta en su teatro. En este género sobre­salen, además de las ya citadas «Indíbil i Mandoni» y «Cleopatra», el grandioso «Any mil», cuadro espectacular que describe la agitación afanosa de las multitudes peni­tentes que sentían la inminencia de la cós­mica catástrofe del fin del mundo. El poeta halla a cada paso la palabra aterradora, el contraste desgarrador. En las poesías histó­ricas se impone con frecuencia el tema de la muerte — «El cap d’en Josep Moragues», «La mort d’en Jaume d’Urgell», «En la mort de Joan II d’Aragó», etc.—, y en ellos se conjuga un romanticismo desbordante con crudas pinceladas naturalistas. En «Judit de Welp» y «El cant del diable» se dan notas espeluznantes, contrastes de un barroquismo estremecedor. En su segundo libro de poe­sías, prevalecen las composiciones líricas, de tono sentimental, amoroso, familiar, algu­nas de ellas enraizadas en lo popular.

Pero no es ciertamente éste el campo más ade­cuado a la inspiración guimeraniana, aun cuando logre en él, excepcionalmente, pie­zas de gran delicadeza. Maragall afirma que G. es el gran lírico del Renacimiento cata­lán, lo que sólo podría aceptarse en un sen­tido muy lato. En realidad, nuestro autor dio su máxima medida en la poesía de espí­ritu dramático y sobre todo en la escena. Sus tragedias históricas (Galla Placidia, Ju­dit de Welp, El fili del rei, Mar i cel, Rei i monjo, etc.) son un reflejo de las tenden­cias románticas del Renacimiento catalán, iniciado a principios del segundo tercio del siglo, y del temperamento del autor, que a través de personajes alejados en el tiempo, daba la nota pasional y salvaje artística­mente contrastada con rasgos de la más tierna humanidad. En su segunda época, la de los dramas modernos, G. expresa los mismos sentimientos primarios y contrastados con personajes de su tiempo, humil­des y sencillos, en los que laten, no obs­tante, las mismas pasiones que animan sus figuras de tragedia histórica o legendaria. En sus máximos aciertos (Maria Rosa y Terra Baixa) logra elevar a símbolos, carac­teres sin prestigio exterior ni complejida­des anímicas. María Rosa es el drama de la venganza, como Terra Baixa lo es de la inocencia.

Dentro del mismo ciclo natura­lista produjo otras obras apreciables, como La festa del blat, Mossén Janot, La pecadora (1903), etc. La producción escénica de G. ofrece, por fin, un tercer grupo de obras que un crítico ha calificado de simbolistas y que más bien podrían llamarse idealistas. ‘ Las ideas sociales de nuestro autor eran de una noble sencillez que rayaba con el can­dor, y el poeta quiso exponerlas en dramas que incluyen una tesis más o menos revolucionaria, algunos de los cuales son de su primera y segunda época (La reina velia, 1908; La reina jove, 1911, v.), etc.; y otros corresponden ya a su tiempo de decadencia, como Jesús que to’t’na (1917, v.), obra paci­fista, inspirada en la primera Guerra Mun­dial, y L’ànima és meva (1919) y Joan Dalla (1922), que son de exaltación patriótica y corresponden a un período de gran eferves­cencia política en Cataluña. Los discursos de G. se publicaron en 1906 con el título de Cants a la Pàtria y en 1909 apareció el vo­lumen Glorioses, que contiene poesías va­rias, narraciones y fragmentos, y lleva un prólogo apologético de Joan Maragall. En 1904 nuestro poeta fue propuesto para el premio Nobel; presiones oficiales del go­bierno español lograron desviar la atención de la Academia sueca en favor del drama­turgo José Echegaray (v.), que fue quien obtuvo el preciado galardón.