André Suarès

Seudónimo de Félix-André- Yves Scantrel, que utilizó también los de Caérdal, André de Seipse y Félix Bangor. Nació en Marsella el 12 de junio de 1868 y murió en Saint-Mour-de-Fosse el 7 de septiembre de 1948. Luego de los primeros y apasio­nados estudios históricos y humanísticos se contentó con una modesta pensión, pro­cedente de las rentas familiares, que le pasaban sus hermanos, y dedicóse exclusi­vamente a las letras, en un austero aislamiento, semejante al de Bourges (v.). Según la crítica francesa oficial, fue ensayista «filosófico, político e individualista», y dis­tinguióse de los «autores de ensayos tradicionalistas» y de los «écrivains avancés». Poseedor de una arrogante independencia, inspiró, en realidad, su escepticismo pesi­mista con ciertos matices de valeroso es­toicismo y una verdadera idolatría por la belleza, en el patrimonio Flaubert-Renan; sin embargo, lo combinó con el culto a la energía dé Stendhal, renovado por Barres, y con un estetismo verbal que, influido, en su temperamento de mediterráneo, por el mito clasicista de Maurras y la desdeñosa pompa sensual barresiana, dio lugar a cierta retórica al estilo de D’Annunzio.

Tras los primeros libros, Images de la grandeur (1901), Sur la mort de mon frére, Voici l’homme, Le bouclier du Zodiaque y Sur la vie (tres vols., 1909-12), intentó una mayor amplitud en El viaje del condottiero (1910- 1932, v.), texto moderado a cuyas evocacio­nes e impresiones aparece unido un ele­mento narrativo que, no obstante, queda en lugar secundario. La obra, que podía con­siderarse de actualidad cuando fue publi­cado el primer tomo, había ya envejecido antes de haber llegado a su fin; sin embargo, pueden extraerse de la misma notables pá­ginas de antología. Cada vez más oprimido por las dificultades económicas, que sopor­taba con una elegante arrogancia manifes­tada en parte por los nobles rasgos de su semblante y las rebuscadas actitudes de su persona, y dolido por la falta de éxito, compensada, empero, por el alto aprecio de numerosos colegas literarios ilustres, luego de haber soportado penosamente el período de la ocupación, Suarès pudo conocer, no obstante, un nuevo florecimiento de vigor y fama durante la inmediata pos­guerra.

Julien Benda le había condenado respetuosamente en el célebre «pamphlet» La France byzantine ou le triomphe de la littérature puré, de 1945. Desde 1939, con Vues sur l’Europe, obra a la cual siguieron múltiples páginas de circunstancias y d£ crítica literaria (v. Tres grandes vivientes), artística, musical y moral, Suarès había encon­trado acentos más moderados y matices de mayor pureza.

M. Bonfantini