Alexander Hamilton

Nació en Nevis (islas Leeward) el 11 de enero de 1757 y m. en Nueva York el 12 de julio de 1804. Este gran estadista conservador fue un joven de vo­luntad férrea. A los diecisiete años, todavía estudiante, apoyaba a Washington con discursos y artículos y pronto obtuvo en el ejército revolucionario la graduación de teniente coronel y la categoría de consejero privado del primer presidente de los Esta­dos Unidos. Terminada la guerra y procla­mada la Confederación, H. pasó a formar parte del Congreso en 1782 y en él inició su tenaz campaña en favor de un gobierno representativo intensamente centralizado. «Soberanía completa del Congreso en cuanto a la paz, la guerra, el comercio y la ha­cienda» era su divisa, y su objetivo, apoyado por los capitalistas de Nueva York, la subor­dinación de las diversas legislaciones de los estados a la ley federal y la sustitución de la débil Confederación por un gobierno único y fuerte.

Esta lucha, desarrollada a través de célebres discursos y artículos (v. El federalista), culminó con la conquista del estado de Nueva York para la idea federal. En 1788, H. pudo imponer sus deseos al Continental Congress, obtener del Sena­do la elección de hombres de confianza y persuadir a Washington para la aceptación de la presidencia. Poco después, nombrado secretario del Departamento del Tesoro, dominó prácticamente la política guberna­mental, logró ver admitidos muchos de sus proyectos de ley (entre los que destaca el referente a la creación de un banco na­cional) y llevó a la práctica un sistema fiscal totalmente favorable a la iniciativa capitalista.

Aun cuando su acción dicta­torial resultara beneficiosa para la nación recién nacida y débil, cabe considerar una suerte el fracaso de su plan político gracias a la poderosa oposición del partido republi­cano de Jefferson, por cuanto el proteccio­nismo de H. no se preocupaba de la libertad ni creía en el pueblo, la «gran bestia», y su política de componendas e intrigas, despreocupada y a veces sucia, era favorable a una aristocracia oligárquica de base capi­talista. Incluso bajo la presidencia de John Adams, H. continuó siendo una figura de primer plano en la política norteamericana y, fallida su esperanza de una guerra con la Francia revolucionaria, orientó su hosti­lidad contra el presidente, a quien llegó a atacar de modo personal (1800). La elección de su odiado Jefferson para la presidencia señaló el ocaso de su estrella. Tres años después fue desafiado por un adversario político, Aaron Burr, quien le dio muerte en el duelo. Como escribió luego Henry Adams, H. fallecía en uno de los momentos más tétricos de la historia de los Estados Unidos, en una época «de tinieblas mora­les, intrigas y corrupción política».

N. D’Agostino