Alfonso Reyes

Polígrafo mexicano nació en Monterrey en 1889 y murió en 1959. Uno de los más claros exponentes de la cultura hispanoamericana. El escritor y secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, pronunció estas palabras momentos antes de que se diera sepultura a Reyes en la Ro­tonda de Hombres Ilustres: «En esta hora de duelo para las Letras patrias vengo a rendir un conmovido homenaje al insigne autor de tantas páginas prestigiosa^, al poe­ta de Huellas y de Ifigenia cruel; al ensa­yista de Visión de Anahuac y El cazador, El deslinde y Junta de sombras; al narra­dor de El plano oblicuo; al comentarista de Góngora y Mallarmé, de Gracián y de Ruiz de Alarcón, de sor Juana y Amado Nervo; al traductor de Chesterton y de Murray; al que cantaba a Homero en Cuernavaca y a México en todas partes; al que describió en conferencias incomparables la epopeya moral de la Grecia clásica…». El Fondo de Cultura de México publicó en vida del autor los diez primeros volúmenes de sus Obras completas; en 1963, ha publicado el volu­men quince, y se calcula que la obra del ilustre polígrafo llenará otros diez volú­menes más.

Hijo del general y político Ber­nardo Reyes, Alfonso cursó sus primeros estudios en su ciudad natal y se licenció en Derecho en la Universidad de la capital de la República. Tres aspectos debemos se­ñalar en sus actividades, aparte el de escri­tor, cuyas consecuencias son las que más nos interesan: su actuación en el profeso­rado, su carrera diplomática y su actividad al frente del Colegio de México, que él fundó. Tras ocupar diversos puestos secun­darios en la Legación de México en Espa­ña, fue encargado de Negocios en Madrid (1922-1924), en Francia (1924-1927), embajador en Argentina (1927-1928) y en Bra­sil (1930 y 1935), y de nuevo en Argentina (1936-1937). Pocas son las actividades cul­turales de su país que él no dirigió u orien­tó. Obtuvo el premio Nacional de Litera­tura en 1945, el premio de Literatura Ma­nuel Avila Camacho en 1953 y el del Insti­tuto Mexicano del Libro en 1954. Director de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1957.

Ya hemos aludido a la extensión de su obra; en cuanto a su variedad, baste decir que entre sus trabajos fundamentales los hay de creación lírica (v. Obras poéticas) y narrativa (v. Plano oblicuo); ensayos de tan diverso carácter como Visión de Anáhuac (v.), El cazador (1921), Simpatías y diferencias (v.), Las vísperas de España (1937), El deslinde: prolegómenos a la teo­ría literaria (v.) y Junta de sombras (1949); un poema dramático de alta calidad: Ifigenia cruel (v.); trabajos de crítica literaria como Los poemas rústicos de Manuel José Othón (1910), Cuestiones gongorinas (1927), Tránsito de Amado Nervo (1937), Mallarmé entre nosotros (1938), Juan Ruiz de Alarcón (1945), Letras de la Nueva España (1948), Trayectoria de Goethe (1954) y tantos otros; un estudio titulado Idea política de Goethe; (1937); otros dos que tratan de El horizonte económico en los albores de Grecia (1950) y En tomo al estudio de la religión griega (1951); unas interesantes Memorias de co­cina y bodega (1953); un curioso ensayo sobre La danza (1956); un estudio sobre Nuestra lengua (1959); traducciones, comen­tarios, jugueteos literarios y artísticos, etc.

El hombre que nos legó primero las seña­les de su temperamento y gusto (Cuestiones estéticas, 1910-1911) que las Huellas de sus versos (1922) es indudablemente un artista de mayor extensión que profundidad; pero son tantas sus calidades y tiene tales mati­ces de sensibilidad que la figura del maes­tro adquiere un volumen sorprendente. Parnasiano y modernista, liberal y escéptico, enamorado de Grecia, de Virgilio, de Gón­gora y del Anáhuac, fino humorista y alma delicada, Reyes tuvo la serenidad necesaria para glosar líricamente la cercanía de la muerte: Antes de la trombosis, a lo que yo recuerdo / jamás he padecido tan rara sensación: / hoy, algo sobra o falta por el costado izquierdo / y llevo como a cuestas mi propio corazón. Si recopilamos sus cali­dades y tratamos de definirlo con las más revelantes, quizás acertemos al decir que es un gran humanista del siglo XX, con alma de poeta y primor en el estilo.

Otros títulos suyos son: El suicida (1917), ensa­yo; Monterrey (catorce números de correo literario, 1930-1937); Los siete sobre Deva (1942) ensayo; última Tule (1942), ensayo; Marginalis, tres series (1946-1959); El testi­monio de Juan Peña (1930 y La casa del grillo (1945), narraciones, como Los tres te­soros (1955); Nueve romances sordos (1954), etcétera. Anderson Imbert se pregunta si hay en el aire americano algo letal para la creación literaria, al considerar cómo el poeta y el novelista no se llegaron a des­arrollar como prometían en Reyes: pero es po­sible que el poeta y el novelista se hubie­ran desarrollado a costa del humanista, cu­yos ensayos no habrían alcanzado la considerable altura a que llegan. El editor del Poema del Cid y comentarista de casi todas las grandes figuras de la literatura española tenía un sentido humano y universal que recoge admirablemente José Luis Borges en admirables endecasílabos cuando dice: Do­minaba (lo he visto) el oportuno / arte que no logró el ansiado Ulises, / que es pasar de un país a otros países / y estar íntegra­mente en cada uno.

J. Sapiña