Nacido en Atenas hacia el 440 a. de C., m. en la misma ciudad después del 391. En 415, cuando en vísperas de la partida de la flota para Sicilia fueron decapitados todos los bustos de la ciudad y se habló de parodias de los misterios de Eleusis en las casas privadas, Andócides, acusado por Dióclides, fue encarcelado juntamente con su padre Leógoras y otros parientes, entre ellos su primo Cármides, quien le indujo a denunciar lo que supiera.
Era, en efecto, amigo de Eufileto y Meleto, jefes de la empresa, y sólo una caída de caballo le había impedido probablemente participar en ella de un modo material. Andócides mismo se reconoció culpable, aunque en mínima parte.
A continuación, por instigación de sus antiguos compañeros que querían vengarse del traidor, Isomítides presentó un decreto que privaba del ejercicio de los derechos civiles y excluía de los lugares públicos a los culpables de impiedad, entre los cuales se hallaba comprendido el orador. Habiendo marchado de Atenas, se dedicó a viajar; pero buscaba todas las ocasiones posibles para regresar a la patria.
En 411, habiendo procurado provisiones para la flota ateniense de Samos, creyó que podría regresar a Atenas. Pero precisamente entonces se había instalado en la ciudad el Gobierno de los Cuatrocientos. Fue encarcelado y corrió peligro de muerte.
Después de la caída del régimen opuesto a él, intentó de nuevo el regreso y pronunció el discurso Del propio regreso (v. Discursos), en el que solicitaba de sus conciudadanos el beneficio de la inmunidad. Pero no le fue concedida y volvió de nuevo al exilio.
Después de la amnistía del 403 pudo al fin regresar con seguridad, y aun volver a desempeñar algunos cargos públicos. Pero sus enemigos no cejaban: en 399, Cefisio y otros le acusaron de haber asistido a lugares públicos a pesar de la prohibición. Andócides ganó la causa con el discurso De los misterios, en el cual trató de demostrar que el verdadero instigador de la acusación era Kallias, enemigo personal suyo.
En 391 figuró entre los embajadores enviados a Esparta para poner fin a la guerra de Corinto. A su regreso pronunció el discurso Sobre la paz, en el que intentaba persuadir al pueblo de que aceptara las propuestas de paz de Esparta, enumerando sus ventajas y silenciando sus graves inconvenientes. Pero los atenienses castigaron con el destierro a los embajadores, culpables de no haberse atenido a las instrucciones recibidas.
Después de esta fecha, no sabemos nada de su vida. El drama de este hombre intrigante, de vida aventurera, consistió en amar apasionadamente a su patria, de la que lo tuvo largo tiempo alejado el rencor de encarnizados enemigos. No son muy cuidados sus discursos, y por las numerosas repeticiones incurren frecuentemente en monotonía; pero son apreciables su contenido y su sencillez.
F. Pini

