Andrea Palladio

Arquitecto italiano, cuyo verdadero nombre era Andreo di Pietro. Nació en Padua, y no en Vicenza como se creyó hasta hace pocos años, el 30 dé’ no­viembre de 1508; murió en Vicenza el 19 de agosto de 1580. Vivió en Padua hasta 1524 tras haber frecuentado el cenáculo huma­nista de Alvise Comaro y tomado concien­cia de su vocación de arquitecto con la ayuda de Giangiorgio Trissino, el amigo que le dio el sobrenombre de Falladio. Se trasladó a Vicenza, donde trabajó du­rante varios años en el célebre taller de Pedemuro; allí conoció a Sammicheli. Un viaje a Roma, el estudio directo de los monumentos antiguos y el del estilo de Bramante, que le llegó a través de Serlio, completaron su educación. En 1545 cuando ganó el concurso para el revesti­miento de la basílica de Vicenza, había no solamente asimilado las aportaciones de sus inmediatos antecesores sino que poseía ya una sólida formación clásica. Célebre en Vicenza, pronto lo vemos a la cabeza del movimiento arquitectónico de Venecia.

Su producción, que es enorme, no menguó has­ta 1580, año de su muerte. Las principales etapas de su evolución son el palacio Chiericati en Vicenza (1550), la villa «La mal­contenta» (1558), la «Rotonda» (1567), la iglesia del Redentor en Venecia (1577) y finalmente el teatro Olímpico en Vicenza, del cual no pudo ver la terminación. Entre tanto, desplegaba una intensa actividad de teórico y publicaba Las antigüedades de Roma [L’antichita di Roma, 1554], Los diez libros de Arquitectura de M. Vitrubio [I dieci libri dell’architettura di M. Vitrubio, 1556], que contiene sus planos y diseños, y Los cuatro libros de arquitectura (1570, v.). Estos tratados fueron la base de todas las obras de arquitectura hasta los neoclá­sicos. La celebridad universal de Palladio, indiscutida a través de los siglos, se debe al hecho de que inició él mismo la crítica de sus propias obras arquitectónicas.

Pero ¿cuál es la razón de la constante «actualidad» de este arquitecto? Sus obras satisfacen exi­gencias contradictorias; son a la vez conser­vadoras y revolucionarias. Nadie estudió y siguió más que él la obra de Vitruvio, na­die fue más fiel al academismo de su tiem­po: así los neoclásicos pudieron hallar en su obra los preceptos de la nueva escuela. Con todo, una «lectura moderna» de sus textos nos descubre a una personalidad ori­ginal y sin prejuicios, esencialmente anti­clásica. Palladio escribió en latín y por ello está en regla, pero dice cosas absolutamente nuevas. La tradición veneciana le dio la experiencia del espacio ilusorio, anticlásico por excelencia, y él la prolonga valiéndose del diccionario de las formas clásicas.

B. Zevi