Aleksandr Aleksandrovich Blok

Nació el 28 de noviembre de 1880 en San Petersburgo, donde m. el 7 de agosto de 1921. Fue el más ilustre de los poetas simbolistas de Rusia.

De sangre germánica por parte de su padre, pero de madre rusa, debido al divorcio de sus progenitores formóse en el ambiente intelectual de la familia materna (el abuelo de ésta, Beketov, fue durante va­rios años rector de la Universidad de San Petersburgo), frecuentado por literatos y científicos de gran celebridad, como el famo­so químico Mendeleev, con cuya hija se casó Blok en 1903.

Asistió a partir de 1898 a las Facultades de Derecho y Letras, pero has­ta 1906 no terminó sus estudios; mientras tanto, había llegado a ser ya un buen lírico y publicadlo entre otras cosas, en 1904, una de sus obras fundamentales: Los poemas de la Bella Dama.

El proceso de su formación de poeta simbolista puede rastrearse en un’ artículo suyo de 1910, Sobre el estado actual del simbolismo ruso, a cuyas consideracio­nes han aportado una ulterior contribución los recientes recuerdos del poeta Bely (v.) acerca de Blok.

A él, así como al otro joven colega Sergei Solovev, debió el criterio erró­neo según el cual habría sido el fundador de una nueva religión. Como la mayor par­te de los poetas simbolistas, en 1905 apoyó el movimiento revolucionario.

Irritado por la reacción que siguió al fracaso, confirió a su obra un tono de sátira y parodia del misticismo propio (La barraquita de los saltim­banquis [Balagancik, 1907]), matiz que fue ensombreciéndose hasta dar lugar a un pe­simismo en el cuál las miserias y tristezas de Rusia parecían identificadas con las per­sonales del autor, debidas a motivos contin­gentes familiares y de amistad.

La poesía de Blok alcanza su mayor lirismo en las colec­ciones La desconocida, inspirada en el tema de una composición de este mismo título, y La máscara de nieve, que completaba la ión de la «mujer angelizada» en el símbolo de la más desenfrenada pasión terrenal.

La relación entre todo este con­junto poético y un complejo episodio espi­ritual de carácter autobiográfico, ha sido establecida posteriormente; sin embargo, ya en su aparición cada una de las poesías y de las «obras dramáticas líricas» hacía re­saltar más y más el desarrollo del pro­ceso. Allí donde, como ocurre en el drama Rosa y Cruz (v.), el lirismo objetivo resul­taba más acusado, el carácter autobiográ­fico hallaba sólo en el tono irónico la solu­ción del sufrimiento patético.

La revolución de 1917 abrió en la vida del poeta un nuevo atisbo de fe que le permitió aceptar incluso el cargo de secretario del Comité extraor­dinario que investigaba sobre la actuación de los ministros del antiguo régimen, labor en verdad ajena a su manera de ser.

Más adecuados a ésta fueron, en cambio, las misiones crítico-literarias que se le enco­mendaron tras la publicación de los dos pe­queños poemas «revolucionarios» Los doce (v.) y Los escritos (v.), aun cuando éstos debieran su origen más bien a la interpre­tación místico – mesiánica del movimiento «escita», obra del crítico Ivanov-Razumnik, que a una verdadera aceptación del mar­xismo.

Las interpretaciones posteriores de Los doce revelaron cuánto debía el poema a una valoración personal de la revolución, de la que luego renegó llevado tal vez por las desilusiones provocadas por los sufri­mientos; pero, sobre todo, debido al re­pliegue del poeta en sí mismo poco antes de su muerte.

E. Lo Gatto