Alfred Loisy

Nació en una familia de mo­destos propietarios rurales de Ambriéres (Champagne) el 28 de febrero de 1857 y murió en Ceffonds el 1.° de junio de 1940. De constitución endeble y buen escolar, fue inducido al estudio; y así, ingresó en el seminario de Chalons-sur-Marne, donde fue ordenado sacerdote (1879) tras un breve período pasado en el Institut Catholique de París. A esta ciudad, luego de haber sido párroco de Landricourt durante algún tiempo, volvió en mayo de 1881 a instancias de Loisy Duchesne, quien le inició en la crítica filológica e histórica. Entregado sobre todo al estudio de la Biblia, y después de haber profundizado en el conocimiento de las len­guas orientales, desempeñó varias misiones docentes en el Institut Catholique hasta el otoño de 1894, época en la cual, debilitada ya su posición por varias críticas dirigidas contra él, fue enviado como capellán a un colegio de terciarias dominicas de Neuilly. Allí, a través de la lectura de Newman y la relación con F. von Hügel, desarrolló y aclaró progresivamente las ideas que iban induciéndole cada vez más a concebir la Iglesia como el resultado de un continuo desenvolvimiento que, además, la justifica­ba. De una vasta obra apologética extrajo artículos cuya publicación (bajo el seudónimo A. Firman) en la Revue du clergé français fue suspendida por el cardenal Richard en octubre de 1900, un año después del aban­dono por Loisy de su cargo de Neuilly debido a motivos de salud.

En 1901 llegó a pro­fesor libre de la École Pratique des Hautes Études, y, en oposición a A. Harnack y al individualismo religioso, publicó procedente de la mencionada obra todavía inédita, el famoso libro El Evangelio y la Iglesia (1902, segunda edición aumentada 1903, v.), al que siguió la defensa Autour d’un petit livre (1903). Tras su condenación por el cardenal Richard y el Santo Oficio, Loisy dejó la enseñanza y se retiró al campo, primero a Bellevue, luego, de 1904 a 1907, a Garnay, y finalmente a Ceffonds, cerca de Moitier- en-Die. Allí fue preparando algunas de sus obras más significativas, en tanto se adop­taban contra él nuevas disposiciones; las condenas del modernismo (julio-septiembre 1907) le sugirieron las Simples réflexions sur le décret «Lamentabili» et sur l’encyclique «Pascendi», seguidas, asimismo, en 1908 (7 de marzo), por la excomunión mayor. Poco después obtuvo en el Collège de Fran­ce la cátedra de Historia de las religiones, que desempeñó hasta 1932.

Tras el período de los textos aún respetuosos y prudentes sobre el Antiguo Testamento, y también luego del referente al modernismo (v.), entonces para Loisy experiencia concluida ya y superada (Choses passées, 1913), y en el que ofreció algunas de sus mejores obras (Le quatrième Evangile, 1903; Les Evangiles synoptiques, 1907-1909), inició una tercera fase de tránsito a posiciones críticas cada vez más radicales, en la cual aceptó la «his­toria» o «ciencia de las religiones» con sus esquemas y prejuicios positivistas y trató de inserir en ella el cristianismo, que para él seguía siendo esencialmente catolicismo: de ahí la persistente aversión al individua­lismo religioso y la consiguiente importan­cia dada al aspecto social de la religión, la interpretación del cristianismo como «mis­terio» y el vacío progresivo a que somete las personalidades de Jesús (cuya realidad histórica, empero, sigue defendiendo, contra algunos de sus discípulos, aunque negando que los Evangelios suministren datos sus­ceptibles de dar lugar a una biografía) y San Pablo, a quien en un nuevo análisis de las Epístolas (v.) arrebata casi todo lo que la misma crítica independiente le concede y considera auténtico y expresión caracterís­tica de su pensamiento; incluso el texto de Lucas aparece a los ojos de Loisy refundido y falseado por un redactor en ciertos aspec­tos astuto y en otros completamente incomprensivo (Los misterios paganos y él misterio cristiano, 1919, v.; Essai historique sur le sacrifice, 1920; Les Actes des apôtres, 1920; Le quatrième Evangile, 1921; L’Apo­calypse de Jean, 1923, uno de los mejores textos del autor; L’Evangile selon Luc, 1924; La naissance du christianisme, 1933; Le Mandéisme et les origines chrétiennes, 1934; Remarques sur la littérature epistolaire du Nouveau Testament, 1935).

Para demostrar la íntima y absoluta lógica propia, Loisy pu­blicó en tres grandes tomos la autobiografía Mémoires pour servir à l’histoire religieuse de notre temps (1930). Todo ello, empero, no le llevó a negar el valor de la religión, que seguía considerando como institución y singularmente como rito, fruto de un pro­ceso evolutivo, pero exterior a aquélla. Para nuestro autor el cristianismo es la religión del amor y la fraternidad, aun cuando im­perfecta, y su etapa siguiente será la de la «religión de la humanidad», esperanza que las desilusiones de la primera postguerra no consiguieron disminuir en Loisy. A esta ac­titud se halla vinculada la crítica de las doctrinas religiosas de Bergson (La Reli­gion, 1917; La paix des nations et la religion de l’avenir, 1919; La morale humaine, 1923; Religion et humanité, 1926; Y-a-t-il deux sources de la religion et de la morale?, 1933; La crisis moral del tiempo presente, 1937, v.). Esta persistencia de motivos intelectuales o positivistas, o de residuos de formación teo­lógica, mantuvo a Loisy ajeno a cualquier dis­cusión sobre metodología de la historia, y al margen del consiguiente historicismo. Sin embargo, la vasta erudición, la consumada experiencia filológica y la vigorosa lozanía de la intuición histórica, siempre sugestiva y orientada por un razonamiento agudo, siquiera a veces capcioso, sitúan a Loisy entre los eruditos de cuya labor no puede prescindirse.

A. Pincherle